Ficha técnica

Título: El camino al lago desierto | Autor: Franz Kain |  Traducción: Richard Gross | Editorial: Periférica | Colección: Largo Recorrido | Género: Novela | ISBN: 978-84-92865-79-6 | Páginas:112 | Precio: 15,00 euros

El camino al lago desierto

PERIFÉRICA

Uno de los que buscó refugio en la región alpina del Salzkammergut (hoy una de las joyas del turismo austriaco) para pasar a la clandestinidad y escapar de la justicia es el protagonista de esta historia, que por entonces tenía un rango muy alto en la jerarquía nazi. Vástago de la burguesía culta de la monarquía austrohúngara y nazi de primera hora, tras la anexión de Austria por el Reich alemán, Ernst Kaltenbrunner hizo rápidamente carrera en el nuevo régimen. En 1943 llegó a ocupar el puesto de director del Departamento Central de Seguridad del Reich, convirtiéndose así en mano derecha del Reichsführer-SS Heinrich Himmler, artífice de los campos de concentración y principal autor del exterminio de los judíos. Cuando el colapso militar de Alemania era ya inevitable, Kaltenbrunner emprendió la subida a la Totes Gebirge, acompañado de dos ayudantes y guiado por un cazador de la comarca, para esconderse en un refugio de montaña hasta que «pasara el temporal» y pudiera reintegrarse en la vida civil, ya como colaborador de los aliados occidentales en el presumible enfrentamiento contra la Unión Soviética, ya ofreciendo sus servicios a los conservadores austriacos en la lucha contra el «peligro comunista».

Una novela corta donde Historia y Naturaleza se combinan portentosamente gracias a la bellísima prosa de Franz Kain para recrear, basándose en los datos ciertos, qué pensó y cómo actuó Kaltenbrunner en esos momentos de huida. Una obra maestra y un autor fundamental nunca antes traducido a nuestra lengua. 

 

I

Aún aguanta la nieve, mas no por mucho tiempo. Pronto se volverá blanda y los pasos se hundirán en ella, porque al sudoeste ya albean las paredes de las peñas, teñidas de un destello rojizo. Los aludes aún están helados y se aferran al barranco, mas no por mucho tiempo. Se aflojarán cuando ascienda el cálido vaho de la primavera. Los surcos acanalados de la nieve, escarbados hasta la roca viva y la hierba amarillenta, indican el sentido de los derrumbes, hacia los despeñaderos. Aún es invierno aquí arriba, mientras que en el valle se ha impuesto ya una primavera espesa, malsana, de las que ablandan el terreno y agrisan los verdes ríos.

     Nada pierde uno si se aleja de esta época del año y sube al invierno, árido y claro. Bella es la primavera pero antes el cenagal tiene que secarse y el suelo recobrar su firmeza.

     La confusión y el desorden son cosa de los primeros tiempos. Lo sabe Ernst Kaltenbrunner, jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich Alemán, quien se adentra ahora en las Montañas Muertas. Es una mañana de mayo de 1945, y él va rememorando el otoño de 1918. ¡Cómo estallaron los ánimos en aquel entonces! En la ciudad habían asaltado varias panaderías. Primero un agitador de los astilleros, encaramado a una mesa arrimada a una farola, había lanzado soflamas contra los Habsburgo y prometido pan a la gente. Parecía existir una relación entre aquel discurso incendiario y los atropellos a los panaderos. Luego, la ira de la población soliviantada se desató en un acto estrafalario, punto culminante de aquel levantamiento contra la fuerza y el poder imperiales: la liberación de los traficantes de bacterias presos en los calabozos del castillo.

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