Ficha técnica

Título: El Condotiero | Autor: Georges Perec |  Traducción: David Stacey | Prólogo: Claude Gurgelin | Editorial: Anagrama | Colección: Panorama de narrativas | Género: Novela | ISBN: 978-84-339-7853-0 | Páginas: 192 | PVP: 17,90 € | Publicación: febrero de 2013

El Condotiero

ANAGRAMA

Perec declaró que El Condotiero fue la primera novela que consiguió escribir. Medio siglo después de su redacción -entre 1957 y 1960- y treinta años después de la muerte del escritor, el 3 de marzo de 1982, descubrimos una obra de juventud de la que se había perdido el rastro y que ha sido milagrosamente recuperada.

Gaspard Winckler, el héroe de la novela, se ha dedicado durante meses a pintar un Condotiero falso, una copia perfecta que no tiene nada que envidiar al expuesto en el Louvre que pintara Antonello da Messina en 1475. Pero Gaspard, príncipe de los falsificadores, no es más que el simple ejecutor de las órdenes de Anatole Madera. Y, como en una novela policíaca, la primera página del libro se abre con el asesinato de Madera por Winckler. ¿Por qué esa muerte? ¿Por qué Gaspard Winckler siente que ha fracasado en su proyecto de igualar a Antonello da Messina? ¿Qué buscaba queriéndose convertir en un virtuoso de lo falso? ¿Qué deseaba captar en esa imagen de fuerza y de poder que transmite el rostro del guerrero? ¿Y por qué vive el asesinato de Madera como una liberación?

El tema de la impostura recorre toda la obra de Perec. Un personaje de ficción llamado Gaspard Winckler vuelve a aparecer en otras novelas del autor como La vida instrucciones de uso y W o el recuerdo de la infancia. Y El gabinete de un aficionado, la última novela que el escritor francés publicó en vida, es una prodigiosa construcción erigida en torno a los hechizos de la copia y de lo falso. El Condotiero permite entrever lo que está en juego en esta búsqueda: la conquista de lo verdadero a través de la falsificación.

«Esta novela da a los libros que le siguieron un nuevo comienzo, una nueva perspectiva, invita a su relectura… El Condotiero provoca esa fascinación por los orígenes que todos experimentamos; y no solamente ilumina la obra posterior de Georges Perec, sino que también hace posible que nos acerquemos al autor de una forma totalmente nueva» (Christine Montalbetti, Le Monde).

«Una verdadera-falsa novela policiaca, lúdica y existencial que revela ya algunas obsesiones del futuro autor de Las cosas» (Baptiste Liger, Lire).

«¿Qué hacer para estar a la altura, pero manteniendo cierta distancia, de los libros que te han impulsado a escribir? Ésa es la cuestión que se plantean todos aquellos para quienes la escritura es la vida. La misma que se hace Perec en 1959, cuando declara: «He leído Moby Dick. No vale la pena escribir si no se aspira a crear una obra de ese calado.» El Condotiero no encuentra la ballena blanca, pero va tras ella» (Philippe Lançon, Libération).

«La novela nos conduce a una idea de la literatura que a veces olvidamos, y que la obra de Georges Perec, como la de Jorge Luis Borges, se ocupa de recordarnos: que la grandeza no surge necesariamente de la originalidad, que la cuestión de la imitación está en el corazón de toda creación» (Tiphaine Samoyault, La Quinzaine littéraire).

 

PÁGINAS DEL LIBRO

          Madera pesaba. Lo agarré por los sobacos, bajé de espaldas las escaleras que conducían al laboratorio. Sus pies saltaban de un escalón a otro, y esos rebotes irregulares, que seguían el ritmo desigual de mi descenso, resonaban secamente bajo la bóveda estrecha. Nuestras sombras danzaban en las paredes. La sangre seguía corriendo, viscosa, rezumaba de la toalla de rizo saturada, resbalaba veloz dejando su rastro por las solapas de seda, se perdía en los pliegues de la chaqueta, hilillos mucosos, muy ligeramente brillantes, que la más mínima rugosidad de la tela detenía, y que a veces salpicaban el suelo, donde las gotas estallaban en manchitas estrelladas. Lo deposité al pie de la escalera, junto a la puerta del laboratorio, y subí de nuevo para coger la navaja y enjugar las manchas de sangre antes de que volviera Otto. Pero Otto entró casi al mismo tiempo que yo, por la otra puerta. Me miró sin comprender. Me batí en retirada, corrí por las escaleras, me encerré en el laboratorio. Cerré la puerta  con llave y la bloqueé con el armario. Él bajó unos minutos después, intentó forzar la puerta, que resistió, volvió a subir arrastrando a Madera. Reforcé aún más la puerta con el banco de trabajo. Volvió un poco más tarde. Me llamó, disparó dos tiros de revólver contra la puerta.

          Ves, tal vez te decías que era fácil. Nadie en la casa, nadie en los alrededores. Si Otto no hubiera regresado tan rápido, ¿dónde estarías? No lo sabes, estás aquí. En este laboratorio, como siempre, y nada ha cambiado, o muy poco. Madera está muerto. ¿Y qué? Sigues en este taller subterráneo, un poco más en desorden simplemente un poco más sucio. Es el mismo día el que se filtra por el tragaluz. El Condotiero, crucificado en su caballete…

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