Ficha técnica

Título: Democracia sin ciudadanos. La construcción de la ciudadanía en las democracias liberales | Autor: Victoria Camps | Edición: Victoría Camps | Editorial: Trotta | ColecciónEstructuras y Procesos. Ciencias Sociales | Género: Ensayo | ISBN: 978-84-9879-164-8 | Páginas: 200 | Formato:  14 x 23 cm. | Encuadernación: Rústica |  PVP: 14,00 € | Publicación: Noviembre de 2010

Democracia sin ciudadanos

TROTTA

Uno de los retos de las democracias liberales es la construcción de una ciudadanía moral, donde los ciudadanos se sepan sujetos no sólo de unos derechos fundamentales, sino también de unos deberes cívicos. Algunas de las teorías morales contemporáneas, como el comunitarismo y el republicanismo, han subrayado ese déficit que convierte a las sociedades actuales en conjuntos de individuos atomizados que ejercen su libertad sin cooperar a favor del interés público. Nuestra democracia es, en muchos aspectos, una «democracia sin ciudadanos», con rasgos preocupantes como la falta de civismo, la desafección política y la poca participación en los asuntos que conciernen a todos.

Los ensayos que componen este libro constituyen una serie de reflexiones en torno a las dificultades de nuestro tiempo para definir la función del ciudadano. Se analizan las realidades que hacen especialmente difícil que el deber de civilidad sea asumido como algo intrínseco a la condición de ciudadano. Realidades como el peso de la economía, el poder de los medios de comunicación, el resurgir de los nacionalismos, el declive de la fraternidad y, en definitiva, la existencia de personalidades indecisas, desapegadas y desmoralizadas. La realidad es la de una «democracia contra sí misma», según la expresión de Marcel Gauchet, que, entre otros objetivos, debe repensar el papel que la educación ha de tener en la construcción de una ciudadanía más activa y comprometida.

Esta obra interesará tanto a los teóricos de la ética y de la política, como a quienes se enfrentan a la tarea de educar, al gobierno de las administraciones o sencillamente se cuestionan cuál debiera ser el lugar del ciudadano en nuestras democracias.

 

PRESENTACIÓN

Los ensayos que componen este libro salen al paso de una inquietud específica de las democracias actuales, a saber, cuál es y cuál debe ser la función que la ciudadanía cumple en ellas. Si dicha inquietud no existiera, en muchos de los países de nuestro entorno, no se habría suscitado el debate en torno a la necesidad de una educación cívica, la incivilidad no sería una de las preocupaciones permanentes de las grandes ciudades, la abstención electoral no aumentaría, y el pensamiento político no habría producido movimientos como el comunitarismo o el republicanismo, movimientos críticos con la ideología liberal precisamente porque no ha sabido ir más allá de una concepción excesivamente jurídica y formal de ciudadanía.

     No sólo la ideología liberal es culpable del déficit de ciudadanía. Las circunstancias que rodean a la política democrática en la actualidad, entre ellas la existencia de un modelo económico que ha convertido el consumo en el único télos de la existencia humana, no ayudan a formar un tipo de persona que se sienta partícipe y comprometida de verdad con los valores y principios éticos y democráticos. Etimológicamente, democracia significa soberanía del démos, palabra que hoy podemos traducir por «pueblo», «sociedad» o «comunidad». Pero las democracias actuales no tienen como escenario un ágora en la que los ciudadanos se congreguen para decidir sobre las cuestiones que les conciernen a todos. La democracia que conocemos y que es posible en nuestras sociedades complejas y plurales es una democracia representativa en la que los ciudadanos delegan en sus representantes el oficio de gobernar y se desentienden del mismo o se refieren a él sólo para criticarlo. Es además una democracia de partidos, donde los grupos políticos suelen estar más pendientes de los intereses del partido a que pertenecen que del interés general. Es asimismo una democracia mediatizada por unos medios de comunicación que, a la vez que proporcionan información inmediata sobre todo lo que ocurre y tiene relevancia política, lo hacen con excesiva premura y poco cuidado, atendiendo a fines más comerciales que de servicio a los intereses ciudadanos. Las democracias se encuentran en estados de derecho que se confiesan laicos, pero vienen todos ellos de tradiciones religiosas que siguen interfiriendo en muchas decisiones de carácter estrictamente político. A su vez, los estados de derecho son estados vinculados a naciones que se construyeron sobre unas estructuras y unos intereses hoy periclitados. En la época de la globalización, pocos aspectos de la justicia tienen una dimensión estrictamente nacional, por lo que exigen planteamientos que trasciendan las prerrogativas de un Estado. El pensamiento que ha servido de base a las democracias actuales ha sido el liberalismo en el sentido más amplio, más positivo y también más peyorativo del término. Democracias liberales son las democracias que han ido haciendo suyos los derechos civiles, políticos e incluso sociales -no siempre en la misma medida-, y que, en cualquier caso, se han construido en torno al valor inalienable del individuo y sus libertades. Esa primacía de la libertad es, al mismo tiempo, un presupuesto y un inconveniente para construir ciudadanía. Es un presupuesto y una condición porque la libertad es sinónimo de soberanía y el ciudadano tiene que ser, por definición, un ser capaz de decidir por sí mismo y con posibilidades para hacerlo. Al mismo tiempo, vivir en sociedad significa compartir intereses comunes y también estar al servicio de ellos. Ese equilibrio entre el disfrute de unas cotas de libertad cada vez mayores y el deber de hacerse cargo del mantenimiento y la provisión de ciertos bienes básicos a los que todos tienen derecho es uno de los objetivos más difíciles de conseguir. Las críticas que el pensamiento liberal ha ido recibiendo a lo largo de los últimos decenios tienen todas ellas un denominador común: las democracias liberales adolecen de capital social, los ciudadanos no viven cohesionados y no se sienten motivados para hacerse cargo de unas obligaciones que conciernen a todos. De todas las teorías políticas actuales, el republicanismo, con su crítica a la concepción puramente negativa de libertad y su insistencia en la necesidad de hacer individuos virtuosos, es la teoría que mejor recoge las deficiencias de la ciudadanía en nuestro tiempo.

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