Ficha técnica

Título: El cerebro musical | Autor: César Aira | Editorial: Literatura Random House 
Medidas: 137 X 230 mm | Formato: Tapa blanda con solapa | Páginas: 288
Fecha: ene/2016 | ISBN: 9788439730866 | Precio: 16,99 euros | Ebook: 9,99 euros

 

 

El cerebro musical

LITERATURA RANDOM HOUSE

Un genio de la botella de leche mágica que te ofrece elegir entre ser Picasso o tener un Picasso; un perro furioso que le ladra a un colectivo en marcha y un pasajero que recuerda algo que había creído olvidado; una inmutable tradición del universo que reúne a Dios y a sus únicos invitados, los monos, a tomar el té una vez al año; un grupo de veinteañeros entusiastas que se entregan a la búsqueda de la simetría…

El cerebro musical recoge, en esta nueva edición de su Relatos reunidos, una selección de cuentos escritos por Aira entre 1996 y 2011, a los que se añaden tres cuentos autobiográficos inéditos: «Duchamp en México», «Taxol» y «La broma». Estos veinte relatos, a medio camino entre el cuento y la crónica imaginada, ponen de manifiesto el genio inclasificable del autor, uno de los autores más valorados del panorama literario en lengua castellana.

Reseñas:
«Me fascina su capacidad para contar sus propias historias, ya sean fábulas políticas o elaboradas bromas inventadas, cargadas de la más pura filosofía.» Patti Smith

«Uno de los tres o cuatro mejores escritores que escriben en español actualmente.» Roberto Bolaño

«César Aira es uno de los novelistas más provocativos e idiosincrásicos de la literatura en castellano. No hay que perdérselo.» Natasha Wimmer, The New York Times

«No se sabe si realmente lo es o si, de verdad, se hace. César Aira, el escritor argentino más prolífico (y quizás uno de los dos o tres autores más interesantes de los últimos años), a veces puede parecer un genio, y a veces también.» Diego Gándara, Qué leer

«Leer a César Aira es siempre una experiencia sorprendente, aunque debe advertirse que su ficción despliega un mundo tan reconocible como original.» Arturo García Ramos, ABC

«Leerlo es esperarse cualquier cosa, como si fuera un relato del Sombrerero Loco o una película de Hayao Miyazaki.» Álvaro Cortina

A BRICK WALL

De chico, en Pringles, yo iba mucho al cine. No todos los días, pero nunca veía menos de cuatro o cinco películas por semana. Cuatro o seis, debería decir, porque eran funciones dobles, nadie pagaba la entrada por ver una sola película. Los domingos iba toda la familia, a las cinco de la tarde, a la función llamada «ronda». Había dos cines para elegir, con programas diferentes. Daban, como digo, dos películas, una importante (el «estreno», aunque no sé por qué se la llamaba así, ya que todas eran estrenos para nosotros), precedida por otra de relleno. Pero yo a veces, o casi siempre, iba también a la función matinée, los domingos a la una, también dos películas, para el público infantil, pero en aquel entonces no había un género infantil específico en cine, así que eran películas comunes, westerns, aventuras, ese tipo de cosas (y alcancé a ver algunos seriales, como Fu Manchú o El Zorro, de los que recuerdo). Un poco mayor, a los doce años, empecé a ir de noche también, los sábados (programa distinto) o los viernes (el mismo programa del domingo «ronda», pero como había dos cines…), o incluso noches de semana. Y a partir de cierto momento en uno de los cines empezaron a dar continuados de cine nacional los martes, toda la tarde. ¿Cuántas películas habré visto? No es serio hacer cuentas, pero a cuatro películas por semana son doscientas al año, como mínimo, y si ese régimen lo mantuve desde los ocho a los dieciocho años, suman dos mil películas. Menos serio que hacer una cuenta de ese tipo es seguir haciéndola hasta las últimas consecuencias: dos mil películas de hora y media suman tres mil horas, o sea ciento veinticinco días, cuatro meses largos de cine ininterrumpido. Cuatro meses. Esto puede dar una imagen más concreta que el número desnudo; aunque tiene el inconveniente de hacer pensar en una sola larguísima y torturante película, cuando fueron dos mil, todas distintas, intercaladas en una larga infancia, ansiosamente esperadas, y después criticadas, comparadas, contadas, recordadas. Sobre todo recordadas; almacenadas como el variado tesoro que eran. De eso puedo dar fe. Esas dos mil películas siguen vivas en mí, vivas con una vida extraña, de resurrecciones, de apariciones, como una historia de fantasmas.

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