Ficha técnica

Título: El coronel Chabert | Autor: Honoré Balzac |  Traducción: Mercedes López-Ballesteros | EditorialReino de Redonda | Colección: Narrativa | Género: Novela | ISBN: 978-84-936887-0-7 | Páginas: 236 | Encuadernación: Cartoné | PVP: 21,00 € | Publicación: Marzo de 2011

El coronel Chabert

REINO DE REDONDA

«-He leído un libro bastante famoso que no sabía que lo fuera -me decía, y cogía el volumen francés de la estantería y lo agitaba ante mis ojos, como si con él en la mano pudiera hablarme con mayor conocimiento de causa y además me demostrara que en efecto lo había leído-.

Es una novela corta de Balzac que me da la razón respecto a Luisa, respecto a lo que le ocurrirá de aquí a un tiempo. Cuenta la historia de un Coronel napoleónico que fue dado por muerto en la batalla de Eylau. Esta batalla tuvo lugar entre el 7 y el 8 de febrero de 1807 cerca de la población de ese nombre, en la Prusia Oriental, y enfrentó a los ejércitos francés y ruso con un frío del demonio, se dice que quizá sea la batalla librada con un tiempo más inclemente de toda la historia, aunque ignoro cómo puede saberse eso y menos aún afirmarse. Este Coronel, Chabert de nombre, al mando de un regimiento de caballería, recibe un brutal sablazo en el cráneo en el transcurso del combate.

Hay un momento de la novela en el que, al quitarse el sombrero en presencia de un abogado, se le levanta también la peluca que lleva, y se le ve una monstruosa cicatriz transversal que le coge desde el occipucio hasta el ojo derecho, imagínate -y se señaló la trayectoria en la cabeza, pasándose lentamente el índice-, formando «un enorme costurón prominente», en palabras de Balzac, quien añade que el primer pensamiento que semejante herida sugería era «¡Por ahí se ha escapado la inteligencia!».

El Mariscal Murat, el mismo que sofocó en Madrid el levantamiento del 2 de mayo, lanza entonces una carga de mil quinientos jinetes para socorrerlo, pero todos ellos, Murat el primero, pasan por encima de Chabert, de su cuerpo recién abatido. Se lo da por muerto, pese a que el Emperador, que le tenía aprecio, envía a dos cirujanos a verificar su defunción en el campo de batalla; pero esos dos hombres negligentes, sabedores de que le habían abierto la cabeza de parte a parte y luego lo habían pisoteado dos regimientos de caballería, no se molestan ni en tomarle el pulso y la certifican oficialmente, aunque a la ligera, y esa muerte pasa a constar en los boletines del ejército francés, en los que se consigna y detalla, y así se convierte en un hecho histórico. Se lo apila en una fosa con los demás cadáveres desnudos, según era la costumbre: había sido un vivo ilustre, pero ahora es sólo un muerto en medio del frío y todos van al mismo sitio. El Coronel, de manera inverosímil pero muy convincente tal como se la relata a un abogado parisiense, Derville, al que quiere encargar su caso, recupera el conocimiento antes de ser sepultado, cree estar muerto, se da cuenta de que está vivo, y con muchas dificultades y suerte logra salir de esa pirámide de fantasmas después de haber pertenecido a ellos quién sabe durante cuántas horas y de haber oído, o creído oír, como dice -y aquí Díaz-Varela abrió el librito y buscó una cita, las debía de tener señaladas y tal vez por eso lo había cogido, para ofrecerme alguna de vez en cuando-, «gemidos lanzados por el mundo de cadáveres en medio del cual yo yacía»; y añade que aún «hay noches en que creo oír esos suspiros ahogados»…»

De la novela Los enamoramientos, de Javier Marías

 

PÁGINAS DEL LIBRO

A la señora condesa Ida de Bocarmé,
de soltera Du Chasteler

   -¡Vaya, ¡otra vez nuestro viejo carrick! Esta exclamación la soltaba uno de esos aprendices a quienes se conoce en los despachos como saltacharcos, y que le hincaba el diente con gran apetito a un pedazo de pan; arrancó un poco de miga para hacer una bolita y la lanzó burlonamente por el postigo de una ventana en la que se apoyaba. Bien dirigida, la bolita rebotó casi a la altura del vano, tras dar en el sombrero de un desconocido que atravesaba el patio de una casa situada en la rue Vivienne, donde residía el señor Derville, procurador. 

   -Vamos, Simonnin, deje de hacerle sandeces a la gente o le pongo de patitas en la calle. Por muy pobre que sea un cliente, sigue siendo un hombre, ¡qué demonios! -dijo el oficial mayor interrumpiendo la suma de una memoria de gastos.

   El saltacharcos suele ser, como lo era Simonnin, un chico de trece a catorce años que en todos los despachos se halla bajo la especial dominación del primer pasante, de cuyos recados y billetes amorosos se ocupa mientras lleva mandatos a los alguaciles y memoriales al Palacio.

   Tiene algo del pilluelo de París por sus costumbres y del buscapleitos por su sino. Este niño carece casi siempre de piedad, de freno, es indisciplinable, hacedor de ripios, socarrón, ávido y perezoso. Aun así, casi todos estos críos tienen una anciana madre que vive en un quinto piso, con la que comparten los treinta o cuarenta francos que les pagan al mes.

   -Si es un hombre, ¿por qué le llama usted viejo carrick? -dijo Simonnin con aire de colegial que pillara a su maestro en falta.

   Y siguió comiéndose el pan y el queso recostando el hombro en la jamba de la ventana, porque descansaba de pie como los caballos de un coche de plaza, con una de las piernas alzada y apoyada contra la otra sobre la puntera del zapato.

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