Ficha técnica

Título: Doscientas sesenta y siete vida en dos o tres gestos | Autor: Eugenio Baroncelli | Traducción: Natalia Zarco | Editorial: Periférica | Colección: Largo Recorrido | Páginas: 336 | ISBN: 978-84-16291-28-1 | Fecha: 2016 | Precio: 19,90 euros

Doscientas sesenta y siete vida en dos o tres gestos

PERIFÉRICA

Amantes, suicidas, magos, fantasmas y muchos figurantes más pueblan este volumen, donde conviven a la perfección, en una conversación sin fin, Darwin y Proust, Stefan Zweig y Vivaldi, Turing y Sylvia Plath.

Un libro, como algunos de Georges Perec o Marcel Schwob, que puede leerse por partes, que puede abrirse por cualquier página, pues cada breve capítulo encierra una historia completa. Es el libro ideal para llevarse de viaje o para tener en la mesilla de noche, pero también para acompañar la lectura de otros textos (un ensayo, un poemario…) o la serie de televisión que estemos siguiendo esos días.

El azar puede llevarnos al músico Anton Webern, al pintor William Hogarth o a la reina de Saba. Los sugerentes textos de Baroncelli nacen de una ironía cáustica y erudita, que hace convivir a figuras reales (casi todas ellas) con otras que podrían haber existido también y que funcionan como personajes de ficción para hablarnos de alguna época o de algún suceso. Una lectura, por tanto, llena de curiosidades, guiños y detalles tan reales como literarios; un (podría decirse) compendio de biografías que se lee con un placer grande: aprendemos y disfrutamos en cada página. 

 

AMANTES

Ninguna novela (pero mucho romance).

                ROLAND BARTHES


Cuanto más obsesiva es una vida, como
lo es la de los amantes, más perversa es la
biografía que la cuenta. 

Guglielmo Basta, coleccionista casto

¿Se puede completar una colección? Si se pudiese, el coleccionista no tendría más objetos que buscar. A esto es necesario añadir que las mujeres (las que él coleccionaba, bellas y feas, insignificantes o fatales) no se acaban nunca.

     Nació en Argenta en 1944. De niño descubrió, quién sabe cómo, lo que le gustaba a las mujeres. Pronto pudo dejar de pagarles y empezó a anotar sus conquistas en el cuaderno de matemáticas. Hacía como el divino Petrarca, a quien no había oído nombrar nunca. Al llegar a los veinte años comprendió que lo mejor era limitarse a seducirlas y lo menos importante, llevárselas a la cama. Libros no leía, pero sin saberlo imitaba el tic del bibliófilo, a quien jamás se le ocurriría abrir las páginas de un libro intonso hallado en una biblioteca deliciosamente abandonada. Al morir, en octubre de 2004, dejó dos cuadernos enteros y la mitad de un tercero.

     Si la rareza del objeto excusa el hurto, él, desde luego, excusas no tuvo. 

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