Ficha técnica

Título: Delincuentes de medio pelo | Autor: Gene Kerrigan  | Traducción: Damià Alou | Editorial: Sajalin  | Páginas: 406 | Colección: al margen | ISBN: 978-84-943782-6-3 | Fecha: febrero 2017 | Precio: 22,50 euros

Delincuentes de medio pelo

SAJALIN

Desde que saliera de la penitenciaría dublinesa de Mountjoy e intentara establecerse como delincuente por su cuenta, Frankie Crowe no había tenido suerte. Harto de golpes que a duras penas le daban para el alquiler -y que bien podrían ponerlo de nuevo entre rejas-, un ambicioso Crowe planea secuestrar a Justin Kennedy, un banquero que ha prosperado en los años dorados del Tigre Celta. Pero para ello necesita contar con la aprobación del temido Jo-Jo Mackendrick, antiguo jefe de Frankie y conocido mafioso local. Las reticencias de Jo-Jo no frenarán el ímpetu de Crowe, como tampoco lo hará descubrir que Justin Kennedy es un abogado y no un banquero. Aunque el secuestro va de mal en peor y la policía estrecha el cerco en torno a la banda de Frankie, este no está dispuesto a renunciar al rescate de un millón de euros y a dejar de ser un delincuente de medio pelo.

El veterano periodista irlandés Gene Kerrigan debutó como novelista en 2005 con Delincuentes de medio pelo, trepidante inmersión en las entrañas de la Irlanda boyante de los años noventa.

«Una salvaje radiografía de la Irlanda contemporánea.» The Guardian

«Kerrigan posee un genuino talento literario. Su escritura es un lujo.»The New Yorker 

 

Capítulo 1

El tiroteo se inició en el pueblo de Harte’s Cross pocos minutos después de las diez de una gélida mañana de verano. Al principio, solo unos pocos se enteraron de que algo pasaba y todos estaban en el pub de Sweeney.

La propietaria del pub imploraba clemencia. Era una pueblerina de las de antes, de unos cincuenta años. Llevaba unas gruesas gafas y era regordeta desde siempre, y el peinado y la ropa eran más propios de la generación de su madre. Prácticamente no veía a Frankie Crowe delante de ella, pues tenía los ojos clavados en el pistolón negro que aquel esgrimía.

-Por favor, señor -dijo la propietaria. Frankie Crowe tenía veintiocho años.

Frankie Crowe llevaba una gorra de béisbol calada hasta las cejas con la cara de Homer Simpson y unas grandes gafas de montura gruesa que ocultaban la forma de su cara. Bajo su abultado anorak beige, podía estar gordo, flaco o cualquier complexión intermedia. El pistolón automático que tenía en la mano no apuntaba a nadie en particular, pero era el centro de atención.

Solo había un camarero, tal como había dicho Leo. Y no suponía ningún problema. Tenía las palmas de las manos pegadas a la barra y procuraba no mirar a Frankie Crowe a los ojos.

De los tres clientes del local, dos estaban sentados a una mesa en la otra punta de la barra, dos viejos con cara de color de gachas rancias. Uno de los dos abuelos, un hombrecillo de cara chupada tocado con un sombrero de fieltro manchado y deforme, mantenía los brazos rígidos por encima de la cabeza, aunque Crowe no le había dicho que los levantara. Pero el viejo sabía, por las películas de Bogart que había visto hacía más de medio siglo, que eso es lo que hay que hacer cuando alguien saca un arma.

El otro anciano era más grandote y fornido, y el ser un poco cargado de espaldas disimulaba su estatura. Una de sus manos rodeaba una taza de té mientras observaba al pistolero sin la menor emoción.

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