Ficha técnica

Título: Dedos meñiques | Autor: Filip Florian |  Traducción: J. Llinàs |  Editorial: Acantilado  | Colección: Narrativa del Acantilado, 185 | Género: Novela | ISBN: 978-84-92649-90-7 | Páginas: 232 | Formato:  13 x 21 cm. | Encuadernación: Rústica cosida  |  PVP: 19,00 €

Dedos meñiques

ACANTILADO

En un pueblecito de los Cárpatos, se descubre una fosa en una fortaleza romana. ¿Fueron víctimas de un pelotón de fusilamiento comunista? Y, ¿por qué cada noche desaparecen de la tumba huesos de los dedos de la mano? Los lugareños esperan que un equipo de cinco antropólogos forenses, especializados en analizar «de­saparecidos» de la Junta argentina, solucione el enigma. Mientras tanto, Petrus, un joven arqueólogo, pasa los días de lluvia escuchando a su tía evocar viejas batallas y a sus amigos cotillear y adivinar el destino en el po­so del café: el amor y el dinero aparecen de manera milagrosa; el jefe de policía hace declaraciones a los periódicos; el coronel Spiru, jefe investigador militar, merodea por los alrededores de la fosa y, en las montañas, la mano del destino conduce de nuevo a un humilde sacerdote por los caminos de la historia.

«La escritura de Florian es exuberante, circular, iterativa y concentrada. Quien acepte la propuesta del autor obtendrá como compensación una poderosa recompensa sensitiva y una notable cantidad de información sobre el alma rumana, tan tremenda y trágica, tan llamativa». Pablo Martínez Zarracina, El Correo

«Dedos meñiques es un debut excepcional, el debut de un escritor total». Neue Zürcher Zeitung

«Una historia sobre la guerra, la muerte, la alienación, la política y extraños milagros, todo ello narrado con una prosa brillante». Publishers Weekly

«Un extraño encanto impregna esta primera novela, con una gran sensibilidad hacia las consecuencias de la opresión totalitaria». Der Spiegel

 

CAPÍTULO I

Todas aquellas personas que no habían resistido la tentación de redactar una monografía de su ciudad-un maestro, un abogado, dos monjes, un veterinario y un jefe de estación-habían vivido con la convicción de que, después de que el castro romano hubo sido abandonado (o incendiado o azotado por una plaga exterminadora o castigado por Dios), la tierra se lo había tragado para siempre. Creían que estratos de arena, arcillas, sedimentos de todo tipo y mantillo se habían asentado a lo largo de la historia, gruesos, densos, sobre Principia, sobre thermae, canabae y horreum, se decían a sí mismos que una vegetación carnal, agresiva, había ocupado las colinas. Al mismo tiempo que fijaban los orígenes de la urbe y de los primeros testimonios documentales, los autores de aquellas enternecedoras crónicas dejaban los vestigios de lado, hasta 1932, cuando, anotaban ellos, un equipo entusiasta de arqueólogos había sacado a la luz unos cuantos muros derrumbados. El momento quedaba consignado de manera sucinta, pero lo que parecía impresionarlos no era la aparición de las ruinas, que salieron a la luz después de dos milenios de oscuridad, sino la presencia en el grupo de profesores y de estudiantes de un cierto personaje. Había referencias hostiles o admirativas (en ningún caso neutras) a aquel personaje y en la obra del abogado Stratulat, junto a un retrato al carbón, dabas con una descripción detallada de una mujer de pelo muy corto, que llevaba siempre pantalones de montar y botas de caña, posesora de una pitillera de ámbar de veinte centímetros de largo. Hablaba un inigualable francés, informaban unas líneas del maestro, se movía despacio, rolliza, templaba autoritaria a los jornaleros contratados para las excavaciones, mientras que sus blusas vaporosas destilaban un perfume de higos. Gavrilescu, el veterinario, la comparaba con una gallinita copetuda de monte, de plumas erizadas, capaz de provocar durante la época de celo crudelísimas luchas entre los gallos; el ferroviario la había visto circulando únicamente en las cuchetas de lujo del expreso, siempre acompañada por señores elegantes (entre ellos, a menudo, un ministro y un general) cuyos restos de pasión se consumían en las mesas de ruleta y de bacará del casino. Los textos del maestro y del abad desprendían, en cambio, irritación y lamentaban el hecho de que, en el verano y el otoño de aquel año, la joven generación o, en un sentido más amplio, el rebaño de creyentes, estaba predispuesto a extraviarse. El maestro estaba contrariado porque en la Escuela de señoritas se había extendido la moda de cortarse el flequillo y de recortarse las coletas, los alumnos de instituto y los de liceo se apiñaban para participar como voluntarios, no sólo durante las clases, en el descubrimiento de construcciones antiguas y el archimandrita Macarie constataba con malicia que el número de cabezas de familia en la iglesia, en la santa misa, disminuía de manera preocupante y que la tranquilidad de muchas parejas, según el contenido de las confesiones, estaba en peligro. El único que ignoraba completamente a aquella criatura exótica y los sucesos que provocaba, el único de cuyos escritos no podías deducir ni siquiera que la encantadora amazona hubiera nacido nunca, era el otro fraile, el padre Ioanichie. Como promotor que era de una teoría de pura descendencia bíblica, veterotestamentaria, no dudaba de que sobre la ciudadela habían caído en algún momento, a la vez, la ira del Padre y la del Hijo, unidas en una fuerza devastadora y purificadora, capaz de cubrir con flores, matas y árboles, a lo largo de diecisiete siglos, un lugar de lascivia humana. Y este servidor de Dios cuya tumba se hallaba entre las de los hermanos ordinarios, en el patio del monasterio, había estado seguro de que el desenterramiento de la primera piedra del viejo castro romano había significado el revivir del mal, del vicio, que él, por su parte, descifraba en la conducta de la gente, en sus arrebatos.

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