Ficha técnica

Título: El crepúsculo de Prometeo. Contribución a una historia de la desmesura humana | Autor: François Flahault |  Traducción: Noemí Sobregués | Editorial: Galaxia Gutenberg  | Género: Ensayo | ISBN: 978-84-15472-35-3 | Páginas: 208 | PVP: 22,00 € | Publicación: 29 de abril de 2013

El crepúsculo de Prometeo

GALAXIA GUTENBERG

Este libro se propone construir la historia de la desmesura humana, justamente hoy que el crecimiento material sin fin parece haberse convertido en la principal razón de ser de la humanidad. De hecho, la modernidad se ha asentado sobre la idea de progreso y sobre la emancipación a través del conocimiento y el dominio de la naturaleza.

François Flahault hace una arqueología de este ideal prometeico. Muestra cómo bajo apariencia de racionalidad, está gobernado por la desmesura. La visión prometeica del hombre y de la sociedad responde al deseo de existir y de no someterse a ningún límite. Dicha visión ha alimentado el imaginario romántico, el positivismo, el comunismo, el desarrollo científico o el ultraliberalismo de la derecha americana. Al analizar los errores fundamentales del prometeísmo, François Flahault nos ofrece pistas que permitirán pensar de otro modo aquello que somos y nuestras relaciones con el entorno natural y social.

 

INTRODUCCIÓN

En la tragedia Prometeo encadenado, de Esquilo, el
Océano se acerca al titán y, al verlo pegado a su roca
por orden de Zeus, lo compadece. Sin embargo,
como sabe que la obstinación de Prometeo sólo
puede agravar sus males, le da el siguiente consejo:
«Conócete a ti mismo y ajusta tu forma de ser a nuevas
maneras». Pero Prometeo no le hace caso.   

 

Durante los años setenta, mientras se construía el inmenso complejo de Chernóbil, surgía Prípiat. La nueva ciudad, destinada básicamente a albergar al personal de la central nuclear, que estaba muy próxima, llegó a tener casi cincuenta mil habitantes, y en ella la vida era más agradable que en muchas otras ciudades soviéticas. En el frontón de un cine de Prípiat se leía en grandes letras el nombre de Prometeo.

    Delante del cine se erigió una estatua de bronce que representaba al titán alzando triunfalmente los brazos hacia el cielo para apoderarse del fuego. «El comunismo es el poder soviético más el tendido eléctrico de todo el país», afirmó Lenin. De alguna manera, la bombilla era la nueva eucaristía. Sesenta años después de la Revolución de octubre, la propaganda podía jactarse de haber dominado el átomo, fuente inagotable de la energía del progreso. «El reactor nuclear es como un samovar», aseguraba el director de Chernóbil con un optimismo digno de un personaje de Julio Verne,1 conquista que celebraba la estatua situada ante el cine Prometeo.

     La noche del 25 al 26 de abril de 1986 el reactor número 4 explotó. Como un volcán en erupción, escupió hacia el cielo una llama de ciento setenta metros de altura. Se liberaron a la atmósfera casi cincuenta toneladas de combustible nuclear. La famosa «nube de Chernóbil» empezó incendiando la pineda de los alrededores, se expandió por Europa occidental y los países escandinavos, y llegó incluso a Norteamérica. Galia Ackerman escribe que es razonable suponer «que al menos setecientos mil «liquidadores», civiles y militares, trabajaron durante el año siguiente a la catástrofe»,2 y libraron una batalla titánica. Se sacrificó la vida de algunos de ellos y la salud de muchos otros para contener la energía destructora que desprendía el reactor y para conjurar las consecuencias del desastre, que en caso contrario habrían sido mucho más graves de lo que fueron.

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