Ficha técnica

Título: El bigote | Autor: Emmanuel Carrère | Traducción: Esther Benítez | Editorial: Anagrama  |  Colección: Panorama de narrativas | Páginas: 184 | ISBN: 978-84-339-7901-8 | Precio: 14,90 euros 

El bigote

ANAGRAMA

Un hombre se afeita el bigote que lleva años luciendo. Lo hace en secreto, para darle una sorpresa a su mujer. Pero cuando aparece ante ella con su nueva imagen, la esposa no reacciona. No parece ver en esa cara con que lleva años conviviendo cambio alguno. No parece percatarse de que su marido se ha afeitado. Es más, cuando éste le muestra su perplejidad ante la falta de reacción, ella le asegura que él nunca ha llevado bigote. Un gesto en principio sin mucha trascendencia -afeitarse el bigote- se convierte en el punto de partida de una pesadilla kafkiana para el protagonista de esta novela. ¿Es víctima de un juego, de una broma de su entorno más próximo? ¿Se ha vuelto loco y realmente nunca llevó bigote? ¿El mundo se ha confabulado contra él para ponerlo a prueba? ¿Afeitarse el bigote puede lanzarlo a uno al abismo?

Escrita con un humor negro siempre inquietante, esta novela breve de Emmanuel Carrère -que el propio autor llevó al cine en una película protagonizada por Vincent Lindon- nos muestra un maelstrom que no está en medio del océano sino en la cotidianidad de una ciudad, pero que succiona con la misma fuerza al protagonista. Y lo conduce hasta el apoteósico y espeluznante final de este libro que deja huella. Porque queda avisado el lector: no podrá sacárselo de la cabeza una vez terminado.

«Estremecerse con el solo recuerdo de una lectura, ser víctima del desasosiego, del vértigo ante las páginas de un libro, es un raro privilegio que pocos novelistas pueden ofrecer» (Michèle Gazier, Télérama).

«Con una escritura transparente y puntillosa, Carrère se sumerge en la enajenación, y cincela, con escalpelo, una locura cotidiana, aparentemente benigna, que no puede acabar más que en el horror» (Les Nouvelles Littéraires).

«He aquí una novela en la que al principio parece que no sucede nada… Sin embargo, un centenar de páginas después, uno concluye su lectura con el estómago revuelto y un nudo en la garganta, tras un viaje alucinante y terrorífico a un infierno que uno percibe ahí, muy cerca, al alcance de la mano, incluso en uno mismo… El libro de Emmanuel Carrère nos lleva muy lejos, hasta un punto en el que ya no hay retorno posible» (Jean-Claude Lebrun, Révolution).

«Ha depurado el vocabulario y la gramática con la furia de un Savonarola de la palabra para extirpar todos los ornamentos y todas las armas de seducción» (Le Monde).

«Un relato que puede leerse como un divertimento, un auténtico caso clínico o -y esto es lo más atractivo- como una novela corta de humor negro muy inquietante, que debería fascinar a los amantes de Patricia Highsmith o Roald Dahl» (Annie Coppermann, Les Échos).

«Emmanuel Carrère es un maravilloso contador de historias» (Michèle Bernstein, Libération).

«Podría ser de Maupassant, un Maupassant excelso» (Jacques-Pierre Amette, Le Point).

«Un relato entre el absurdo y el cuento filosófico, que hace reír y al mismo tiempo da miedo. ¡Dios, qué bueno es!» (Jérôme Garcin). 
PÁGINAS DEL LIBRO

      -¿Qué dirías si me afeitara el bigote?
    Agnès, que hojeaba una revista en el sofá del salón, soltó una breve risa y después contestó:
      -Sería una buena idea.
     Él sonrió. En la superficie del agua, en la bañera donde remoloneaba, flotaban islotes de espuma salpicados de pelitos negros. Tenía una barba muy recia que lo obligaba a afeitarse dos veces al día si no quería verse, por la noche, con el mentón azul. Al despertar, despachaba la tarea frente al espejo del lavabo, antes de ducharse, y no era sino una serie de gestos maquinales, desprovista de toda solemnidad. Por la tarde, en cambio, ese trabajo se convertía en un momento de relax que organizaba con esmero, tomando la precaución de dejar correr el agua por la alcachofa de la ducha, para que el vapor no empañara los espejos que rodeaban la bañera empotrada, colocando un vaso al alcance de la mano, y extendiendo profusamente luego la espuma sobre la barbilla, pasando y volviendo a pasar la navaja con cuidado para no cortarse el bigote, cuyos pelos igualaba después con unas tijeras. Debiera o no salir y tener buen aspecto, este rito vespertino ocupaba su lugar en el equilibrio de la jornada, al igual que el único cigarrillo que se permitía, desde que había dejado de fumar, después del almuerzo. El tranquilo placer que le proporcionaba no había variado desde el final de su adolescencia, la vida profesional lo había aumentado, incluso, y cuando Agnès se metía cariñosamente con el carácter sagrado de sus sesiones de afeitado, le contestaba que era, en efecto, su ejercicio zen, la única playa de meditación consagrada al conocimiento de sí y del mundo espiritual que le dejaban sus inútiles pero absorbentes actividades de joven ejecutivo dinámico. Agresivo, corregía Agnès, tiernamente burlona.
     Ahora ya había terminado. Con los ojos entornados, todos los músculos en reposo, escudriñaba en el espejo su propio rostro; se divirtió exagerando su expresión de húmeda beatitud y después, cambiando a ojos vistas, de virilidad eficaz y decidida. Un resto de espuma se adhería a la punta del bigote. Sólo había hablado de afeitárselo en broma, como hablaba a veces de cortarse el pelo muy corto; lo llevaba semilargo, peinado hacia atrás.

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