Ficha técnica

Título: El diario de las provincias | Autor:  Juan Cárdenas  | Editorial: Periférica | Colección: Largo recorrido | Páginas: 184 | ISBN: 978-84-16291-54-0 | Fecha: septiembre 2017 | Precio: 16,75 euros 

El diario de las provincias

PERIFÉRICA

Un hombre vuelve a casa (a Colombia), con varios fracasos a sus espaldas. Y allí «encontrará sin buscar», siguiendo el dicho picassiano. El tejido de araña de la realidad lo atrapará sin darle oportunidad de escapar. Es ésta una novela negra muy singular, donde se dinamitan con acierto muchos de los estereotipos del género.

Parte de la mejor narrativa latinoamericana de las últimas décadas ha leído «con provecho» a un autor siciliano que, de alguna manera, supo conjugar a Borges (una de sus referencias esenciales) con los grandes moralistas franceses: Leonardo Sciascia. Desde Rodrigo Rey Rosa hasta el último Juan Cárdenas, la lección de Sciascia se ha vuelto cada vez más relevante. Como en esta novela exacta y magistral, en la que la política, la religión y la «industria» (tres temas sciascianos) son tan importantes como el sexo o la naturaleza (dos temas de Cárdenas, no tan presentes en el siciliano). Estamos, pues, ante una de las principales novelas latinoamericanas de este siglo XXI.

«La prosa de Cárdenas derriba (aspira a derribar) esa arquitectura corporal, cultural, urbana, retórica.» Nadal Suau, El Mundo

«El lirismo y las polifonías democráticas que forman parte de la mejor literatura hispanoamericana están aquí presentes.» Marta Sanz, El confidencial 

 

I

Cuando peor pintaban las cosas le salió el reemplazo en el internado de señoritas. La rectora del instituto de educación normal le explicó que la profesora titular tenía un permiso de maternidad y por eso lo habían buscado con cierta urgencia. Echó cuentas: pagaban mal, eran muchas horas, pero a esas alturas no tenía nada mejor. Estaba recién llegado, después de vivir más de quince años por fuera del país, y le habían bastado unas pocas semanas en el sofá de la casa de un amigo, en el centro de la capital, para darse cuenta de que sus títulos extranjeros no le garantizarían una plaza en ninguna universidad de primer nivel. Las personas como él, con las mismas o mejores credenciales, se habían vuelto una mercancía vulgar. Entonces resolvió que lo mejor sería rebajar las expectativas, probar suerte en la universidad departamental y pasar una temporada en la casa de su madre. Compró el tiquete de avión más barato que encontró y se despidió de su amigo, el único que le quedaba en la capital, uno de los pocos que le quedaban en el mundo. Se conocían desde la infancia, cuando ambos soñaban con escapar de la esclerosis de su pequeña ciudad imaginando países remotos. Su amigo le preguntó si de veras le parecía buena idea. Mirá que es una pesadilla, le dijo, pensátelo bien. Aquí te podés quedar todo el tiempo que haga falta. El biólogo se encogió de hombros y sonrió para que el otro entendiera que la ciudad chica, el casipueblo, ese lugar conservador y atrasado del que tanto se burlaban para conjurar el estigma de haber nacido allí, finalmente se las había ingeniado para devolverles el chiste. Vuelvo con el rabo entre las piernas, dijo el biólogo, bufo y solemne, me entrego a mi destino, y su amigo se rio con su risa de animal asustado. No quedaba de otra. Tocaba aprender a respirar por la herida y sonreír sin desprecio, incluso con cierta gratitud, celebrando que el sentido del humor provincial se hubiera revelado al mismo tiempo como una pequeña doctrina determinista.

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