Ficha técnica

Título: El demonio de la teoría | Autor: Antoine Compagnon | Traducción: Manuel Arranz | Editorial: Acantilado | Colección: El Acantilado, 306  | Temática: Estudios literarios, Ensayo | Encuadernación: Rústica cosida | Formato: 13 x 21 cm | Páginas: 352 | ISBN: 978-84-16011-46-9 | Precio: 24 euros

El demonio de la teoría

ACANTILADO

Desde que Roland Barthes proclamara, en la segunda mitad del siglo xx, la muerte del autor, los estudiantes dedicaron más tiempo a leer a Derrida y Foucault que a Cervantes o Shakespeare. Y a pesar de todo, las nociones del sentido común sobre la literatura han resistido tenazmente los embates de la teoría, aunque a menudo ésta haya cometido graves excesos.

En este ensayo, Compagnon hace un balance de los logros y los fracasos de la teoría literaria a través de Saussure, Jakobson o Bajtín, pasando por Jauss, Gadamer, Szondi o Frye entre otros, para demostrar que la defensa de la labor teórica y el compromiso con sus métodos y propósitos deben estar siempre atemperados por la sabiduría del sentido común.

Introducción

¿qué queda de nuestros amores?
Aquel pobre Sócrates no tenía más que
un demonio negador; el mío es un gran
afirmador, el mío es un demonio de acción,
un demonio de combate.

Baudelaire, «¡Acabemos con los pobres!»

Empecemos parodiando una célebre frase: «Los franceses no tienen la cabeza teórica». Al menos hasta la eclosión de los años sesenta y setenta. La teoría literaria vivió entonces su hora de gloria, como si de repente la fe del prosélito le hubiese permitido recuperar en un instante casi un siglo de retraso. Los estudios literarios franceses no habían tenido nada parecido al formalismo ruso, al Círculo de Praga, al New Criticism angloestadounidense, por no hablar de la estilística de Leo Spitzer ni de la topología de Ernst Robert Curtius, del antipositivismo de Benedetto Croce ni de la crítica de las variantes de Gianfranco Contini, o de la escuela de Ginebra y de la crítica de la conciencia, o incluso del antiteoricismo deliberado de F. R. Leavis y sus discípulos de Cambridge. Frente a todos estos originales e influyentes movimientos de la primera mitad del siglo xx en Europa y en América del Norte, en Francia sólo podríamos citar la «Poética» de Valéry, que era como se llamaba la cátedra que ocupó en el Collège de France (1936)-efímera disciplina cuyos progresos fueron muy pronto interrumpidos por la guerra y luego por la muerte-, y tal vez las siempre enigmáticas Las flores de Tarbes  o El terror de las letras de Jean Paulhan (1941 ), buscando a tientas la definición de una retórica general, no instrumental, de la lengua: aquel «Todo es retórica» que la deconstrucción descubriría en Nietzsche hacia 1968. El manual de René Wellek y Austin Warren, Teoría literaria, publicado en Estados Unidos en 1949, estaba disponible en español, japonés, italiano, alemán, coreano, portugués, danés, serbocroata, griego moderno, sueco, hebreo, rumano, finlandés y guyaratí a finales de los años sesenta, pero no en francés, idioma en el que sólo vio la luz en 1971 , con el título de La Théorie littéraire, uno de los primeros de la colección «Poétique» de Éditions du Seuil, y que no ha sido jamás editado en bolsillo. En 1960, poco antes de morir, Spitzer explicaba este retraso y este aislamiento francés por tres factores: un viejo sentimiento de superioridad, unido a una tradición literaria e intelectual continua y eminente; la tónica general de los estudios literarios, siempre marcada por el positivismo científico del siglo xix obsesionado con las causas; y el predominio de la práctica escolar del comentario de texto, es decir, de una descripción doméstica de las formas literarias que impedía el desarrollo de métodos formales más sofisticados. Añadiré por mi parte, aunque es algo inseparable, la ausencia de una lingüística y de una filosofía del lenguaje comparables a aquellas que habían invadido las universidades de lengua alemana o inglesa, a partir de Gottlob Frege, Bertrand Russell, Ludwig Wittgenstein y Rudolf Carnap; así como la débil incidencia de la tradición hermenéutica, repetidamente zarandeada no obstante en Alemania por Edmund Husserl y Martin Heidegger.

A continuación las cosas cambiaron rápidamente-por lo demás comenzaban ya a moverse en el momento en que Spitzer hacía aquel severo diagnóstico-, hasta el punto que, por una curiosa inversión de papeles que puede dar qué pensar, la teoría francesa se encontró momentáneamente a la vanguardia de los estudios literarios en el mundo, un poco como si hasta aquel momento se hubiera dado un paso atrás para tomar impulso, a menos que semejante abismo, súbitamente salvado, haya permitido reinventar la pólvora con una ingenuidad y un entusiasmo que provocaron la ilusión de un progreso, durante los miríficos años sesenta que se extendieron de hecho desde 1963-el final de la guerra de Argelia- hasta 1973-la primera crisis del petróleo-. Hacia 1970, la teoría literaria se encontraba en pleno auge y ejercía un inmenso atractivo en los jóvenes de mi generación. Con diversas denominaciones-nueva crítica, poética, estructuralismo, semiología, narratología-brillaba con luz propia. Cualquiera que haya vivido aquellos mágicos años lo recordará con nostalgia. Una poderosa corriente nos arrastraba a todos. En aquella época, la imagen de los estudios literarios, apoyada por la teoría, era seductora, persuasiva, gloriosa.

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