Ficha técnica

Título: El arriero de «La Providence» | Autor: Georges Simenon | Traducción: Núria  Petit | Editorial: Acantilado | Colección: Narrativa del Acantilado, 254 | Encuadernación: Rústica cosida | Formato: 13 x 21 cm | Páginas: 144 |ISBN: 978-84-16011-49-0 | Precio: 16 euros

El arriero de «La Providence»

ACANTILADO

En un establo cerca de las aguas del canal lateral del Marne, a la altura de Dizy, aparece el cadáver de una mujer que navegaba en el Southern Cross, un elegante yate que nadie había visto surcar antes los canales de la región.

Cuando Maigret llega a la escena del crimen los principales sospechosos son los tripulantes de la embarcación, sofisticados y extravagantes: sir Lampson-el marido de la víctima-, Willy, Vladímir y la señora Negretti.

Pero la aparición de un segundo cadáver flotando en las aguas del canal pondrá al comisario sobre la pista de La Providence, la gabarra de un modesto matrimonio de Bruselas y su arriero Jean, un hombre rústico y huraño.

Sólo cuando Maigret descubra los secretos que albergan el Southern Cross y La Providence, entenderá por qué el cruce de sus recorridos había de resultar funesto.

La crítica ha dicho….

«George Simenon es uno de los grandes literatos europeos. Parece que por fin se le reconoce no ya su popularidad, sus millones de lectores, sus cientos de obras, sino la extraordinaria calidad de sus novelas y relatos». Fernando R. Lafuente, ABC

«Siempre es un placer leer a Simenon. Y no tanto, o no sólo, por el enigma que se nos plantea, por el misterio pasajero con que urde sus tramas, sino por el modo en que Maigret ordena trabajosamente el mundo». Manuel Gregorio González, Diario de Sevilla

«Maigret atrapa a los criminales a base de tesón y de rigor policial, no de intuiciones sobrenaturales, ni de artes marciales, ni de laboratorios que analicen el genoma de la roña de las uñas de los muertos. Es pura virtud de funcionario probo, perspicaz y cabal, respeto por la escala de mando, y sentido de la compasión frente a las debilidades humanas». Francisco Giménez Gracia, La Opinión de Murcia

«He sido un devorador de las novelas de Maigret durante muchos años». Rowan Atkinson

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La esclusa 14

De los hechos minuciosamente reconstruidos, lo único que se deducía era que el descubrimiento de los dos arrieros de Dizy resultaba, por así decirlo, imposible.

El domingo -era 4 de abril- empezó a llover a cántaros a las tres de la tarde.

En aquel momento había en el puerto, aguas arriba de la esclusa 14, que conecta el Marne y el canal lateral, dos gabarras de motor que bajaban, un barco descargando y otro vaciando.

Un poco antes de las siete, cuando empezaba a anochecer, se anunció y entró en la cámara un barco cisterna, el Eco III.

El operario de la esclusa manifestó su mal humor porque tenía en casa a unos parientes que habían venido de visita.

Le dijo que no por señas a una chalana que minutos después llegaba al paso lento de sus dos caballos.

Regresó a casa y al poco rato vio entrar al arriero, al que conocía.

-¿Puedo pasar? Al patrón le gustaría dormir mañana en Juvigny…

-Pasa si quieres. Pero te ocuparás de las compuertas tú mismo…

Cada vez llovía con más fuerza. Desde la ventana, el operario de la esclusa vio la silueta achaparrada del arriero, que iba pesadamente de una compuerta a la otra, hacía avanzar a sus bestias y amarraba los cables a los norays.

La gabarra se elevó poco a poco por encima de las paredes. No era el patrón el que llevaba el timón, sino su mujer, una bruselense gorda con el cabello de un rubio chillón y una voz muy aguda.

A las siete y veinte, La Providence estaba parada frente al Café de la Marine, detrás del Eco III. Los caballos volvieron a bordo. El arriero y el patrón se dirigieron a la cantina, donde había otros marineros y dos pilotos de Dizy.

A las ocho, cuando ya había caído la noche, un remolcador arrastró hasta la entrada de las compuertas los cuatro barcos.

Eso aumentó el público del Café de la Marine. Ya eran seis las mesas ocupadas. Los hombres se interpelaban de una mesa a otra. Los que entraban dejaban regueros de agua tras de sí y sacudían sus botas pegajosas.

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