Ficha técnica

Título: Desde el ángulo de los mundos posibles | Autora: Anne Cauquelin | Editorial: Adriana Hidalgo  | Colección: Los sentidos |  Páginas 270 | ISBN 978-987-3793-13-4 | Precio: 18,00 euros

Desde el ángulo de los mundos posibles

ADRIANA HIDALGO

Luego del lúcido ensayo Las teorías del arte, de Anne Cauquelin (AH, 2012), Adriana Hidalgo editora publica este nuevo libro en el que la autora rastrea, en la filosofía occidental, la idea de la existencia de otros mundos fuera del nuestro, llamado «real». Cauquelin analiza tanto los argumentos aristotélicos que perviven en nuestro modo de pensar, como la teoría fundadora del mundo único, geocéntrico, a partir principalmente del Tratado del cielo del Estagirita, así como sus influencias en las «visiones» de la Antigüedad y de los teólogos medievales, los neoplatónicos del Renacimiento, hasta el mundo (único) de Descartes. Esta descripción precisa permite entender luego la construcción de los contramodelos, la revolución de sistemas que plantean la infinidad y la pluralidad de mundos, en particular el del genial Giordano Bruno, condenado a la hoguera a fines del siglo XVI. A principios del XVIII, Leibniz acuña la expresión «mundos posibles». Su Teodicea, además de plantear una reflexión siempre en movimiento para separar los mundos posibles del mundo real, introduce una novedad en nuestro universo intelectual: la virtualidad. El nuevo libro de Cauquelin intenta responder a las siguientes preguntas: ¿es posible acceder a mundos alternos?, ¿puede hacerse a través del arte? Contra las trampas de los discursos sobre el arte elaborados a partir de conocimientos aproximativos, Cauquelin lleva al lector a distinguir cuál es el marco de cualquier reflexión artística y «estética», especializada o vulgar, en el mundo «real» y en el «virtual». Ejerce plenamente el postulado de no eludir los fundamentos.

 

PRÓLOGO

[…] Hay que afirmar que efectivamente existe un mundo único, o bien si han sido cinco los que se han producido (héna è pénte)?
No obstante, en lo que a nosotros se refiere, Dios nos ha dado señales de que, al parecer, solamente se ha generado un mundo único.
                                                                                         Platón, Timeo, 55/d

     La existencia de abundantes mundos por fuera del nuestro es un tema con frecuencia evocado desde la Antigüedad. La multiplicidad de los mundos es una hipótesis tan (o tan poco) verosímil como la que lleva a contar con un mundo único. Sin embargo, es preferible, parece decir Platón, creer en la unicidad. Cuestión, en principio, de simplicidad; ahora bien ¿por qué preocuparse de mundos infinitos cuando el que habitamos es ya bastante complicado? Argumento en sí mismo simplista y que tiene necesidad de un fondo más noble para ser creíble. Ese fondo más noble es la naturaleza del arquitecto divino, una naturaleza una que quiere a todas las cosas reunidas bajo la forma de lo uno. El dios quiere lo mejor, el más hermoso arreglo; y lo mejor es el uno, el más simple y el más armonioso. Es lo que al menos podemos suponer de la naturaleza del dios, pero quizás no la penetramos integralmente. Si una parte de duda subsiste, no se debe solamente a la debilidad de nuestra inteligencia. Plantearemos entonces que nuestro mundo está solo, que es el único. He aquí la cuestión por un momento ordenada, queda a cargo de la filosofía hacer consistente esta afirmación.

     Sea. El mundo, nuestro mundo es el único, para nosotros, ahora. El estado presente de la presencia de un mundo único está adquirido. ¿Pero en el tiempo? ¿Se puede predecir que ese estado va a perdurar? ¿Eternamente? Si no hay muchos mundos existiendo simultáneamente, ¿hay quizás una multitud de mundos que se suceden en el curso del tiempo? El tiempo ¿es quizás esta cadena que liga los mundos sucesivos surgidos los unos de los otros, en un movimiento cuyo número es el tiempo? Movimiento eterno, entonces, si se sostiene que este mundo único y divino no puede morir. Sucediéndose a sí mismo, el mundo acepta la medida de un tiempo que se sucede también infinitamente. Medido y sin embargo infinito, viviente pero no alterado por la edad, el mundo siempre nuevo en su forma perfecta vuelve eternamente a su origen. Él y todos los vivos que soporta.

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