Ficha técnica

Título: El Bosco | Autor: Cees Nooteboom | Traducción: Isabel-Clara Lorda Vidal | Editorial: Siruela | Colección: El Ojo del Tiempo, 90 |  Encuadernación: Cartoné | Páginas: 80 | Dimensiones: 200 x 235 | ISBN: 978-84-16638-68-0 | Fecha: 2016 | Precio: 26 euros

El Bosco

SIRUELA

En el quinto centenario de la muerte del Bosco, Siruela publica este ensayo profusamente ilustrado del escritor e hispanista Cees Nooteboom.

En plena polémica por la autoría de algunas de las obras catalogadas del pintor, Cees Nooteboom nos invita a repasar las pinturas del genial neerlandés a través de los recuerdos que el escritor ha ido atesorando en los últimos sesenta años.

La importancia del pintor en la memoria de Nooteboom es notable, como demuestran los viajes que realizó para conocer y estudiar siete de sus pinturas en Lisboa, Madrid, Gante, Róterdam y Bolduque, la ciudad holandesa donde El Bosco vivió y trabajó.

Esta obra literaria está profusamente ilustrada con detalles tomados de las pinturas del Bosco e incluye también siete obras completas.

 

Un oscuro presentimiento
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Según Roland Barthes, no hay recuerdo que pueda reproducirse fielmente. Muchos son los elementos que obstaculizan el camino. Desfiguramos nuestros recuerdos, los dilatamos, mentimos inconscientemente, manipulamos lo que tomamos por memoria, describimos una verdad que nunca ha existido y continuamos viviendo con todo ello a cuestas. Era yo un joven de unos veintiún años, que aún no conocía España, cuando visité el Museo del Prado por primera vez. Cascos alemanes, ese fue el primer misterio con el que me enfrentó el país. Los soldados de Franco parecían alemanes en una obra dramática equivocada. Vagué por aquellas grandes salas del museo entre el extremo poderío del arte español y contemplé por primera vez las pinturas de Velázquez y Zurbarán, sobre quienes escribiría más adelante. Aunque en realidad no sé si las vi de veras. Cascos alemanes. El insolente silbido con que se llamaba a los camareros, un sonido inconcebible en mi país, al igual que las palmadas con que se avisaba de noche al sereno que en su gran manojo de llaves guardaba también la de mi pensión.

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