Ficha técnica

Título: Distintas formas de mirar el agua | Autor: Julio Llamazares | Editorial: ALFAGUARA | Colección: Hispanica | Formato: Tapa blanda con solapa |Páginas:192 |Medidas: 152 X 240 mm | ISBN: 9788420419176 | Precio: 17,50 euros | Ebook: 9,99 euros

Distintas formas de mirar el agua

ALFAGUARA

¿Puedes regresar a un lugar del que nunca te marchaste? Una novela sobre el destierro, la memoria y la nostalgia de lo perdido 

En medio de un paisaje hermoso y desolador, la muerte del abuelo reúne a todos los miembros de una familia. Junto al pantano que anegó su hogar hace casi medio siglo y donde reposarán para siempre las cenizas de Domingo, cada uno reflexiona en silencio sobre su relación con él y con los demás, y sobre cómo el destierro marcó la existencia de todos ellos.

Desde la abuela a la nieta más pequeña, desde el recuerdo de la aldea que los mayores se vieron obligados a abandonar a las historias y pensamientos de los más jóvenes, esta novela es el relato coral de unas vidas sin vuelta atrás, un caleidoscopio narrativo y teatral al que la superficie del pantano sirve de espejo.

No existe una única forma de mirar el agua, pero el sentimiento de desarraigo, de exilio definitivo, ha permeado gota a gota a esta familia, generación tras generación. Tal vez porque ningún lugar duele tanto como aquel al que jamás podrás volver si no es desde el recuerdo o una vez muerto. Pero lo importante es regresar, como Ulises a Ítaca. No importa cómo ni de qué forma. 

La crítica ha dicho… 

«Espero que no me ciegue la amistad si les digo que en Distintas formas de mirar el agua está el mejor Llamazares: el de La lluvia amarilla, pero también el de Las lágrimas de San Lorenzo.» Manuel Rodríguez Rivero, Babelia 

«Julio Llamazares es, sin duda, uno de esos escritores que nos reconcilian con el ejercicio de la literatura.» Aurelio Loureiro, Leer 

«Resulta difícil resistirse a este libro en el plano emocional, dada la mucha verdad de los sentimientos que alberga, como hermosa resulta la elegía a los orígenes campesinos o la figura del abuelo, centro del círculo sobre el que gira toda la novela.» ABC Cultural

«Julio Llamazares sigue siendo un escritor especial, alguien capaz de mirar el mundo de otra manera.» El Correo Gallego 

«Una novela cargada de bella y honda polisemia literaria.» Diario de León 

«Un escritor de su categoría podría redactar los anuncios por palabras de un periódico y seguiría siendo interesante.» Qué Leer

«Llamazares se mantiene coherente con una manera de pensar el mundo y su manera de plasmar ese pensar en sus novelas.» Hoy de Extremadura 

«Llamazares es sobre todo un poeta; de hecho, el ritmo de su escritura en prosa es deudor de esa ambición de asociar las palabras (y la memoria, que es su fuente) con el ritmo; la música es consustancial con su narrativa, y eso le viene de la poesía.» Juan Cruz, El País

Virginia

Cuando llegamos a la laguna, el poblado estaba aún sin construir. Tan sólo unos barracones se dibujaban en la llanura y en ellos nos refugiamos junto a las quince o veinte familias que habían ido llegando, procedentes de lugares anegados por pantanos como el nuestro, a aquel fangal infinito emergido de la desecación del lago que había cubierto hasta entonces el territorio virgen y desolado que íbamos a ocupar.

Y a cultivar, claro es. Porque junto con nuestros enseres y escasos muebles transportábamos también en el camión que nos había traído desde Ferreras los animales y los aperos que componían todo nuestro patrimonio, incluidas las dos vacas con cuya ayuda tendríamos que roturar las seis hectáreas que nos correspondían, según las escrituras que nos habían dado los ingenieros antes de nuestra partida, de aquella tierra baldía y del color de los sacos viejos que se extendía hasta el horizonte delante de nuestros ojos.

Los comienzos fueron duros y muy tristes. Instalados en uno de los barracones junto con otras cuatro familias llegadas, como nosotros, desde muy lejos (desde la provincia de Guadalajara, una, y las otras desde un pueblo de Zamora rayano con la frontera de Portugal), nos dispusimos a cultivar la tierra y a emprender una nueva vida en aquel lugar. ¿De qué nos valía ya añorar los verdes prados de Ferreras, los regueros y los huertos junto al río, los pastizales de las colladas y de los puertos de las montañas hasta los que subíamos a las ovejas en el verano y desde los que contemplábamos el maravilloso circo de peñas blancas e inaccesibles que rodeaba el hermoso valle de nuestro pueblo, diminuto allá, en el fondo, junto al río que terminaría con él? Ahora lo que teníamos era solamente eso: seis hectáreas de terreno plano como una masera de las que tendríamos que extraer el fruto que nos permitiría alimentar a los cuatro hijos, los cuatro todavía pequeños para trabajar.

Teresa, que es la mayor, tenía apenas dieciséis años. Fue a la que más le costó dejar atrás nuestra casa y a las gentes de Ferreras para siempre, pues por su edad era la más consciente de todos. José Antonio y Virginia, más pequeños, aunque también lloraron cuando nos fuimos y durante varios días permanecieron casi en silencio, sobrecogidos por la soledad del sitio en el que íbamos a vivir, en seguida se adaptaron y olvidaron Ferreras, si no del todo, sí como referencia, y lo mismo le ocurrió a Agustín. Justo todo lo contrario que nosotros, su padre y yo, que, como los demás colonos, mientras más pasaba el tiempo, más añoranza sentíamos de nuestro antiguo pueblo y de las montañas que lo envolvían y que son las mismas que me contemplan de nuevo hoy, sólo que rodeadas de un lago inmenso, el del pantano bajo el que yace aquél.

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