Ficha técnica

Título: El dedo de David Lynch | Autor: Fedosy Santaella  | Editorial: Pre-TextosColección:  Narrativa Contemporánea | Presentación: Rústica | Formato: 21 x 14 cm. | Páginas: 272 | ISBN: 978-84-16453-28-3 | Precio: 24 euros

El dedo de David Lynch

PRE-TEXTOS

Una tarde, mientras recorren la playa de Chirimena con sus baratijas artesanales a la venta, Mariana y Arturo encuentran un dedo amputado a la orilla del mar. Arturo, sumido en los aires del cannabis, se guarda el dedo. Mariana, siempre silenciosa y enigmática, tampoco dice nada. Con la excusa de tal hallazgo se desarrolla una trama que se adentra en el pasado no sólo de esta pareja hermosa y desencantada, sino también de otros personajes no menos fascinantes: un policía retirado dueño de un quiosco playero, un exactor carismático capo de la droga del pueblo y un padre moribundo y su hijo que se mueven hacia Chirimena en una especie de relato a lo road movie. El dedo de David Lynch, novela de un nihilismo feroz y de un admirable tacto lírico, conjuga el determinismo y la barbarie del realismo mágico con mecanismos del género negro en una vuelta de tuerca que demuestra un magnífico dominio del oficio. El dedo de David Lynch, del autor venezolano Fedosy Santaella, contentará a los lectores de diferente condición, tanto estetas como ávidos de intrigas.

 

1

     Encontraron un dedo en la arena. Eran alrededor de las cinco de la tarde y Arturo y Mariana iban por los lados de la gran roca. Habían pasado el quiosco del Sargento y ahí, un poco más adelante, lo encontraron. Quizás fuera un dedo de hombre, de alguien moreno o de raza negra. Un dedo índice, o medio o anular. Eso parecía. No había sangre por ninguna parte. El mar la había lavado. Arturo pensó en Terciopelo azul, y se dijo que la vida era mediocre, que la vida imitaba al arte, que siempre ha sido y será así. Lo pensó con tristeza, pero al mismo tiempo con resignación. Se guardó el dedo en la mochila, así, como si se hubiera encontrado un caracol, una moneda, un espejuelo, una llave. La tarde caía sobre la playa solitaria, andaban descalzos, con sus bastidores al hombro, acababan de fumar. Había humo en sus cabezas y ella no le preguntó por qué acababa de guardarse un dedo en la mochila, él tampoco se lo preguntó a sí mismo. Siguieron hacia el extremo de la playa, más allá de la gran roca, allí donde la montaña salía hacia el mar y ya no dejaba pasar a los caminantes.

     Les gustaba llegar hasta esa punta, dejar el aparataje en la arena, quitarse la ropa, bañarse desnudos y entregar los cuerpos en el agua, amarse. Lo hacían en la temporada baja, cuando había pocos turistas en el sitio, cuando a las cinco ya no quedaba nadie. En vacaciones se limitaban a bañarse y a fumar. No eran exhibicionistas ni se daban al sexo como abierto espectáculo. Aquél era su ritual íntimo, el que habían instaurado desde su llegada a Chirimena, desde aquella vez que dejaron atrás a Jean y Georgina y tomaron camino hacia la punta, hipnotizados por la gran roca, por ese ombligo del mundo.

     Allí, frente a esa roca, lo hicieron por primera vez. Ahora lo hacían al otro lado, protegidos por ella, separados del mundo. El otro lado era el refugio, y la gran roca era la puerta, el guardián, la muralla.

     De vuelta a la orilla, sacaron el troncho y se lo terminaron de fumar. El silencio, sus cuerpos desnudos, sus cabellos mojados. Sólo eso, sólo eso y la inmensidad del mar. Y en aquel momento, en aquella tarde particular en la que se captura esta historia, el dedo de David Lynch en el interior del bolso. Así empezó a llamarlo Arturo, el dedo de Lynch. El dedo de David Lynch, y que disculpara la oreja.

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