Ficha técnica

Título: El ardor | Autor: Roberto Calasso | Traducción: Edgardo Dobry |  Editorial: Anagrama | Colección: Panorama de narrativas |  Páginas: 536  |  ISBN: 978-84-339-7963-6 | Precio: 29,90 euros  |  Fecha:  septiembre 2016 |

El ardor

ANAGRAMA

Hace cerca de tres mil años, en el norte de la India, floreció una civilización de una extraordinaria riqueza, que sin embargo no dejó reliquias arquitectónicas ni artísticas. Y es que su fortuna no se basó en las conquistas ni en la acumulación de tesoros sino en la insuperada sofisticación de una serie de textos en torno al Veda (el saber). Textos que, en su mayor parte, son minuciosas prescripciones para ejecutar los ritos, desde el más sencillo hasta el más complejo: el sacrificio. Calasso, que ya se dedicó a la religión de la India antigua en un libro memorable, Ka, vuelve ahora sobre ella para centrarse precisamente en la cuestión del sacrificio. ¿Qué es? ¿En qué consistía? ¿Cuál es la diferencia entre la mera violencia ejercida sobre un ser y la esencia del sacrificio? ¿Qué valor le damos hoy a ese concepto?

Con el magnetismo propio de una poderosa novela, el recorrido de Calasso en El ardor habla, también, de nuestra cultura: de lo que significa el progresivo abandono de las formas del rito, de nuestra dificultad ya casi insuperable para establecer un intercambio con lo invisible, y las distorsiones que ello causa en la historia y la sensibilidad presentes; del rito como forma de comunicación entre lo visible y lo invisible y de todo lo que la mentalidad positivista nos ha ocultado, haciendo que confundamos nuestra incapacidad para percibirlo con su inexistencia. «La actitud sacrificial -escribe Calasso- implica que la naturaleza tenga un sentido, mientras que la actitud científica nos ofrece la pura descripción de la naturaleza, de por sí desprovista de sentido.» Por eso, «el Satapatha Brahmana es un antídoto poderoso para la existencia actual». Calasso es una figura única en el panorama intelectual de hoy: sin arroparse en jergas académicas, y poniendo en relación saberes tan complejos como la historia de las culturas y las religiones, la antropología moderna y los grandes debates del pensamiento de todos los tiempos, es capaz de desplegar ante el lector la esencia de aquellos libros legendarios y mostrar el modo en que aún tienen mucho que decirnos. El ardor que da título a este libro es el que se enciende en la lectura, no sólo como un aprendizaje sino también como una intensa experiencia del espíritu y de la inteligencia.

«El ardor evoca y narra aquel mundo remoto con sugestiva y vertiginosa precisión. Es como si Calasso hubiera advertido la necesidad de un análisis frontal, que nos afecta a todos» (Antonio Gnoli, La Repubblica).

«Este libro parece llegar desde muy lejos para formularnos preguntas esenciales con la fuerza de una luz incandescente. El mérito de Calasso (su secreto) consiste en haberlo escrito con ardor» (Giorgio Montefoschi, Corriere della Sera).

«Calasso ha aportado una prolífica genealogía de ideas al escepticismo filosófico acerca de la modernidad que trasciende muchos conceptos actuales sobre literatura y filosofía. La variedad de su obra esconde una continuidad de temas y preocupaciones: el poder y la soberanía de la mente y su relación con el mundo, la base de los órdenes políticos y sociales y el ineludible papel de la violencia» (Pankaj Mishra, The New York Times).

 

PÁGINAS DEL LIBRO

     Eran seres remotos, no sólo para los modernos sino para sus contemporáneos antiguos. Distantes no ya como otra cultura sino como otro cuerpo celeste. Tan distantes que el punto desde el cual observarlos se vuelve prácticamente indiferente. Que eso suceda hoy o hace cien años no cambia nada esencial. Para quien haya nacido en la India ciertos gestos, ciertos objetos pueden sonar familiares, como un atavismo invencible. Son sólo márgenes dispersos de un sueño cuya anécdota se ha emborronado.

     Son inciertos los lugares y la época en que vivieron. La época: hace más de tres mil años, aunque las oscilaciones en la datación, entre un estudioso y otro, son notables. La zona: el norte del subcontinente indio, pero sin límites precisos. No dejaron objetos ni imágenes. Sólo dejaron palabras. Versos y fórmulas que escandían rituales. Meticulosos tratados que describen y explican esos mismos rituales. En el centro de los cuales aparecía una planta embriagadora, el soma, que todavía no ha sido identificada con exactitud. Por entonces ya se hablaba de ella como de algo pasado. En apariencia, ya no conseguían encontrarla.

     La India védica no tuvo una Semíramis ni una Nefertiti. Tampoco un Hammurabi o un Ramsés II. Ningún De Mille  ha conseguido ponerla en escena. Fue la civilización en la que lo invisible prevalecía sobre lo visible. Como pocas otras, se expuso a ser incomprendida. Resulta inútil, para comprenderla, recurrir a los acontecimientos, que no han dejado huella. Sólo quedan los textos: el Veda, el Saber. Compuesto de himnos, invocaciones, conjuros, en versos; de fórmulas y precisiones rituales, en prosa. Los versos están engastados en momentos de complejas acciones rituales, que van de la doble libación, agnihotra, que el jefe de la familia debía cumplir solo, todos los días, durante casi toda la vida; hasta el sacrificio más imponente – el «sacrificio del caballo», aśvamedha-, que implica la participación de centenares y centenares de hombres y animales.

     Los Ārya («los nobles», como los hombres védicos se llamaban a sí mismos) ignoraron la historia con una insolencia que no tiene parangón en el devenir de las otras civilizaciones. Conocemos los nombres de sus reyes solamente a través de referencias en el Rgveda y anécdotas narradas en los Brāhmana y en las Upanisad. No se preocuparon de dejar memoria de sus conquistas. Incluso en los episodios de los que tenemos noticia no se trata tanto de iniciativas – bélicas o administrativas- como de conocimiento.

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