Ficha técnica

Título: El animal que luego estoy si(gui)endo | Autor: Jacques Derrida | Edición de: Marie-Louise Mallet | Traducción de: Cristina de Peretti y Cristina Rodríguez Marciel | Edición de: Marie-Louise Mallet | Editorial: Trotta | Colección Estructuras y Procesos. Filosofía | Páginas: 192 | Edición 1ª | Rústica | Precio: 15 € | ISBN: 978-84-8164-962-8

El animal que luego estoy si(gui)endo

EDITORIAL TROTTA

Se reúnen aquí varios trabajos, algunos inéditos, de Jacques Derrida dedicados a la cuestión de «los animales». Preocupación constante y casi obsesiva que procede de una exquisita sensibilidad afectiva e intelectual hacia muchos de los aspectos de la vida animal desdeñados por «la más poderosa tradición filosófica en la que vivimos». Esa displicencia filosófica ha ignorado sobre todo su sufrimiento. La cuestión que procede plantearse no es si los animales pueden razonar sino: «¿pueden sufrir?» (Bentham). Pregunta que adquiere una insólita relevancia teórica al hacerla converger con la necesidad de asediar los textos de una historia de la filosofía que se obstina en oponer al Hombre el resto del género animal como un conjunto indiferenciado: «el Animal».

En este libro Derrida examina algunos de los textos de esa tradición que, desde Aristóteles hasta Heidegger, desde Descartes hasta Kant, Lévinas y Lacan, insistentemente aunque de manera teórica han maltratado a los animales. Menoscabo teórico que, como Derrida sugiere, no ha dejado de tener graves repercusiones sobre nuestro trato real con ellos.

 

Capítulo 1

La autobiografía, la escritura de sí del ser vivo, la huella del ser vivo para sí, el ser para sí, la auto-afección o la auto-infección como memoria o archivo de lo vivo sería un movimiento inmunitario (por consiguiente un movimiento de salvación, de salvamento y de redención de lo salvo, de lo santo, de lo inmune, de lo indemne, de la desnudez virginal e intacta) pero un movimiento inmunitario siempre amenazado de tornarse auto-inmunitario, como todo autos, toda ipseidad, todo movimiento automático, automóvil, autónomo, autoreferencial. Nada corre el riesgo de resultar tan emponzoñador como una autobiografía, emponzoñador para sí, en primer lugar, auto-infeccioso para el presunto firmante así auto-afectado.

Ecce animote, decía yo antes de este largo rodeo. Para no herir los oídos [franceses] demasiado sensibles a la ortografía o a la gramática, no repetiré demasiado a menudo esta palabra, el animote. Lo haré a veces, pero os pido que lo sustituyáis en silencio cada vez que, a partir de ahora, yo diga el animal o los animales. Con la quimera de esta palabra singular, el animot, el animote, mezclo tres partes heterogéneas en el mismo cuerpo verbal.

1. Querría dar a entender el plural de animales en el singular: no hay el Animal en singular general, separado del hombre por un solo límite indivisible. Es preciso afrontar que hay unos «seres vivos» cuya pluralidad no se deja reunir en la sola figura de la animalidad simplemente opuesta a la humanidad. No se trata, evidentemente, de ignorar o borrar todo lo que separa a los hombres de los otros animales y de reconstruir un único gran conjunto, un único gran árbol genealógico fundamentalmente homogéneo y continuo del animote al Homo (faber, sapiens o qué sé yo cuántos más). Sería una tontería y una tontería aún mayor sospechar que, aquí, alguien lo hiciese. No dedicaré un segundo de más, por lo tanto, a la doble tontería de esta sospecha aunque, por desgracia, esté bastante extendida. Sería preciso, repito, más bien tener en cuenta una multiplicidad de límites y de estructuras heterogéneas: entre los no-humanos, y separados de los no-humanos, hay una multiplicidad inmensa de otros seres vivos que no se dejan en ningún caso homogeneizar, excepto por violencia y desconocimiento interesado, bajo la categoría de lo que se denomina el animal o la animalidad en general. Enseguida hay animales y, digamos, el animote. La confusión de todos los seres vivos no humanos bajo la categoría común y general del animal no es solamente una falta contra la exigencia de pensamiento, la vigilancia o la lucidez, la autoridad de la experiencia, es también un crimen: no un crimen contra la animalidad, precisamente, sino un primer crimen contra los animales, contra unos animales. ¿Deberíamos aceptar que se dijese que cualquier asesinato, cualquier transgresión del «No matarás» sólo puede referirse al hombre (pregunta por venir) y que, en suma, no hay más crimen que «contra la humanidad»?

2. El sufijo mot(e) en el «animot(e)» debería retrotraernos a la palabra, incluso a la palabra denominada nombre. Abre a la experiencia referencial de la cosa como tal, como lo que ésta es en su ser y, por consiguiente, a esa apuesta por donde siempre se ha querido hacer pasar el límite, el único e indivisible límite que separaría al hombre del animal, a saber, la palabra, el lenguaje nominal de la palabra, la voz que nombra y que nombra la cosa en cuanto tal, tal y como aparece en su ser (momento heideggeriano de la demostración que nos espera). El animal estaría en última instancia privado de la palabra, de esa palabra que se denomina nombre.

3. No se trataría de «restituir la palabra» a los animales sino quizá de acceder a un pensamiento, por quimérico o fabuloso que sea, que piense de otro modo la ausencia del nombre o de la palabra; y de otra manera que como una privación.

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