Ficha técnica

Título: De las checas de Barcelona a la Alemania nazi |Autor: Otília Castellví | Editorial: Acantilado |  Traducción de: R. Vilagrassa |  Colección: El Acantilado, 177 |  Páginas: 288 | Género: Memorias | Precio: 20 € | Formato: 13 x 21 cm. | Encuadernación: Rústica cosida | Fecha de publicación: 29 noviembre 2008 | ISBN: 978-84-96834-83-5  

De las checas de Barcelona a la Alemania nazi

ACANTILADO

En 1939, Otília Castellví, una modista idealista y decidida del barrio de Gracia de Barcelona, tuvo que emprender, como tantos otros, el camino del exilio. Antes, sin embargo, había vivido los convulsos acontecimientos de octubre de 1934, y sufrido en carne propia la tétrica realidad de los calabozos de la Checa, en los que fue encarcelada por pertenecer a un partido troskista (el POUM). «La muerte llegó aquel día a Barcelona. Todos la presentimos y, por desgracia, no nos equivocamos». Empezó entonces para ella un largo viaje, marcado por los campos de concentración franceses en las playas del Rosellón (días que este libro evoca de un modo estremecedor), la ocupación de Francia por los nazis y el posterior traslado a Alemania, donde le aseguraron trabajo y posibilidades. Sin ornato, el presente libro es testimonio histórico y humano excepcional de unos años capitales. 

GRACIA A PRINCIPIOS DE SIGLO

Los barceloneses que durante los años veinte éramos jóvenes o niños conocimos una ciudad con los barrios todavía definidos, si bien no oficialmente, sí por su carácter propio.

    Como en todas las grandes ciudades, en los barrios de la periferia de Barcelona predominaban los obreros. El antiguo pueblo de Gracia (ya entonces un barrio barcelonés) tenía el porcentaje más elevado de menestralía. Cierto que en aquel tiempo había muchas fábricas (la mayoría textiles), que ocupaban a un buen número de personas de ambos sexos, pero, en general, la gente de Gracia se especializaba en todo tipo de trabajos. En cada calle había talleres y obradores de artesanía donde se realizaban labores más artísticas que prácticas.

    Otra parte importante de la gente de Gracia eran los trabajadores «encorbatados» (oficinistas, dependientes, sastres, etcétera). Las mujeres, naturalmente, no llevábamos corbata, pero también éramos legión quienes compartíamos labores de aguja, comercio y despacho.

    Los días laborables, de ocho y media a nueve de la mañana, y de tres a tres y media de la tarde, un río de hombres y mujeres jóvenes surgía de todos los rincones del barrio y bajaba por la calle Gran de Gracia y el Paseo de Gracia para ir dispersándose por el Ensanche y el casco antiguo de la ciudad hacia sus respectivos lugares de trabajo. Al salir de trabajar, tanto al mediodía como por la tarde, recorrían el mismo camino a la inversa.

    Yo formé parte de esta avalancha de caminantes de Gracia durante muchos años, como una de las tantas modistas que emprendían el paseo con la alegría que da la resignación bien entendida.

    Entre el grupo de compañeras de trabajo que nos íbamos juntando o separando por el camino (según íbamos o regresábamos) y los desconocidos, a los que casi considerábamos amigos porque nos veíamos en ocasiones hasta cuatro veces al día, se entablaban conversaciones y amistades.

    Como aún no existía el inhumano predominio de los autos, se podía andar por la calle y sostener largas conversaciones en las que intercambiar opiniones que creaban cierta influencia colectiva y una especie de solidaridad de barrio. La mayoría habíamos jugado en las mismas calles donde luego, de mayores, nos sentíamos como en casa. Por entonces aún estaba muy extendida la costumbre de sacar la silla y sentarse en la calle a tomar el sol los días de fiesta en invierno y, sobre todo, a tomar el fresco las noches de verano. Allí los vecinos hablaban de toda clase de temas, pero sobre todo de política, asunto muy controvertido en aquella época en nuestro país. Los habitantes de Gracia eran en su mayoría republicanos y catalanistas, si bien pocos militaban en algún partido. Estas dos tendencias se manifestaban abiertamente e iban muy ligadas la una a la otra. Pero si algo apasionaba a los pacíficos vecinos de Gracia (y a los barceloneses en general) eran los conflictos sociales que se extendían por el mundo tras el final de la guerra en Europa.

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