Ficha técnica

Título: El devorador de calabazas | Autora: Penelope Mortimer | Editorial: Impedimenta | Género: Novela | ISBN: 978-84-15979-36-4 | Páginas: 240 | Formato:  13 x 20 cm.| Encuadernación: Rústica |  PVP: 19,95 euros 

El devorador de calabazas

IMPEDIMENTA

La más lograda, sincera y descarnada obra de Penelope Mortimer, una especie de visionaria literaria, no tanto de la oscuridad de la vida doméstica como de la gris claustrofobia y las traiciones del matrimonio de clase media.

Antes de que fuese chic que las amas de casa intercambiasen historias sobre su tristeza como intercambiaban recetas para el relleno del pavo, antes de que su vida pudiera considerarse literaria y de que una mujer desesperada inspirase interés en lugar de hartazgo, existió Penelope Mortimer. La protagonista de esta ingeniosa comedia negra, una roman à clef intelectualmente impecable, la señora Armitage, ha pasado por cuatro matrimonios y es madre de un buen número de hijos. Pero quiere tener más ya que, en su opinión, traer hijos al mundo es algo que se le da bien. La maternidad es lo que hace de ella un ser humano importante, una idea que no encaja en los planes de su actual marido, Jake Armitage, un guionista de éxito que le hace creer que la única manera de salvar su matrimonio es impidiendo el nacimiento de un nuevo bebé. Se inicia así una lucha brutal en la que la señora Armitage es a la vez el campo de batalla, la víctima y la ejecutora.

«Impactante… Todas y cada una de las mujeres que conozco deberían leer este libro al menos una vez en la vida.» Edna O’Brien  

1

     -Bien -dije-, lo intentaré. Intentaré sinceramente ser sincera con usted, aunque supongo que lo que más le interesa es cuando no soy sincera, no sé si me entiende.

     El médico sonrió un poco.

     -Cuando yo era niña, mi madre tenía un cajón para la lana. Era el último de una cómoda que había en el comedor y allí guardaba todos los restos de punto que tenía. Ya sabe, retales antiguos, jerséis que había tejido cuando yo tenía dos años. Algunos apenas medían unos centímetros. Pues bueno, el cajón estaba repleto de lana de todos los colores y, en las tardes de lluvia, mi madre siempre me hacía ordenarlo. Está clarísimo por qué le cuento esto. Ordenar el cajón era inútil; esa lana no servía para nada. Ni un cubreteteras se podía tejer con ella, a menos que se tuviese una paciencia infinita. Mi madre solo me obligaba a ordenarlo para darme  algo que hacer, como los presos que cavan zanjas y luego las
vuelven a llenar. Sabe a qué me refiero, ¿verdad?

     -A usted le gustaría ser algo útil -dijo él con tristeza-, como un cubreteteras.

     -No puede ser tan fácil.

     -Oh, no. No es fácil, para nada. Pero se pueden hacer otras cosas con la lana.

     -¿Como qué?

     -Fundas para las bolsas de agua caliente -propuso el médico de inmediato.

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