Ficha técnica

Título: Domingos de agosto | Autor: Patrick Modiano | Traducción: María Teresa Gallego Urrutia | Editorial: Anagrama | Colección: Panorama de Narrativas | Páginas: 168 | ISBN: 978-84-339-7926-1 | Precio: 14,90 euros

Domingos de agosto

ANAGRAMA

Niza en invierno. Llueve y los cafés están fantasmagóricamente vacíos. Esta historia que desemboca en la Costa Azul fuera de temporada se origina en las playas fluviales del Marne, donde el narrador conoce a Sylvia. Y su relato incluye unas cuantas preguntas que no siempre tienen una respuesta fácil: ¿por qué ha llegado la pareja a Niza? ¿De qué huye? ¿Qué papel desempeña en todo ello el diamante llamado La Cruz del Sur? ¿Quiénes son en realidad esa extraña pareja de americanos ricos cuyo apellido es Neal? ¿En qué circunstancias murió el actor Aimos? ¿Quién es realmente Villecourt, con el que Sylvia estaba supuestamente casada cuando la conoció el narrador?

En esta novela de personajes en penumbra son también fundamentales los escenarios y la atmósfera: el viejo Hotel Majestic, el Negresco, una pensión, la ruinosa fachada del cine Forum, un restaurante sin clientes, un coche con matrícula diplomática, el descuidado jardín de una villa…

Domingos de agosto narra una historia de amor que es al mismo tiempo una historia policíaca en la que se adivinan ecos del fatalismo crepuscular de Simenon. La novela es una muestra superlativa de la capacidad evocadora de Modiano, de su magistral manejo de la ambigüedad, la elipsis y los misterios intuidos o apenas desvelados, mecanismos con los que construye un universo narrativo propio e inimitable.

«Hay un estilo, un tono, unas obsesiones que sólo le pertenecen a él y que maneja con virtuosismo. Su evocación de Niza en invierno, ciudad fantasma poblada por fantasmas, es incomparable. Novela de atmósferas, Domingos de agosto es también una novela de amor y una novela policíaca» (Jean Chalon, Le Figaro).

«A fuerza de destilación, Modiano crea un misterio. Utiliza un registro que no está tan alejado del de Simenon» (D. J., Le Quotidien de Paris).

«Tan difuso como siempre, el mundo umbrío de Modiano resulta aquí más misteriosamente absorbente que nunca» (Annie Coppermann, Les Échos).

«Cada novela de Modiano lleva la marca de un escenario concreto. Los decorados de Domingos de agosto son prodigiosamente modianescos» (Bertrand Poirot-Delpech, Le Monde).

«En Domingos de agosto Modiano traza una línea recta. Ha sustituido su nostalgia impresionista por una lógica fatal. Aquí los flashbacks de Modiano funcionan como en el guión de una película» (Jérôme Garcin).

PÁGINAS DEL LIBRO

     Al final nuestras miradas se cruzaron. Era en Niza, al principio del bulevar de Gambetta. Estaba subido a algo así como una tarima delante de un puesto de chaquetas y abrigos de cuero y yo me había ido colando hasta la primera fila de mirones que lo oían alabar la mercancía.

     Al verme se le fue al garete la labia de charlatán. Hablaba de forma más escueta, como si quisiera marcar distancias entre su auditorio y él y que yo entendiera que ese oficio que ejercía allí, a cielo abierto, era inferior a su categoría.

     En siete años no había cambiado mucho: sólo me parecía que tenía el cutis más encarnado. Caía la tarde y una ráfaga de viento se metió por el bulevar de Gambetta con las primeras gotas de lluvia. Junto a mí, una mujer de pelo rubio y rizado se estaba probando un abrigo. Él, desde la tarima, se inclinaba hacia ella y la miraba con expresión alentadora.

     -Le sienta estupendamente, señora. 

     La voz seguía teniendo el mismo timbre metálico, un metal que se hubiese ido oxidando con el tiempo. Ya se estaban dispersando los curiosos por culpa de la lluvia y la mujer rubia se quitaba el abrigo y lo dejaba tímidamente al borde del puesto.

     -Es una auténtica ganga, señora… Precio americano… Debería usted…

     Pero ella, sin darle tiempo a seguir hablando, se apartaba deprisa y desaparecía con los demás, como si se avergonzase de estar atendiendo a las proposiciones obscenas de un transeúnte.

     Él se bajó de la tarima y se me acercó.

     -Qué sorpresa tan estupenda… Tengo yo muy buen ojo… Lo he reconocido enseguida…

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