Ficha técnica

Título: El arco y la mariposa | Autor: Mohammed Achaari | Traducción: Pablo García Suárez | Editorial: Turner | Colección:Turner Kitab | Encuadernación: Rústica con solapas | Dimensiones: 14 x 22 | Páginas: 332 | ISBN: 978-84-16142-94-1 | Precio: 22,90 euros

El arco y la mariposa

TURNER

Marruecos está experimentando una renovación constante. Aunque aparentemente menos involucrado en la transformación de la primavera árabe, es un país del que no se sabe si ha entrado de lleno en el siglo xxi o si el propio siglo XXI ha caído pesadamente sobre él.

En El Arco y la mariposa el autor nos describe el proceso de transición en su país a través de temas controvertidos y cruciales para la sociedad árabe, como el terrorismo, la emigración y el avance del integrismo en una sociedad que se esfuerza por ser moderna. La novela ganó el Internacional Price for Arabic Fiction en 2011.

Yúsuf busca enterrar de modo definitivo, si es que es eso posible, el fantasma de su hijo Yasín, a quien envió a estudiar a París y que acabó inmolándose en Afganistán en defensa del islam. La errática huida hacia delante de Yúsuf (y toda huida implica una persecución) nos revela un Marruecos moderno y desbocado, en el que conviven las amenazas terroristas, las noticias sobre la corrupción urbanística, el auge de grupos hardcore y la deslumbrante propaganda sobre el progreso de la nación. Un país del que no se sabe si ha entrado de lleno en el siglo xxi o si el propio siglo XXI ha caído pesadamente sobre él; que erige obras monumentales y esplendorosas solo para dejar en la sombra sus vertederos.

«Novela fuerte y conmovedora, El Arco y la mariposa cuenta los efectos del terrorismo desde un nuevo punto de vista» The Times

 El embrollo según Farsiwi

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Al leer la nota, de una sola línea y trazo enmarañado, me atravesó un escalofrío. Sentí como si me alejara de mí mismo; tanto, que no supe cómo atajar el desconcierto que me sacudía ni cómo volver en mí. Cuando tras arduos esfuerzos conseguí finalmente reponerme, no encontré ya nada. Me había transformado en otra persona que pisaba por primera vez una tierra desolada. Y en esa nueva tierra comencé a afrontarlo todo con una insensibilidad que hacía que, para mí, todas las cosas fueran iguales. Ya no sentía rastro de dolor o de placer; ninguna traza de belleza; ningún deseo más que mis entrañas se removieran por cualquier causa; solo la incapacidad de lograrlo.

Lo que me pasó era similar a una afonía: ya no podía comunicar nada a los demás. Ninguna idea, ningún comentario, ningún chiste, ni la menor expresión. Cuando me hacían preguntas, a veces respondía pensando en cómo lo haría otro en mi lugar. Me veía totalmente incapaz de transmitir nada que tuviera la menor relación con las emociones, por la sencilla razón de que ya no sentía absolutamente nada.

Igual que una luz va debilitándose hasta acabar engullida por las tinieblas, aquello que me ocurría fue trasladándose gradualmente del ámbito de los sentimientos al de lo físico. Así, un día, de camino a la oficina, mientras me fijaba en las caras de la gente intentando descifrar sus intimidades solo por cómo olían, noté de pronto que un muro se había levantado entre el mundo y yo. Al tratar de comprender qué pasaba, me di cuenta de que había perdido por completo el sentido del olfato.

No se debía a ningún problema de salud ni tampoco a un decaimiento progresivo, fue algo fulminante que no pude anticipar. Pasaba cerca del Jardín Botánico cuando noté que mi percepción de la gente no funcionaba. Tras dejar a mis espaldas la plaza de Bourgogne, sentí que un cuerpo pesado y frío me separaba del resto del mundo. Pasé el resto del día esforzándome en creer que solo era una impresión pasajera. Me tomé todas las bebidas frías y calientes que los bares y cafés de Rabat podían ofrecer, tragué decenas de alimentos diferentes y me eché por encima todos los perfumes que tuve a mano. Me arrimé a todos los seres que se cruzaron en mi camino, con la esperanza de hallar en la estela de sus pasos el rastro de algún aroma, un olor cualquiera. Estuve también no sé cuántas horas metido en el Bájira, mi bar favorito, de donde salí agotado, con el pecho oprimido. Pasé conduciendo lo que quedaba de noche hasta la casa, en la que llevaba ya viviendo, en medio de una violencia velada, un cuarto de siglo. De camino, me detuve junto al pretil del puente que salva la vía del tren, y allí me quedé contemplando el brillo metálico que despedían los raíles, ajenos a que sobre ellos pudieran pasar más trenes. Eso fue antes de vaciar de golpe todo lo que llevaba en mis entrañas. Fue como si vomitara al hombre que hasta aquel día había sido.

En aquel confuso compuesto químico no existía el menor rastro de olor.

Desde aquel día, y salvo casos contados, dejé de escuchar música, ver películas y visitar exposiciones o museos. Si, por motivos de trabajo, asistía a una recepción, me pasaba el rato escuchando a la gente charlar mientras yo trataba de recordar el sabor del vino, que en mi primera juventud tanto me había gustado y que ahora solo hallaba en la memoria. Era como un recuerdo remoto de las bebidas que tomaba y que solo diferenciaba por su color o temperatura.

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