Ficha técnica

Título: Dominique | Autor: Eugène Fromentin | Prólogo: Gustavo Martín Garzo  | Traducción:  Emma Calatayud  | Ilustración:  Milimbo  | Editorial: Ardicia  | Formato: 13 x 21 cm. | Páginas: 320 | ISBN: 978-84-941235-9-7 | Precio: 19,90 euros 

Dominique

ARDICIA

Emparentada, por su tono confesional e introspectivo, con clásicos como Adolphe, de Benjamin Constant, esta novela aborda magistralmente la sutil complejidad de las pasiones, el desmoronamiento de los sueños y el eterno combate que libran la realidad y el deseo. Por boca de su protagonista, Dominique, que rememora su ya lejana mocedad, conoceremos su historia de amor con Madeleine d’Orsel -una constante promesa de felicidad que no llegará a realizarse-, sus primerizas ambiciones artísticas y su progresivo apartamiento del mundo.

Con una prosa mesurada y serena, teñida de hondo romanticismo, Fromentin traza una profunda meditación sobre el paso del tiempo, el crepúsculo de las ilusiones y la renuncia, quizá inevitable, a las esperanzas que alimentaron nuestra primera juventud. 

«Todos los retratos de lugares, situaciones, gentes e impresiones son exquisitos. El análisis es minucioso, profundo, misterioso y controlado. Me siento una niña frente a un hombre que ha reflejado tanto.» George Sand

«Su alma es una de las más poéticas y preciosas que conozco.» Charles Baudelaire 

 

I

«Ciertamente, no tengo por qué quejarme -me decía aquel cuyas confidencias referiré en el relato, muy sencillo y poco novelesco, que podrá leerse seguidamente- pues, a Dios gracias, ya no soy nada, suponiendo que haya sido algo alguna vez, y les deseo a muchos ambiciosos que acaben como yo. He hallado la certidumbre y el reposo, que valen más que todas las hipótesis. Me he reconciliado conmigo mismo, lo que constituye la mayor victoria que uno puede obtener sobre lo imposible. En fin, de inútil para todos paso a ser útil para unos pocos, y he sacado de mi vida, que no pudo dar lo que otros esperaban de ella, el único acto, quizás, que nadie imaginaba: un acto de modestia, de prudencia y de cordura. No puedo quejarme, por tanto. Mi vida se halla realizada y bien realizada según mis deseos y mis méritos. Es rústica, lo que no le sienta mal. La he desmochado, como se hace con los árboles de esmirriado desarrollo: tiene menos porte, menos gracia y menos relieve; es más difícil verla desde lejos, pero por ello mismo echará más raíces y dará más sombra a su alrededor. Hay ahora tres personas a quienes me debo y que me atan con deberes precisos, con responsabilidades no excesivamente pesadas, con lazos carentes de errores y arrepentimientos. 

La tarea es sencilla y me bastaré para cumplirla. Y si es verdad que el objetivo de toda existencia humana consiste menos en divulgarse que en transmitirse, si la dicha reside en un equilibrio entre deseos y fuerzas, camino tan recto como me es posible por las sendas de la sabiduría y podrá usted atestiguar que vio a un hombre dichoso».

     Pese a no ser un hombre cualquiera como él pretendía, y a que, antes de recluirse en su provincia, hubiera salido de ella debido a un principio de celebridad, le gustaba confundirse con la multitud de los desconocidos, a quienes llamaba «cantidades negativas». A los que le hablaban de su juventud y le recordaban los destellos bastante intensos que en otro tiempo lanzó, él respondía que aquello fue, sin duda, una ilusión que se hicieron los demás y él mismo, también, que no era nadie en realidad, y que la prueba estaba en que hoy se parecía a todo el mundo, resultado equitativo del que se congratulaba, como si fuera una restitución legítima hecha a la opinión. 

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