Ficha técnica

Título: Ecolalias  | Autor: Daniel Heller-Roazen   | Editorial: katz |  Traducción: Julia Benseñor   |  Colección: Serie conocimiento |   Páginas:  252 | Precio: 18,90 € | Fecha de aparición:  Diciembre de 2008 | Formato: 15 x 23 cm. rústica | ISBN: 9788496859487

Ecolalias

KATZ EDITORES

Así como es posible adquirir un lenguaje también es posible perderlo. Las personas pueden olvidar palabras, frases o incluso lenguas completas que alguna vez conocieron. También los pueblos dejan escapar, en el transcurso del tiempo, las lenguas que alguna vez fueron suyas, lenguas que desaparecen y dejan paso a otras que les siguen.

Daniel Heller-Roazen reflexiona en esta obra sobre las múltiples formas del olvido lingüístico, ofreciendo al lector una rica y amplia investigación filosófica acerca de la persistencia y la desaparición del habla. El autor se mueve entre las culturas clásica, medieval y moderna, y explora las relaciones entre el habla, la escritura, la memoria y el olvido con ejemplos tomados de la literatura, la filosofía, la lingüística, la teología y el psicoanálisis. Heller-Roazen nos lleva de Ovidio, Dante o la moderna ficción a la literatura clásica árabe o al nacimiento de la lengua francesa, la lingüística estructuralista o los escritos de Freud sobre la afasia, y examina con claridad y precisión las formas, los efectos y las consecuencias últimas del olvido de la lengua. Desde el balbuceo infantil hasta el legado de Babel, de la lengua sagrada del judaísmo y del islam hasta el concepto de lengua muerta y los lenguajes hoy amenazados, ‘Ecolalias’ traza un elegante y original itinerario filosófico que nos invita a reflexionar de un modo novedoso.

«‘Ecolalias’ es un compendio del olvido. Su tono no es el de un convencional libro filosófico o crítico, a pesar de que es profundamente filosófico e incisivamente crítico. Ligero y encantador, ‘Ecolalias’ es un libro peculiarmente melancólico: le preocupa la pérdida. A su autor le fascinan las rarezas y las excepciones. Un libro memorable.» Michael Newton, London Review of Books, 23 de febrero de 2006

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La cumbre del período

de balbuceo

Como bien se sabe, los niños al principio no hablan. En cambio, emiten sonidos que parecen anticipar los sonidos del lenguaje humano y que a la vez se encuentran, en su esencia, en las antípodas. A medida que se aproximan al momento en el que comienzan a formar las primeras palabras reconocibles como tales, tienen a su disposición tal potencial para la articulación que nadie, ni siquiera el más dotado de los adultos políglotos, aspiraría a igualar. Es precisamente por esta razón que Roman Jakobson se sintió cautivado por el balbuceo de los niños, además de sentirse atraído por cosas tales como el futurismo ruso, la métrica eslava comparada y la fonología estructural, es decir, la ciencia que estudia las formas sonoras del lenguaje. En Lenguaje infantil, afasia y leyes generales de la estructura fónica, que escribió en alemán entre 1939 y 1941 durante su exilio en Noruega y Suecia, Jakobson observó que

un niño es capaz de articular en su balbuceo una suma de sonidos que nunca se encuentran reunidos a la vez en una sola lengua, ni siquiera en una familia de lenguas: consonantes con los puntos de articulación variadísimos, palatales, redondeadas, sibilantes, africadas, clics, vocales complejas, diptongos, etc.

Respaldado por las investigaciones realizadas por psicólogos infantiles con formación lingüística, Jakobson llegó a la conclusión de que en aquello que él dio en llamar «la cumbre del período de balbuceo» (die Blüte des Lallens) no pueden fijarse límites a las capacidades fónicas del niño que balbucea. Respecto de la articulación, Jakobson sostenía que los niños son capaces de todo. Sin el menor esfuerzo pueden producir todos y cada uno de los sonidos incluidos en todas las lenguas humanas.

   Cabría pensar que, con tal potencial para el habla, la adquisición del lenguaje habría de ser una tarea rápida y sencilla para el niño. Sin embargo, no es así. Entre el balbuceo del niño y sus primeras palabras no sólo no hay un pasaje fluido sino que hay pruebas de que se produce una interrupción muy marcada, algo parecido a un momento decisivo en el que las capacidades fonéticas hasta entonces ilimitadas parecen tambalear. En las propias palabras de Jakobson,

los observadores comprueban, entonces, con gran sorpresa, que el niño pierde prácticamente todas sus facultades de emitir sonidos cuando pasa de la etapa prelingüística a la adquisición de sus primeras palabras, primera etapa lingüística propiamente dicha.

Por cierto, a esta altura no ha de sorprender cierta atrofia parcial de las capacidades fónicas; cuando el niño comienza a hablar una lengua dada, obviamente ya no utiliza todas las consonantes y vocales que alguna vez supo articular, por lo que es absolutamente natural que al dejar de emplear los sonidos no contenidos en la lengua que está adquiriendo pronto olvide cómo se producen. Pero cuando comienza a aprender una lengua, no pierde sólo la capacidad de producir sonidos que exceden ese sistema fonético dado. Lo que resulta aun más sorprendente (auffallend), acotó Jakobson, es que otros muchos sonidos comunes a su balbuceo y a la lengua adulta ahora desaparezcan del acervo del niño; es en este preciso momento cuando puede decirse que se ha iniciado verdaderamente el proceso de adquisición de una lengua. A lo largo de varios años, el niño comenzará, poco a poco, a dominar los fonemas que definen la estructura sonora de lo que habrá de constituir su lengua madre, de acuerdo con un orden que Jakobson presentó por primera vez en forma estructural y estratificada: comenzando con la emisión de las dentales (como la t y la d), el niño aprenderá a pronunciar las palatales y velares (como la k y la g); a partir de las oclusivas y las labiales (como las b, p y m), adquirirá la posibilidad de formar las constrictivas o fricativas (como las v, s y ∫) y así sucesivamente hasta que, al término de su proceso de aprendizaje de la lengua, el niño se convierte en un «hablante nativo», para usar la expresión con la que todos estamos familiarizados pero cuya imprecisión es notable.

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