Ficha técnica

Título: El cerebro de Andrew | Autor: E.L Doctorow | Traducción: Carlos Milla e Isabel Ferrer | Editorial: Roca | Formato: Trade TB con solapa | Páginas: 176 | ISBN: 978-84-9918-764-8 |Precio: 16,90 euros | Ebook: 7,99 euros

El cerebro de Andrew

MISCELÁNEA

Una brillante nueva novela por el maestro contemporáneo de las letras americanas, autor de Ragtime y La gran marcha.  Doctorow nos embarca en un viaje extremo a lo más profundo de la mente de un hombre que es su peor enemigo.

Cuando le habla a un interlocutor desconocido, Andrew está pensando, hablando, contándonos la historia de su vida, sus amores y las tragedias que lo han llevado a este momento y lugar concretos. A medida que va confesando y que va quitando capas a su extraña historia, nos vemos forzados a cuestionarnos lo que sabemos de la verdad y la memoria, del cerebro y la mente, la personalidad y el destino, sobre el otro y nosotros mismos.

Escrito con profundidad y precisión lírica, esta novela que juega con el suspense y experimentación formal resulta perfecta para nuestros tiempos: divertida, incisiva, escéptica, traviesa y profunda. El cerebro de Andrew es un giro de tuerca y un logro singular en la obra de un autor cuya prosa tiene el poder de crear su propio paisaje y cuyo gran tema, en palabras de Don DeLillo es «el alcance del concepto de lo posible en Estados Unidos, en que cabe que vidas ordinarias adopten la cadencia que marca historia».

«El cerebro de Andrew es una novela astuta, ladina; el parloteo de Andrew es resultado de los tiempos que le han tocado vivir y consigue que sus heridas no se abran gracias a ese grueso envoltorio de palabras, ideas, trozos de su historia, sea lo que sea que su mente centrífuga puede llegar a desentrañar. Una de las cosas que hacen de Andrew una creación cómica es que es capaz de auto engañarse de una manera que puede volver loco al lector y, al mismo tiempo, ser absolutamente consciente de si mismo: es un loco, pero no es inocente. Puede ser que Andrew no sea capaz de disfrutar de su propio cerebro, pero Doctorow a buen seguro que puede.» -The New York Times Book Review

«La lectura resulta demasiado adictiva como para dejarla. Fascinante, a veces divertida y a menudo profunda, Andrew constituye un personaje provocadoramente interesante e incluso podemos llegar a compadecerle. La novela combina impecablemente la destreza reconocida de Doctorow en lo que se refiere al estilo literario con una narración profundamente psicológica que enfrenta a verdad y engaño, memoria y percepción, conciencia y locura. Doctorow asume enormes riegos creativos, riesgos de la mejor clase.» -USA Today

I

Puedo hablarle de mi amigo Andrew, el científico cognitivo. Pero no es agradable. Una noche se presentó con un bebé en brazos ante la puerta de su exmujer, Martha. Porque Briony, su joven y encantadora esposa posterior a Martha, había muerto.

¿De qué?

A eso ya llegaremos. No puedo hacer esto yo solo, dijo Andrew cuando Martha fijó la mirada en él desde el umbral de la puerta abierta. Casualmente esa noche nevaba, y Martha quedó subyugada por los blandos copos, semejantes a diminutas criaturas, que se posaban en la visera de la gorra de los Yankees que llevaba Andrew. Así era Martha, siempre encandilada por detalles periféricos como si les pusiera música. Incluso en circunstancias normales, era una persona de reacciones lentas, y te miraba con una expresión de incredulidad en sus ojos saltones, grandes y oscuros. Después llegaba la sonrisa, o el gesto de asentimiento, o el cabeceo. Mientras tanto el calor de su casa escapaba por la puerta abierta y empañaba las gafas de Andrew. Él permanecía allí inmóvil detrás de sus lentes empañadas como un ciego bajo la nieve, carente de toda voluntad, cuando por fin ella tendió los brazos, cogió con delicadeza al bebé bien arropado, retrocedió y le cerró la puerta en las narices.

Eso ocurrió, ¿dónde?

Martha vivía por entonces en New Rochelle, un barrio residencial de las afueras de Nueva York con casas grandes de distintos estilos -tudor, colonial holandés, neogriego-, construidas en su mayoría a lo largo de las décadas de 1920 y 1930, edificaciones apartadas de la calle, siendo los árboles predominantes los arces reales, altos y viejos. Andrew corrió hasta su coche y regresó con un maxicosi, una maleta y dos bolsas de plástico con los artículos necesarios para un bebé. Aporreó la puerta: ¡Martha, Martha! Tiene seis meses, tiene un nombre, tiene una partida de nacimiento. Está todo aquí, abre la puerta, Martha, por favor; no pretendo abandonar a mi hija, ¡solo necesito un poco de ayuda, necesito ayuda!

La puerta se abrió y apareció el marido de Martha, un hombre corpulento. Deja todo eso en el suelo, Andrew, dijo. Andrew obedeció, y el marido corpulento de Martha volvió a plantarle al bebé en los brazos. Siempre has sido una calamidad, dijo el marido corpulento de Martha. Lamento la muerte de tu joven esposa pero me figuro que ha muerto por alguno de esos estúpidos errores tuyos, alguna negligencia inoportuna, uno de tus experimentos mentales o tus famosas distracciones intelectuales, pero en cualquier caso algo que nos recordaría a todos ese don tuyo para dejar a tu paso un reguero de desgracias.

Andrew puso al bebé en el maxicosi que estaba en el suelo, cogió el maxicosi y volvió lentamente a su coche, casi perdiendo el equilibrio en el camino resbaladizo. Fijó el maxicosi en el asiento trasero con el cinturón de seguridad, regresó a la casa, recogió las bolsas de plástico y la maleta y las llevó al coche. Cuando lo tuvo todo bien colocado, cerró la puerta, se irguió, dio media vuelta y se encontró a Martha allí de pie con un chal sobre los hombros.

De acuerdo, dijo ella.

[pensando]

Siga…

No, solo pensaba en algo que leí sobre la patogénesis de la esquizofrenia y el trastorno bipolar. Los biólogos del cerebro llegarán a eso con su secuenciación genética, encontrarán las variaciones en el genoma: esos acaparadores de proteínas vinculados a la teleología. Les asignarán números y letras, quitando una letra por aquí, añadiendo un número por allá, y la enfermedad ya no existirá. Así que este tratamiento oral suyo, doctor, tiene los días contados.

No esté tan seguro.

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