Ficha técnica

Título: El destino del elefante | Autor: Marco Missiroli | Traducción: Carlos Gumpert  | Editorial: Siruela | Colección: Nuevos Tiempos 262 | ISBN: 978-84-15937-29-6  | Encuadernación: Rústica |  Género: Novela | Precio: 21,95 € | ebook: 9,99 euros  | Publicación: 2013  | 

El destino del elefante

SIRUELA

La devoción por todos los hijos, más allá de los lazos de sangre: ese es el destino del elefante, el código inscrito en el animal-amuleto de una historia que empieza en un lujoso edificio de viviendas de Milán. Pietro es el nuevo portero, un exsacerdote de sesenta y cinco años que acaba de llegar de su Rímini natal con una vieja bicicleta y una baqueteada maleta llena de recuerdos. El portero es muy amable con todos los vecinos, pero mantiene una enigmática relación con uno de ellos, el doctor Martini, un joven médico consagrado a evitar el sufrimiento a los enfermos que, a las puertas de la muerte, no pueden recibir otro consuelo. ¿Por qué entra Pietro en la casa de los Martini cuando no hay nadie? ¿Por qué lo sigue hasta llegar a compartir con él una verdad inconfesable? El secreto que los une indaga en el significado de las relaciones afectivas, protagonistas de una trama que va desvelándose, para llegar al origen de todo: una joven que Pietro conoció cuando era un sacerdote sin Dios, en una Rímini que a ratos parece retratada por Federico Fellini.  

 

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     La portería era un cuchitril limpio, amueblado con una mesa de contrachapado y dos sillas de mimbre. En una pared estaban los buzones y junto al cristal de la garita había una repisa con una radio en estado lastimoso y un teléfono; en otra pared, un dibujo a tinta china de la catedral de Milán y un clavo. Una puerta de fuelle llevaba a un apartamento minúsculo, formado por un dormitorio y la cocina. Antes de marcharse, la antigua portera lo había limpiado de arriba abajo, había dejado una cafetera casi nueva y un paquete de café, una botella de aceite a medias y un frasco de gel de baño para pieles delicadas. En el cajón de la mesa, un rectángulo de cartón con una ventosa en el que estaba escrito: Vuelvo enseguida. Había dejado también diez ganchitos clavados en la pared del dormitorio, de cada gancho colgaban copias de las llaves de todas las viviendas.

     Pietro no las había tocado aún desde que se convirtió en el nuevo portero, un mes antes. Lo hizo esa tarde, se acercó a uno de los ganchos y sacó las llaves de los Martini. El doctor Luca y Viola, su mujer, habían ido a recoger a su hija a la guardería. Se las metió en un bolsillo y siguió enjuagando el trapo en el baño de paredes ciegas, lo introdujo en un cubo de plástico y le echó encima dos tapones de detergente. Tambaleándose a causa del peso, fue hasta el zaguán del que arrancaban las escaleras. Estrujó el trapo y lo restregó por un escalón, se acurrucó y fue subiendo hacia atrás, como una araña a la que le faltaran patas. Pasaba el trapo con las manos y arrastraba el cubo, cuando llegó al primer piso levantó los felpudos de las tres viviendas y prosiguió hasta el segundo. Se detuvo. Empezó por la puerta del abogado Poppi. En su felpudo estaba escrito Dejad toda esperanza, lo levantó y limpió, se desplazó hacia el de los Martini. Lo enrolló y quitó con esmero la grasa del mármol, se puso de pie, el picaporte de la puerta tenía manchas de dedos. Usó un pañuelo para quitarlas, se lo volvió a guardar en el bolsillo y notó cómo las llaves le rascaban la palma. Las sacó, las metió en la cerradura. Abrió.

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