Ficha técnica

Título: ¡Demasiadas putas, demasiado remo! De Balzac a Proust: consejos a jóvenes escritores de los maestros de la literatura francesa | Autor: Filippo D’angelo | Traductores: Mª Josefa Palomero y Mª Teresa Gallego   | Editorial: Alba  |  Páginas 160 | Colección: Guías del escritor / Textos de referencia |  Encuadernación: Rústica 14 x 21   | ISBN:  9788490651797 | Precio: 14,50 euros | Fecha: marzo 2016 |

¡Demasiadas putas, demasiado remo!

ALBA

Ningún genio excelso concluyó nada y ningún libro excelso concluye porque la propia humanidad siempre está en marcha y no concluye. Homero no concluye, ni Shakespeare, ni Goethe, ni la mismísima Biblia.  Gustave Flaubert, 1857

Desde la Epístola a los pisones de Horacio hasta las Cartas a un joven poeta de Rainer Maria Rilke, podríamos decir que los consejos a jóvenes escritores forman un género literario en sí mismo. Filippo D’Angelo ha reunido en este volumen una serie de textos entresacados de artículos, cartas e incluso novelas de algunos de los grandes autores nacidos en el XIX francés -Balzac, Baudelaire, Flaubert, Maupassant, Zola, Gide y Proust- que tratan los desvelos, los desafíos, las dificultades técnicas a que debe enfrentarse todo joven que aspira a convertirse en escritor. ¿Cómo sobrevivir en la selva del mercado literario? ¿Son tan importantes la disciplina y una rutina laboriosa? ¿Las preocupaciones mundanas son un enemigo o un aliado? ¿Hay que aislarse o mezclarse con la gente? ¿Qué respeto debemos a nuestros mayores? ¿Cómo encajar las críticas? ¿Y los aplausos? ¡Demasiadas putas! ¡Demasiado remo! (consejo de Flaubert a un joven y distraído Maupassant) constituye un ameno y útil compendio sobre los peligros y satisfacciones que acechan a un escritor, sea del siglo XIX o de nuestros días.

 

INTRODUCCIÓN

Si se quisiera resumir en una sola frase el magisterio de los autores antologados en estas páginas, unas pocas palabras podrían ser suficientes: la literatura es un arte marcial.

      Lejos de los lugares comunes que precisarían del crítico amigo y cómplice de los escritores, noblemente comprometido en las disputas por el reconocimiento de sus méritos; lejos de la falsificación humanística de una sociedad literaria apaciguada, esa imaginaria République des Lettres, cuyos habitantes se encontrarían colaborando por la salvaguardia de los valores y el progreso del espíritu; lejos de la ficción académica de un canon, en el cual, superados ya los agonismos que los dividieron en vida, los autores reposarían unos junto a otros, como las avemarías y los padresnuestros de un rosario recitado en las aulas universitarias; en suma, lejos de cualquier tranquilizadora y consoladora visión de ese magma de movimientos indescifrables que es la res literaria, los grandes autores de uno de los períodos áureos de la literatura francesa nos restituyen con estos escritos la imagen creíble de lo que es un escritor y de lo que es, o debería ser, una obra.

     La obra literaria es, o debería ser, un golpe asestado contra el sentido común de los lectores, pero también contra esa caricatura pomposa del sentido común que, con demasiada frecuencia, está representada por la opinión de los críticos. El verdadero escritor es aquel que, luchando con la presión de las editoriales y de la crítica, imponiéndose a la indiferencia de sus colegas y de los lectores, y de este modo obligándolos a aceptar el desafío, consigue descargar ese golpe.

      Si la literatura es un arte marcial, lo es con profusión de golpes. Su marcialidad se acerca más al largo desencuentro entre Héctor y Aquiles, prolongado por la intervención de divinidades rivales, que al duelo fulmíneo entre David y Goliat, decidido por la unívoca voluntad de un dios omnipotente. La metáfora judeocristiana del canon, que pretende clavar el destino de los escritores en la cruz de su recepción académica, habría que sustituirla por la alegoría pagana de una teomaquia, de una lucha eterna entre los escritores por el monopolio del imaginario. Sin intención de contrariar a los que querrían canonizarlos, los escritores continúan desafiándose incluso después de muertos, como los malvados demiurgos de un mundo en el cual no se ha dicho aún la última palabra.

      La enseñanza histórica de los textos aquí recogidos es precisamente la demostración de cómo lo que se ha dado en llamar impersonalmente «canon» no es otra cosa, en los mejores casos, que un hábito entre escritores interesados en las cuestiones de su trabajo; sobre todo, cuestiones de estética y de artesanía literaria, pero también de subsistencia material y de supervivencia psicológica.

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