Ficha técnica

Título: El arte de la fuga | Autor: Vicente Valero | Editorial: Periférica | Colección: Largo recorrido | Páginas: 104 | ISBN: 978-84-16291-10-6 | Precio: 14,75 euros. 

El arte de la fuga

PERIFÉRICA

Los tres relatos extensos que componen este bellísimo libro recrean, desde la ficción, tres episodios históricos singulares (no exentos de misterio y, por tanto, favorables a las hipótesis más arriesgadas) protagonizados por tres poetas míticos: San Juan de la Cruz, Friedrich Hölderlin y Fernando Pessoa.

En el primero de ellos se narran los últimos días y la muerte del místico de Ávila en el otoño de 1591 en un convento de Úbeda. En el segundo se siguen los pasos del poeta romántico en su larga caminata desde Burdeos (adonde había llegado sólo cinco meses antes para ocupar un puesto de preceptor) hasta Stuttgart, en la primavera de 1802. En el tercero se describe la noche (8 de marzo de 1914) en que el poeta portugués concibió al primero de sus famosos heterónimos, Alberto Caeiro.

Aunque nacidos en épocas muy diferentes, estos tres autores tienen en común, además del altísimo nivel de sus obras, un mismo impulso vital y poético hacia una plenitud que sólo parece poder alcanzarse en territorios extremos (la muerte, la locura, el desdoblamiento) mediante formas de autosacrificio y traspasando fronteras: la frontera de la vida, en busca de la unidad trascendente y definitiva; la de la razón, que llevará a una sintaxis nueva que funde y celebre un mundo sagrado y perdido; y la de la identidad, que propiciará el nacimiento de una voz multiforme que armonice los contrarios. De esta manera, en los tres episodios recreados por Vicente Valero asistimos a tres «fugas»; fugas que aspiran, sin embargo, a una integración más alta y diferente.

Este tríptico, que parece escrito al lado del camino, ofrece una mirada ejemplar sobre la naturaleza y las «pequeñas cosas» que conforman el mundo; al mismo tiempo que, desde una gran verdad no sólo literaria, se acerca a los anhelos, miedos y aparentes locuras de los hombres de cualquier época.

Ven, hermana mía esposa

En verdad ninguno de los frailes apiñados en aquella celdilla fría y oscura consiguió ver que el alma saliera de su boca, sólo puntos amarillos de saliva expulsados de la lengua llagada, cuando el estertor se transformó en un suspiro último, negro como el crujido de un álamo en la noche de invierno. Así pues, pensaron todos entonces, el alma de los santos enamorados también era invisible; es decir, que se escurría como cualquier otra entre los labios resecos, casi azules, sin ser vista ni oída, para buscar inmediatamente después, ansiosa, la frente ungida con los óleos y poder de esta manera tomar impulso hacia lo más alto, deslizarse por fin hacia una paz definitiva. Hubieran dado todo cuanto poseían -aunque esto es, por supuesto, sólo un decir, pues nada poseían aquellos pobres rezadores- por contemplar el cuerpo moreno y entregado de la Amada, incluso sospechando que aquel deseo pudiera ser impuro, como tantos otros deseos del hombre, si bien las sagradas escrituras nada decían sobre aquel asunto. Pero Juan acababa de morir, se trataba ya de un hecho indiscutible, y en aquella covacha desnuda ni los descalzos de Úbeda ni aquellos otros llegados de Baeza y La Peñuela habían conseguido vislumbrar el vuelo último del alma, aunque Dios ya andaba por todas partes en aquella hora nocturna, nadie podía dudarlo, Dios era un olor bendito que emanaba de la carne podrida y de sus vapores todavía cálidos, una luz húmeda, casi irrespirable. Hacinados e inquietos, aquellos hombres flacos y devotos de la Virgen del Carmen se habían asomado a la boca del moribundo con la esperanza de ver. Allí buscaron, con los ojos bien abiertos, emocionados, unidos en el mirar, un último rescoldo, una sombra palpitante, la mariposa de la fe. El poeta, el santo, el místico, aquel fraile distraído y un poco loco -¿cuál de todos ellos era entonces o a cuál se le esperaba más allá de la vida y la muerte?- se había consumido entre estertores, después de haber escuchado una vez más las preciosas margaritas de Salomón, el canto perfecto del amor perfecto, y sus ojos empezaban a divisar una oscuridad nueva, todas las llagas de su cuerpo ardían como antorchas en la noche -¿a qué esperaba entonces el Amado?-, mientras los frailes besaban sus manos y sus pies, esperaban la salida fulgurante de la esposa.

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