Ficha técnica

XXII Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias 2009

 

Título: Egos revueltos | Autor: Juan Cruz Ruiz |  EditorialTusquets |  Colección: Tiempo de Memoria 78 | Género: Memorias | ISBN: 978-84-8383-221-9 | Páginas: 488 |  PVP.: 24,04 € (IVA no incluido) | Publicación: Febrero de 2010 |

Egos revueltos

TUSQUETS EDITORES

El periodista Juan Cruz confiesa en Egos revueltos, obra merecedora del XXII Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias, que desde muy joven sintió curiosidad por indagar en la cara más oculta de los creadores, por saber de sus inquietudes, sus ambiciones, angustias y obsesiones.

Hoy, después de cuarenta años dedicados al periodismo cultural y tras seis años al frente de una prestigiosa editorial, esa curiosidad sigue tan viva como al principio, pero ahora se ve enriquecida por la experiencia de quien ha tenido la fortuna de entrevistar, acompañar como editor y, en definitiva, conocer de cerca a autores como Borges, Bowles, Cortázar, Benet, Cabrera Infante, Susan Sontag, Günter Grass, Jorge Semprún, Francisco Ayala, Rafael Azcona, Severo Sarduy, Camilo José Cela, Francisco Umbral, Eduardo Haro Tecglen o Manuel Vázquez Montalbán.

Estas páginas están llenas, pues, de inolvidables perfiles literarios, impagables anécdotas referidas a los entresijos del mundo de la cultura o lúcidos retratos de la fragilidad de los artistas. Pero, sobre todo, están llenas de un insobornable amor a la letra impresa que se transparenta constantemente en esta memoria; una memoria que se quiere personal pero no arbitraria, intimista a veces pero jamás indiscreta.

 

Prólogo

Sin egos no hay paraíso

     Los egos son la materia misma de la escritura. A lo largo de casi cuarenta años de relación con escritores, en el ejercicio del periodismo o en el desarrollo de una actividad cultural suculenta en épocas de transición cultural y literaria, tuve el privilegio de comprobar qué mueve a los autores. Los mueve la pasión, y los mueve la vocación, pero el motor principal es el ego; no están solos en ello, el ego nos mueve a todos. En el mecanismo de su autoestima desempeñan un papel muy importante los editores; en tiempos más actuales, ese papel ha sido asumido también por los agentes literarios. Cómo no, en esta edificación de los egos desempeña también un papel principal el eco que su producción literaria halla en los medios de comunicación. El ego sin eco no es ego, sino frustración. El escritor busca su foto en los medios, y también la busca el editor: se dice que un libro vale las colum – nas que te dedica la prensa, y así lo ve el editor muchas veces: da igual lo que digan del libro, que aparezca, y que sea a toda plana. Los periodistas no saben (no sabemos) la importancia capital que una línea tiene en la autoestima de un escritor. El ego es estimulado por las familias, por el contacto con los lectores, por los autógrafos, por las entrevistas, por la peana que la realidad sitúa debajo de los escritores para que éstos vean su sombra más o menos alargada. Los egos son pacíficos y tiernos o son violentos y mayúsculos, engreídos. Todos son posibles, y aceptables, aunque quienes sufran los embates de los egos se sientan disminuidos ante la tormentosa autoestima de los autores; los editores tienen que asumir esas erupciones de ánimo o de desánimo que vienen de las reacciones satisfechas o decepcionadas de sus autores como un hecho de la vida, no como una desgracia. Si no reaccionaran, probablemente tampoco seguirían escribiendo. Es su motor, su adrenalina. Ningún escritor, ni el más humilde, escapa al avance implacable de su propio ego, que a veces le agarra a él también del cuello y le lanza o le elimina, según la intensidad del eco que alcance la obra en la que puso lo mejor de su esfuerzo. Y si alguien dice que no tiene ego, y he asistido a muchas exhibiciones de esta (falsa) modestia, es que el ego está en algún sitio, y aparecerá, acaso con más violencia que los egos a los que uno ya está acostumbrado. El editor ha de estar dispuesto a esa irrupción; puede estallar de noche, o de madrugada, o al amanecer, y la causa puede ser que el autor no encontró en los grandes almacenes su obra recién publicada, o que alguien le avisó de una fiesta a la que él no fue convocado. El autor discreto de pronto ha sentido la llamada de la selva de su ego y agarra el teléfono, descarga su adrenalina sobre el editor despistado y ya le arruina el día, la semana o el futuro contrato.

     Hay que estar preparado para ello, eso aprendí ejerciendo el oficio, y lo aprendí experimentándolo. Un día, muy de madrugada, escuché en casa dos de esas llamadas; un autor se había sentido decepcionado porque en la librería de unos grandes almacenes no estaba su libro, y otro me reprochaba que no hubiera recibido una invitación para ir a una copa navideña de la editorial. Eran los dos mensajes que había en el contestador; Navidad, soledad absoluta, el editor regresa a casa y ése es el bagaje que le ha dejado la despedida del año. Ambas llamadas tuvieron lugar, en efecto, entre el 28 de diciembre y el fin de año de 1996, cuando ya llevaba cuatro años como editor; esas dos quejas sonaron en mi contestador a las dos de la madrugada, a mi regreso de vacaciones. ¿Qué podía hacer? Lo único que hice, aparte de lamentar el olvido y maldecir a los que no repusieron la novela del autor decepcionado, fue quitar el contestador. Para siempre. Pero no podía quitar a los autores, tenía que seguir lidiando con sus egos, que les alimentaban a ellos y alimentaban, sin duda, el catálogo de la editorial.

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]