Ficha técnica

Título: El arte de la resurrección | Autor: Hernán Rivera Letelier | Editorial: Alfaguara |   Colección: Hispánica | Género:Novela | ISBN: 9788420406039 | EAN: 9788420406039 | Páginas: 128 | PVP: 18,00 € | Publicación: 12 de Mayo 2010 |                                      Premio Alfaguara de Novela 2010

El arte de la resurrección

ALFAGUARA

Domingo Zárate Vega comenzó a advertir formas apocalípticas en las nubes y a acertar en la predicción de pequeños desastres. Tras la muerte de su madre, se hace ermitaño en el Valle de Elqui, donde descubre, a través de una visión, que él es nada menos que la reencarnación de Jesucristo.

Cuando en 1942 se entera de que en la oficina Providencia vive una prostituta que venera a la Virgen del Carmen y que además se llama Magalena, sale a buscarla con el propósito de que sea su discípula y amante, y juntos divulgar la inminente llegada del fin del mundo.

El desierto chileno y las oficinas salitreras castigadas por el sol son los hostiles parajes donde el iluminado, más conocido como el Cristo del Elqui, causará revuelo entre los lugareños con sus prédicas santas.

Personajes grotescos y entrañables, sermones afiebrados e inverosímiles milagros son los elementos con que Hernán Rivera Letelier construye esta inolvidable crónica de una época y una geografía únicas en una prosa llena de humor y surrealismo.

«Por primera vez y después de muchos años, algo nuevo y original en la literatura latinoamericana.» Magazine Litteraire 

 

1.

       La pequeña plaza de piedra parecía flotar en la reverberación del mediodía ardiente cuando el Cristo de Elqui, de rodillas en el suelo, el rostro alzado hacia lo alto -las crenchas de su pelo negreando bajo el sol atacameño-, se sintió caer en un estado de éxtasis. No era para menos: acababa de resucitar a un muerto.

       De los años que llevaba predicando sus axiomas, consejos y sanos pensamientos en bien de la Humanidad -y anunciando de pasadita que el día del Juicio Final estaba a las puertas, arrepentíos, pecadores, antes de que sea demasiado tarde-, era la primera vez que vivía un suceso de magnitud tan sublime. Y había acontecido en el clima árido del desierto de Atacama, más exactamente en el erial de una plaza de oficina salitrera, el lugar menos aparente para un milagro. Y, por si fuera poco, el muerto se llamaba Lázaro.

       Era cierto que en todo este tiempo de peregrinar los caminos y senderos de la patria había sanado a muchas personas de muchos males y dolencias, y hasta había levantado de su lecho putrefacto a más de algún moribundo desahuciado por la ciencia médica. Requerido a su paso por enjambres de enfermos de toda índole y pelaje -sin contar la fauna de ciegos, paralíticos, deformes y mutilados que le traían en andas, o que llegaban a la rastra en pos de un milagro-, él los ungía y bendecía sin distingo de credo, religión o clase social. Y si por medio de su imposición de manos, o de una receta de remedios caseros a base de yerbas medicinales -que también las daba-, el Padre Eterno tenía a bien restablecerle la salud a alguno de estos pobres desdichados, ¡aleluya, hermano!, y si no, ¡aleluya también! Quién era él para aprobar o desaprobar la santa voluntad del Omnipotente.

       Pero revivir a un muerto era otra cosa. Era un arte mayor. Hasta ahora, cada vez que algún deudo se acercaba rogándole entre sollozos que tuviera la bondad de ir a su domicilio a ver si podía hacer algo por mi hijito fallecido durante el sueño, señor don Cristo; o que fuera a ungir a mi madre que acaba de morir carcomida por la tuberculosis, pobrecita ella; a veces insinuando pagarle la visita con alguna prenda que constituía una valiosa reliquia de familia, ya que él no recibía ofrendas de dinero; en todas esas ocasiones, y en tantas otras, el Cristo de Elqui solía repetir una frase, ya gastada como ficha de pulpería: «Lo siento mucho, querido hermano, hermana querida, lo siento mucho, pero el arte excelso de la resurrección es exclusividad del Divino Maestro».

       Y eso les dijo a los patizorros entierrados que llegaron cargando el cadáver de un compañero de labores en los momentos en que él, lleno de gracia, disertaba sobre el poder diabólico que algunos inventos creados por el hombre ejercían en el espíritu de los católicos practicantes, y en cualquier persona creyente en Dios y en la Santísima Virgen. La cuadrilla de calicheros irrumpió en medio de los oyentes llevando entre todos el cuerpo del finado, muerto a todas luces de un ataque al corazón, como le dijeron mientras lo tendían con cuidado a sus pies, en el suelo de tierra quemante.

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