Ficha técnica

Título: Destinos errantes | Autora:  Andrea Jeftanovic | Traducción: Teresa Lanero Ladrón de Guevara | Editorial: Comba | Colección Ensayo: Crónicas | Formato: Rústica cosida con solapas (125×195) | Páginas: 240 | Fecha: sep/ 2016 | ISBN: 978-84-944938-4-3 | Precio: 16,00 euros

Destinos errantes

COMBA

Las zonas fronterizas que Andrea Jeftanovic explora en las nueve crónicas que componen Destinos errantes son a un tiempo experiencias vitales y literarias, donde lo mismo toma cuerpo lo vivido que lo imaginado, temido o soñado. Nos propone viajar lejos para resolver lo más íntimo en espacios ajenos: el túnel que comunicaba la ciudad de Sarajevo bombardeada en la guerra de los Balcanes, la difusa frontera marítima entre Chile y Perú, una organización de familiares de víctimas del conflicto palestino-israelí, los recovecos brasileños de los personajes de Clarice Lispector…, espacios en los que se adentra con delirio, ironía y una mirada personalísima, su «poderosa capacidad para explorar los vericuetos de la psicología humana», en palabras de Care Santos, con tal de comprender los complejos procesos bélicos, políticos, culturales o lingüísticos de cada zona.

Se aventura en una habitación de Cienfuegos donde se alojó Fidel Castro en dos momentos muy distintos de Cuba, en la California de los sesenta salvo que en pleno siglo xxi, o en la residencia de San Ildefonso, Alcalá de Henares, en ocasión de la entrega del trigésimo tercer Premio Cervantes, con el fantasma del Quijote dando vueltas. Deambula también entre la habitación de Salvador Allende y el taller de reparaciones de bicicletas de Peter Tormen, un deportista detenido durante la dictadura chilena. Y de cada situación emergen resonancias que traen al lector de vuelta al universo poliédrico de su celebrado No aceptes caramelos de extraños.

 

ANDREA JEFTANOVIC HABLA SOBRE DESTINOS ERRANTES:

Cuartos ajenos

He viajado lejos para resolver lo más íntimo en cuartos ajenos: una residencia en Alcalá de Henares, una pieza alquilada en la Sarajevo post guerra de los Balcanes, una habitación de hotel en Río Janeiro tras los personajes de Clarice Lispector, la habitación de Noam, un hijo víctima del conflicto palestino-israelí…, entre otros cuartos, y al fin, viajes.

     No siempre he ido sola, a veces con pareja e hijos, con amigos, pero por pudor y afán a la ficción alteré las circunstancias, aunque no los acontecimientos. Estas crónicas son recorridos que tienen de búsqueda personal una combinación de lo vivido, imaginado, leído y temido. Hay pasajes, hay itinerarios con cierta culpa, eso de estar y abandonar, de estar, salir y regresar, de decir «alto» a todo por un tiempo y retornar, de viajes en la ruta del heroína fracasada.

     La literatura es siempre un diálogo fronterizo. Escribir es proponer una barrera e invitar a cruzarla. Escribir de viajes es dejar espacios en blanco, hablar sobre lo que no alcanzaste a ver. Escribir es un ejercicio físico. Entre otras cosas, implica desplazarse, caminar, volar, navegar.

     La historia no se devuelve sólo en el tiempo sino también en el espacio. Cada época tiene su propia imagen de lo que es un mapa, su propia retórica cartográfica, en cada exploración del terreno. He intentado en cada viaje y en cada relato trazar mi propia narrativa cartográfica. Cuando se viaja, uno es consciente de que se ha escogido una entre muchas otras.

      Entonces, el vértigo: ¿cuántas vidas se pueden tener?

     Los paisajes culturales son como grandes textos. Fácilmente legibles algunos, otros requieren especialistas. Están escritos en muchos idiomas. De muchos se conoce a los autores, pero muchos más son anónimos. Textos interrumpidos que dan quehacer a la posteridad con resolver el enigma asociado. Un capítulo sigue a otro. A veces la serie aparece rota y revuelta. De muchos textos se ha perdido el original y sólo existen como cita, indirectamente. Especialidades profesionales enteras se ocupan de reconstruir, descifrar e interpretar tales textos. Unos están redactados en lenguas que comprendemos bien y otros en lenguas que no comprendemos. 

 

PÁGINAS DEL LIBRO

Welcome to Hell! Escrito en letras rojas, fue el lema que me recibió en la ciudad de Sarajevo.

Primer círculo 

«¿Lista?» Edis me señala que incline la cabeza para no tropezar con la primera viga. Me afirmo en el marco de acero y desciendo soltando su mano rugosa. Me propone recorrer los metros todavía habilitados del túnel. Preparamos un bolso con agua y frutos secos; caminamos entre las ortigas del patio hasta la entrada. Creo que dice sin decir «te serviré de guía por los parajes adonde podamos llegar». A continuación me advierte: «Sólo puede entrar una persona por vez.» Mis zapatos se hunden en el barro, escucho el rumor de una carretera, es difícil mantenerse en pie en el suelo fangoso.

      Edis me cuenta que el ingeniero Nedžad Branković bosquejó el túnel y organizó su construcción con la idea de abrirse paso en el frente agresor y conseguir lidiar
con el asedio a la ciudad.

     El ejército serbio bombardeó mientras duraron las obras de construcción. Los francotiradores no dejaron de disparar pues sabían que se construía un túnel, pero desconocían el modo en que se hacía. Mientras ellos pensaron que el túnel crecía en una determinada dirección, en realidad lo hizo en otra. En ese punto murieron alrededor de trescientas personas. Branković llegó a cruzar veinticuatro veces en una jornada por la línea de unión exterior. El 20 de julio de 1993, a las nueve de la noche, después de siete meses de arduo trabajo, dos excavadores que avanzaban desde lados opuestos se dieron la mano: Sarajevo tenía una ventana al mundo libre.

          Descendí por las colinas hacia Sarajevo. Bajé en círculos por las curvas de la geografía del Monte Igman, que durante la guerra de los Balcanes, entre los años 1992 y 1995, estuvo rodeado de tanques y francotiradores. Cuando estuvimos en medio de los Alpes dináricos, vislumbré el trazado urbano con franjas de alquitrán, bloques de ladrillo agujereado y chapas metálicas onduladas. De oeste a este se dibujó la línea cristalina del río Miljacka que divide la ciudad en dos. Descendí por las empinadas gargantas rocosas, en cada curva de cuyo camino hubo un contingente de soldados acoplados sobre tanques de la OTAN.

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