Ficha técnica

Título: El amigo de invierno | Autor: José Luis Borau | Editorial: Menoscuarto ediciones | Colección: Reloj de arena | Páginas: 272 | Formato: 14 x 21 cm. | Fecha de publicación: Mayo de 2008 | Precio: 16 € | ISBN: 978-84-96675-18-6

El amigo de invierno

MENOSCUARTO EDICIONES 

Como corresponde a su brillante labor cinematográfica, Borau despliega en este nuevo título su singular maestría con el diálogo y el dibujo de unos personajes tan variopintos como reconocibles, para brindarnos una literatura a un tiempo amena e inteligente.

De hecho, Borau ha manifestado que en El amigo de invierno hay materiales que en su día podrían haber sido guiones cinematográficos, pero que al final se sustanciaron en relatos. En todo caso, según reconoce el autor, corresponden a un tiempo o a lugares vividos, a paisajes y sucesos que han pasado a su alrededor, si bien no constituyen una narrativa autográfica, género que rechaza. El autor ha confesado sentir una mezcla de expectación e inquietud ante la salida de su primer libro después de resultar elegido académico de la Lengua.

El amigo de invierno es el número 34 de la colección ‘Reloj de arena’, que dirige el profesor Fernando Valls para el sello editorial palentino Menoscuarto, una serie dedicada a la narrativa breve donde ya se han publicado los cuentos completos de autores como Miguel Delibes y Carmen Laforet, así como los textos narrativos breves de García Lorca.

 

Otarios

Ocean Avenue, esquina a Santa Monica Boulevard. Palmeras fornidas, altas pero no tanto como las de tronco grácil y florón final que salpican el horizonte angelino; un Pacífico gris, insípido e inodoro, a cuyo borde el tiovivo enclaustrado de las viejas postales sigue girando con falsa música de gramola. Y, perpendicular a las aguas, adentrándose en ellas, el ancho paseo de tarima mil veces remendada. Largo brazo artificial, frecuentado durante el día por jubilados a los cuales apetece, y conviene, darse una vueltecita, y pescadores que apoyan su caña en la barandilla o la sostienen, sentados a horcajadas en los balaustres, sobre un vaivén de espuma y desperdicios, picoteado con saña por las gaviotas.

A un costado y a otro, puestos de comida -cartuchos de cangrejo cocido o hot dogs– y kioskos de recuerdos marinos -barquitos en botellas de gin, escualos de juguete, cajas de conchas-, muchos de ellos adornados ocasionalmente con ramilletes de union-jacks, pues la numerosa colonia británica que deambula por los alrededores se siente cabreada estos días a raíz de la Guerra de las Malvinas -acaban de hundirles el crucero Sheffield-, y hace acopio de toda suerte de enseñas patrias con el propósito de agitarlas a la primera ocasión.

 

Eso, mientras hay luz, porque hacia el atardecer, con el sol camino de hundirse en el océano, sin un solo pescador a la redonda y los tenderetes cerrados o recogidos hasta la mañana siguiente, los jubilados prescinden de cualquier solaz, ateridos por un súbito frío del carajo, y desfilan -los britons rumbo a sus pubs y los decrépitos, a su consabido shangri-la-, ante el anuncio de tijera que, situado en el borde mismo del asfalto para que tanto pueda ser leído por peatones como por automovilistas, reza en ambas caras: Week-end nites. ROXIE’S SWINGTIME. Our Best Musical Days. Dine and Dance. Drinks. From 7’30 to 12’30 pm. (Sundays only till 10 pm). Dos flechas rojas, señalan en cada sentido la acera opuesta, al tiempo que recalcan el nombre del lugar en cuestión con pintura fosforescente: STERLING’S.

 

Puntuales, media docena de músicos igualmente al borde de la ancianidad y jubilados todos a excepción del fogoso batería, suben al estrado que preside el local, cada uno con su respectivo instrumento a cuestas, menos el drummer, cuyo artilugio no se desmonta y basta con empujar el escabel con un pie para dejarlo en el lugar debido. El pianista, asimismo retirado y de manos un tanto temblonas, ni siquiera ha de encaramarse a plataforma ninguna pues su pleyel yace a ras de pista, al alcance del primer osado que quiera aporrearlo entre semana, rodeado de sonrisas sedientas y ojos perdidos sabe Dios dónde…

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