Ficha técnica

Título: El capote |  Autor: Nikolái Gógol  | Editorial: Nórdica |  Ilustrador: Noemí Villamuza | Traducción: Víctor Gallego | Colección: Ilustrados 9 |  Páginas:  80 |  Precio: 25 € | Fecha de aparición:  Noviembre de 2008 | Formato:  19,5 x 26 cm. Cartoné en tela | ISBN: 978-84-936695-7-7

El capote

NÓRDICA

El capote, escrito por Nikolái Gógol entre los años 1839 y 1841, y publicado en 1842, nos presenta a uno de los más conmovedores personajes de la Literatura: Akaki Akákievich Bashmachkin, un funcionario de la escala más baja de la administración civil, que se ve ultrajado por las injusticias sociales y la indiferencia egoísta de los fuertes y ricos, y cuyo destino es el de ser un «hombre insignificante». Akaki, para protegerse del gélido invierno de San Petersburgo, necesita un capote nuevo, pero cuando por fin lo consigue seguirá notando frío, el frío gélido que habita en los corazones de las personas que le rodean.

Este maravilloso relato y su protagonista tendrán gran influencia en la literatura posterior: Herman Melville y Franz Kafka nos presentarán a Bartleby y a Gregor Samsa, dos personajes descendientes directos de Akaki.

Las ilustraciones, que harán que este libro sea inolvidable para lectores de todas las edades, son de Noemí Villamuza, quien ya ilustró en esta misma colección El festín de Babette.

«Todavía creo que existen grietas en la realización artística de la historia -si consideramos forma y contenido separadamente-; una grieta que no existe en El capote de Gógol y La metamorfosis de Kafka.» Vladimir Nabokov

Páginas del principio del libro:

En el departamento… pero será mejor no nombrarlo. No hay gente más susceptible que los funcionarios, oficiales, oficinistas y, en general, todos los servidores públicos. En los tiempos que corren, cada particular considera que si se toca a su persona se ofende al conjunto de la sociedad. Corre el rumor de que hace poco un capitán de policía de no sé qué ciudad presentó un informe en el que exponía sin ambages que se estaba perdiendo el respeto a las leyes y que hasta su venerable título se pronunciaba sin ninguna consideración.Y como prueba adjuntaba una voluminosísima obra de corte novelesco en la que, cada diez páginas, aparecía un capitán de policía, a veces en un estado de completa embriaguez. En resumidas cuentas, para evitar disgustos, designaremos el departamento en cuestión simplemente como cierto departamento. Así pues, en cierto departamento trabajaba un funcionario. Era un hombre bastante ordinario, bajo de estatura, algo picado de viruelas, con una tonalidad de pelo que tiraba a pelirroja, un tanto corto de vista, con pequeñas entradas en la frente, arrugas a lo largo de las mejillas y ese color de cara que recibe el nombre de hemorroidal… ¡Qué se le va a hacer! La culpa la tiene el clima petersburgués. En lo que respecta a su rango (pues entre nosotros se debe empezar siempre por ese particular), era lo que se llama un eterno consejero titular, de los que han hecho befa y escarnio, como es bien sabido, numerosos escritores que tienen la loable costumbre de ensañarse con quienes no pueden defenderse. Se apellidaba Bashmachkin, nombre que, como es evidente, proviene de bashmak, zapato; pero no se sabe cuándo, en qué momento y de qué forma se produjo esa derivación. El padre, el abuelo y hasta el cuñado, así como todos los Bashmachkin sin excepción, habían llevado siempre botas, a las que mandaban poner medias suelas dos o tres veces al año. Se llamaba Akaki Akákievich. Es probable que el lector encuentre ese nombre un tanto extraño y rebuscado, pero puedo asegurar que no se lo pusieron aposta; fueron las mismas circunstancias las que hicieron imposible darle otro. Esto fue lo que sucedió:Akaki Akákievich nació, si no me falla la memoria, la noche del 22 al 23 de marzo. Su difunta madre, esposa de un funcionario y mujer de gran corazón, tomó las disposiciones oportunas para que su hijo fuera bautizado como era menester. Desde la cama en que guardaba reposo, situada enfrente de la puerta, convocó a su diestra al padrino, Iván Ivánovich Yerohskin, hombre excelente, jefe de oficina en el Senado, y a la madrina, Arina Semiónovna Belobriúshkova, casada con un agente de policía y mujer de raras virtudes. Ambos dieron a elegir a la parturienta entre estos tres nombres: Mokkia, Sossia y el del mártir Josdasat. «De ninguna manera -se dijo la difunta-.Vaya unos nombres.» Con intención de complacerla, abrieron el almanaque por otro lugar y leyeron estos otros tres nombres: Trifili, Dula y Barajasi. «¡Qué castigo! -farfulló la madre-. ¡De dónde habrán salido esos nombres! ¡De verdad que no los he oído en mi vida! Baradat y Baruj todavía pueden pasar, pero ¡Trifili y Barajasi!» Volvieron otra página y se encontraron con Pavsikaji y Vajtisi. «Vaya, parece cosa del destino -dijo la madre-. En ese caso, será mejor que lleve el nombre de su padre. Si Akaki se llamaba el padre,Akaki se llamará el hijo.» Esa es la razón de que le pusieran Akaki Akákievich. Bautizaron al niño, que se pasó la ceremonia llorando y haciendo muecas, como si presintiera que un día sería consejero titular. En resumidas cuentas, así fue como sucedieron las cosas. Hemos sacado a colación esos detalles para que el lector se convenza de que todo lo dictó la necesidad y de que no habría sido posible darle otro nombre. Nadie recordaba cuándo y cómo entró en el departamento y quién lo había recomendado. Por más que cambiaran los directores y jefes de sección, él seguía en su puesto, en idéntica actitud, ocupado de sus mismas tareas de copista, de modo que, con el paso del tiempo, la gente llegó a convencerse de que había venido al mundo de ese jaez, con uniforme y entradas en la frente.

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