Ficha técnica

Título: Diarios indios | Autor: Allen Ginsberg | Editorial: La Escalera | Traducción: Daniel Ortiz Peñate | Formato: 21 x 15 cm | Páginas: 256 | PVP: 17,95 euros | ISBN: 978-84-939489-7-9

Diarios indios

LA ESCALERA

Allen Ginsberg es, además de uno de los mejores poetas del siglo xx, miembro del triunvirato indiscutible de la Generación Beat junto con Jack Kerouac y William S. Burroughs. Icono de la contracultura, encabezó un movimiento que alteró para siempre el panorama literario y cultural.

Estos Diarios aúnan los textos que Ginsberg escribió en India durante 1962 y 1963. De la mano de su compañero Peter Orlovsky, el poeta caminó el lodo del país, extrajo todo el conocimiento que pudo de los santones, contempló los rituales funerarios de Benarés, se perdió en Calcuta, conoció los trenes y los abismos, pergeñó algunos de sus más importantes poemas, dibujó puentes y cuerpos, se abrió camino ante otras percepciones de la espiritualidad y de la vida, y lo abrió para toda una procesión de peregrinos que, tras la primera publicación de este libro en 1970, quisieron explorar el misticismo que se derramaba desde Oriente.

Ecléctico, visionario, en ocasiones profundamente íntimo, siempre en posesión de una alucinante claridad, este libro confirma el espíritu inquieto de Ginsberg y su enorme habilidad literaria.

 

Comienzo del libro

 

Dedicado a

Maurice Fryman, quien dijo: «Deja de ir por ahí buscando Gurús»; a Swami Shivananda, quien dijo «Tu propio corazón es el Gurú»; a Mohammedan Baba, por besar a Peter Orlowsky en Bombay; a Su Santidad el Dalai Lama quien preguntó «¿Puedes ver lo que hay dentro de este maletín si tomas lsd?» y a quien luego cantaría Gary Snyder el Sutra Prajnaparamita desde una cueva de Ajanta; a Sri Krishnaji, discípulo de Meher Baba, que hizo voto de silencio perpetuo tras declarar con dulzura que todo estaría bien en adelante sin su voz y que su silencio sería bueno para América; al faquir Asoke, que nos mostró el camino hasta los Ghats Nimtallah; a Swami Satyanda de Calcuta, quien dijo: «Sé un dulce poeta del Señor»; a Gopinath Kaviraj, quien dijo: «Parece que lo que haces está bien»; a Kali Pada Guha Roy, quien ante mis dudas acerca de la Poesía como disciplina apropiada para el vacío replicó: «La poesía es también Sadhana (práctica espiritual) y Yoga que como tal se planta también ante el vacío»; a Srimata Krishnaji y Bankey Behari de Brindaban quien me instó a «hacer de Blake mi Gurú»; a Dudjom Rimpoche N’yingmapa Lama de Kalimpong, que dejó filtrar compasivamente el aire entre sus dientes para aplacar mis temores alucinógenos producto del lsd mientras me decía «si ves algo horrible no te aferres a ello, si ves algo hermoso no te aferres a ello»; a la anónima dama-santa nepalí que cantó el Hare Krishna Hare Krishna Krishna Hare Hare Rama Hare Rama Rama Hare Hare en el Magh Mela de Allahabad en 1962 con una ternura inolvidable; a Shambhu Barti Baba por invitarme a fumar ganja con el silente Abhya Mudra entre las piras en llamas de los Ghats de Benarés; a Citaram Onkar Das Thakur, quien me aconsejó dejar la cebolla el sexo el tabaco la carne y repetir el mantra Guru Guru Guru Guru Guru durante tres semanas seguidas para encontrar a mi maestro («deja el deseo para los niños», añadió), y propició una conversación con Dehorava Baba en una plataforma de bambú sobre el Ganjes sobre la que éste exclamó: «Oh, cuánto daño, cuánto daño», tras verme discutir con Peter Orlowsky.
 
Allen Ginsberg
7 de mayo de 1968

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