Ficha técnica

Título: El dios de la lluvia llora sobre México | Autor: László Passuth | Colección: Modernos y clásicos, 293 | Editorial: El Aleph | |Precio: 25  € | Páginas: 720 | Formato: 14 x 21’5 cm | Género: Novela | ISBN: 978-84-7669-845-7 

El Dios de la lluvia llora sobre México

EL ALEPH EDITORES

La conquista de México constituyó sin duda una de las mayores gestas acontecidas en la historia de la España Imperial. Hernán Cortés y su ejército de quinientos soldados consiguieron para su rey y su religión el más importante de los imperios del Nuevo Mundo: el Azteca. En esta obra, convertida ya en todo un clásico dentro de la novela histórica contemporánea -y que se edita ahora en una excelente traducción-, Passuth combina hábilmente las crónicas contemporáneas, los datos arqueológicos y su amplio conocimiento del escenario histórico para recrear de forma magistral una de las etapas más fascinantes de la historia del Nuevo Mundo y reflexionar sobre el impacto que supuso para españoles y mexicanos el choque de dos culturas contrapuestas.

«Destaca en la novela el soberbio relato que hace el autor de La Noche Triste, la retirada de Cortés y sus tropas de México, cuando sucumbió una gran parte de los españoles; perdieron la artillería, muchos caballos y casi todo el oro que habían atesorado.» Francisco Luis del Pino, Qué leer 

I

Al mirar por la ventana ojival, su cabeza se situaba casi a la altura de las torres de los campanarios. Su mirada abarcó la ciudad de Salamanca, bañada por la suave luz del incipiente otoño, y se detuvo en la plaza del mercado, cuyos arcos parecían aplastar sobre la tierra a las personas que por allí transitaban, como si fueran hormigas. La luz sombreaba su enorme cráneo, formando una aureola alrededor de su calva. Se dio la vuelta despacio para alcanzar a su compañero dominico, lo cogió por la manga del hábito y lo acercó a la ventana, situándolo a su lado.

   -Padre, vos afirmáis que la Edad de Oro se encuentra ya a una distancia infinita de nosotros, a una distancia tan grande que sólo podemos probar su existencia basándonos en unos pocos infolios rescatados y en unas cuantas piedras encontradas bajo tierra…, y que todo cuanto nos rodea forma tan sólo parte de un mundo de bárbaros situado en este valle de lágrimas, ¿no es así?

   -Decidme, Maestro, ¿acaso habríamos llegado a una nueva Aurea Aetas simplemente porque Aragón y Castilla se acuestan ahora en el mismo lecho? ¿O porque vos podéis cabalgar con tranquilidad hasta llegar a la orilla del mar sin que os despelleje la gente del castillo de algún conde? Por mi parte, no creo que únicamente por el hecho de que nos reunamos aquí cada otoño, pasados los calores del verano, para emprender de nuevo nuestra tarea de instruir, hagamos resurgir el mundo de Augusto entre estos muros antiguos y sucios…

   -Vos, Padre, estáis versado en Derecho Canónico, así que estáis también acostumbrado al pensamiento exacto. Yo, sin embargo, sólo soy un humilde filólogo, y me colma de satisfacción y de alegría ver que un fenómeno nuevo derrumba mis teorías. Sin embargo, mi propósito actual no es discutir con vos; simplemente he querido compartir mis impresiones al mirar desde y aquí y ver a los estudiantes que entran y salen de sus clases. Parece que ya son más de cinco mil y superan en número a los soldados de la Reina. Al contemplar a estos estudiantes, no se me ocurre pensar en un valle de lágrimas, poco animado por el humanismo aquí presente. Sólo como ejemplo…, mirad lo que os estoy señalando… Es un padre que llega… acompañando a su jovencísimo hijo… Tiene el aspecto de un hidalgo de una pequeña villa de provincias; él mismo quizás no sepa ni leer ni escribir… Su capa y su espada delatan a un viejo militar… mientras que el hijo lleva una camisa cuya manga le queda un tanto corta… pues habrá dado un buen estirón últimamente… Tal vez hayan atado a sus mulas a la entrada de la posada, probablemente cargadas con todas sus pertenencias…, pero el padre trae a su hijo a la universidad… Ya veis, Padre, por eso creo yo que una nueva Edad de Oro está dando comienzo.

   -Me estáis señalando, Maestro, a un tosco aldeano y a su hijo, que es exactamente igual que él, un osezno del todo desconocido. Mi pobre entendimiento no llega a comprender cómo pretendéis apoyar vuestra tesis en ellos dos como prueba.

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