Ficha técnica

Título: El barco | Autor: Nam Le | Traducción:  Ignacio Gómez Calvo y Marc Viaplana |  Editorial: Mondadori | Colección: Literatura Mondadori | Género: Novela | ISBN: 9788439722588 | Páginas: 304 | Formato:  13’8 x 22’9 cm. | Encuadernación: Tapa blanda con solapa  |  PVP: 19,90 € | Publicación: 3 de Septiembre 2010

El barco

RANDOM HOUSE MONDADORI

El barco es una extraordinaria colección de relatos que nos hacen viajar a Nueva York, el mar de la China o Colombia y que ha situado a Nam Le como el joven escritor más destacado de la década, reconocido por crítica y lectores de todo el mundo.

Nam Le irrumpe en el mundo literario con todo lo necesario: amor y honor y piedad y orgullo y compasión y sacrificio.

Ganador de los premios literarios Pushcart, Dylan Thomas, US National Book Fundation «5 under 35», PEN/Malamud y NSW Premier’s literary.

Seleccionado como uno de los mejores libros del año por The New York Times, The Miami Herald, San Diego Union – Tribune, San Antonio Express News, Oregonian, New York Magazine y Los Angeles Times.

«La grandeza de El barco es la de la gran literatura de todos los tiempos.» Mary Gaitskill

«Las historias de Nam Le te sacuden, te rompen el corazón; son inovidables.» Junot Díaz

«Una de las mejores colecciones de relatos publicadas en mucho tiempo.» The New York Times

«Es una colección de relatos deslumbrante. Nam Le tiene veintinueve años y es sin duda una de las voces más maduras de la narrativa actual. Su estilo recuerda en cierto sentido a la prosa de Philip Roth: aguda, segura de sí misma y psicológicamente muy madura.» O, The Oprah Magazine

«Los relatos de El barco son poderosos, delicados y sutiles, agudos e inteligentes. Los lectores devorarán este volumen.» Booklist

«Nam Le tiene la habilidad de tocar notas de verdadera intensidad emocional.» Hari Kunzru, Book Review

 

AMOR Y HONOR Y PIEDAD Y ORGULLO
Y COMPASIÓN Y SACRIFICIO 

Mi padre llegó una mañana lluviosa. Yo estaba soñando con un poema, el sordo clic-clac de las teclas de una máquina de escribir iba marcando las letras. Era un buen poema, quizá el mejor que había escrito nunca. Cuando me desperté, él estaba en la puerta de mi dormitorio, sonriendo de un modo ambiguo. Llevaba puestos unos pantalones negros y una cazadora de aviador, húmeda y arrugada, que parecía recién sacada de la lavadora. Enmarcado por la puerta del dormitorio, daba la impresión de ser aún más pequeño, más delgado, de lo que yo recordaba. Aún traspuesto por el sueño, alcé la cabeza hacia el despertador.

   -¿Qué hora es?

   -Hola, hijo -dijo en vietnamita-. He estado llamando un buen rato. Después la puerta se abrió sola.

   «Los campos son de cristal», pensé. Luego tum-ti-ti, un dáctilo, línea final, luego las palabras «excusa» y «amalgama» en la siguiente línea. «Oh, venga ya», pensé.

   -Está lloviendo con fuerza -dijo él.

   Fruncí el ceño. El reloj marcaba las 11.44.

   -Pensaba que no llegabas hasta esta tarde.

   Se me hacía extraño, después de tanto tiempo, volver a hablar en vietnamita.

   -Me cambiaron el vuelo en Los Ángeles.

   -¿Por qué no llamaste?

   -Lo intenté -contestó con serenidad-. No respondiste.

   Me volví hacia el borde de la cama y abrí la ventana. El sonido de la lluvia llenó la habitación. La lluvia caía en las calles, sobre los tejados, sobre la chapa del cobertizo al otro lado del aparcamiento, como petardos detonando a lo lejos. Todo olía a hojas mojadas.

   -Cuando duermo desconecto el timbre del teléfono -dije-. Lo siento.

   Él siguió sonriéndome, ostensiblemente, como si esperara una noticia importante.

   -Estaba soñando.

   Cuando yo era joven él solía despertarme, dándome suaves cachetes en las mejillas. Yo lo odiaba: la humedad y la aspereza de sus manos.

   -Vamos -me dijo cogiendo una bolsa de deporte Adidas y un fardo enrollado que parecía un saco de dormir-. Un día vivido es un mar de conocimientos aprendidos.

   Mi padre tenía la costumbre de hablar intercalando proverbios vietnamitas. Yo había aprendido a no hacer caso hacía mucho tiempo.

   Me puse una camiseta y estiré el cuello delante de la única ventana. A través de la lluvia, el cielo parecía tan gris y estriado como el grafito. «Los campos son de cristal…» Igual que una figura de humo, el poema se difuminó y luego se disolvió en esta nueva, fría y extraña realidad: un aparcamiento azotado por el viento y acribillado por la lluvia; una habitación oscura casi completamente ocupada por mi cama; la pequeña silueta de mi padre goteando sobre el suelo de madera.

   Me acerqué a él. Debajo del pijama tenía las piernas con la carne de gallina. Él me miraba con afable indiferencia mientras yo alargaba la mano hacia la suya, se la estrechaba y luego liberaba su otra mano de las bolsas.

   -Debes de estar agotado -le dije.

   Había volado desde Sidney, Australia. Treinta y tres horas sin dormir, haciendo escala en Auckland, Los Ángeles y Denver, antes de aterrizar en Iowa. Yo no lo había visto desde hacía tres años.

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