Ficha técnica

Título: Educación siberiana |            Autor : Nikolái Lilin |  Traducción del italiano: Juan Manuel Salmerón | Editorial: Salamandra | Colección: NarrativaGénero: Novela | ISBN: 978-84-9838-272-3 |        Páginas: 352 | Encuadernación: Rústica  |  PVP: 18,00 € | Publicación: 18 de Marzo 2010

Educación siberiana

SALAMANDRA EDITORIAL

Basada en la experiencia personal del autor, esta novela relata la extraordinaria historia de los urcas, una insólita comunidad de bandidos siberianos que tienen el dudoso honor de ser los únicos oponentes a Stalin que fueron deportados desde Siberia en lugar de hacia Siberia, destino de miles de víctimas del régimen soviético. Recibida con efusivo entusiasmo por Roberto Saviano, la primera edición se agotó en pocas horas y desde entonces se ha convertido en uno de los libros del año en Italia. Los urcas fueron expulsados por el dictador ruso a la Transnistria, una larga franja entre Moldavia y Ucrania, aún hoy una tierra de nadie -en 1990 declaró su independencia, pero ningún estado la reconoce-, asolada por la corrupción, el crimen organizado y el contrabando.

Y precisamente allí nació y se crió Nikolái Lilin, en el seno de una gran familia que se enorgullece de no reconocer otra autoridad que la de sus ancianos, obligando a sus miembros a respetar un estricto código de conducta que les permite definirse a sí mismos como «criminales honestos». Con un profundo sentido de libertad y justicia, y exaltando valores como la lealtad, la humildad y la generosidad, los urcas no sólo prohíben las drogas, la violación y el desprecio hacia los débiles, sino que incluso castigan estos delitos con la muerte. Y como símbolo tangible de una ética tan peculiar, los tatuajes se presentan como un libro misterioso cuyas páginas custodian un lenguaje que nunca debe pronunciarse.

Apasionante y desgarradora, pero no exenta de sentido del humor, Educación siberiana es una gran epopeya personal relatada con una voz enormemente cercana y cautivadora. 

«Para leer este libro hay que estar dispuesto a olvidar las definiciones del bien y del mal tal como las conocemos.» Roberto Saviano

 

Sé que no se hace  

Sé que no se hace, pero estoy tentado de empezar por el final.

   Por aquel día que recorríamos las ha bitaciones de un inmueble en ruinas disparando contra el enemigo casi a bocajarro, por ejemplo.

   Estábamos agotados. Los paracaidistas se relevaban, pero nosotros, los saboteadores, llevábamos tres días sin dormir. Seguíamos adelante como las olas del mar, para evitar que el enemigo descansara, maniobrara, se organizara contra nosotros; combatiendo, siempre combatiendo.

   Aquel día Zapato y yo subimos al último piso para inutilizar la última ametralladora pesada y lanzamos dos bombas de mano.

   En medio del polvo que caía del techo e impedía ver nos hallamos frente a cuatro enemigos que, al igual que nosotros daban vueltas como gatitos ciegos en una nube de polvo grisáceo, sucio, que olía a es combros y humo.

   Allí en Chechenia nunca había disparado tan de cerca contra nadie.

   A todo esto, en la primera planta, nuestro capitán había hecho un prisionero y abatido a ocho enemigos él solo.

   Zapato y yo salimos del edificio completamente aturdidos. El capitán Nosov estaba ordenando a Mosca que vigilara al prisionero árabe mientras él, Cucharón y Cenit bajaban a inspeccionar el sótano.

   Me senté en la escalera junto a Mosca y frente al árabe que, asustado, intentaba decir algo. Mi compañero no lo escuchaba, estaba rendido y se caía de sueño, como todos. En cuanto el capitán se dio media vuelta, Mosca sacó la pistola del chaleco, una Glock austríaca, uno de sus trofeos, y con expresión desdeñosa le pegó dos tiros, en la cabeza y el pecho.

   El capitán se volvió y sin decir nada lo miró con pena.

   Mosca sesentó junto al cadáver y, acometido de un repentino desfallecimiento, cerró los ojos.

   El capitán se quedó mirándonos como si sólo entonces nos reconociera de verdad y dijo:

   -Muchachos, ya está bien. Todos a los coches, a retaguardia a descansar.

   Uno tras otro, como zombis, echamos a andar hacia los vehículos. Sentía la cabeza tan cargada que, si me hubiese detenido, estoy seguro de que me habría estallado.

   Dejamos el frente y volvimos a la zona que nuestra infantería tenía controlada. Nos dormimos al instante, no tuve tiempo de quitarme el chaleco ni las bolsas atadas al cinturón, caí como un muerto.

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]