Ficha técnica

Título: Dándole pena a la tristeza | Autor: Alfredo Bryce Echenique | Editorial: Anagrama | Colección: Hispánicas | ISBN: 978-84-339-9757-9 | PVP con IVA: 17.90 euros | Nº de páginas: 280

Dándole pena a la tristeza

ANAGRAMA

 

Esta novela relata los avatares de una acaudalada y muy limeña familia. El autor nos ofrece el vívido retrato del fundador de esta saga –un minero de finales del siglo XIX que con enorme creatividad y no poco sacrificio funda un gran imperio financiero– y de sus descendientes. A juzgar por el dramático curso que toman las vidas de éstos, el barniz de civilización con el que adornan sus vidas no los libra de los instintos más primarios que laten en su ser. Sólo ello explica que el juego de la vida consista, para algunos de los personajes, en dirigir otras vidas, contrariar destinos y, en un extremo sobrecogedor, deshacerse de quienes ponen en riesgo el orden señorial. Con esta novela Bryce logra el retrato tierno, violento, feroz e incluso inmisericorde de una familia que lo pierde absolutamente todo y cuyos últimos descendientes encarnan la más atroz decadencia de un linaje.

«Asfixiante retrato de la oligarquía peruana con humor rabelesiano» (Ricardo González Vigil, El Comercio, Perú).

«En esta novela hace gala de un brillante sentido del humor y de una sintaxis barroca, llena de digresiones. Sin lugar a dudas, la mejor novela de Bryce desde No me esperen en abril» (Javier Agreda, La República, Perú).

 

 

PRIMERA PARTE

 

I

-Nunca llegues a vieja, Alfonsinita… Nunca, pero nunca, llegues a vieja.

-…
-Ni muchísimo menos llegues jamás a réquete vieja, Carlita…
-…
-Ni tú tampoco, Ofelita… Nunca, pero lo que se dice nunca, llegues a réquete vieja… Y muchísimo menos a réquete réquete viejo, como yo. Réquete viejo de verdad, como sólo yo. Réquete réquete viejo, como sólo yo, eso sí que jamás de los jamases, Elenita…
Aunque tomando en cuenta, por supuesto, que ni Alfonsinita ni Carlita ni Ofelita ni Elenita existían ni existieron jamás, la verdad es que era una gran suerte que el bisabuelo Tadeo estuviese ya sordo como una tapia y que pensara además que había siempre algún miembro de la familia haciéndole compañía en aquel rincón de su invernadero al que una enfermera con su toca y todo, y de punta en blanco, además, lo trasladaba cada mañana a las ocho en punto, inmediatamente después de un magro y blanduzco desayuno para desdentado, y de lo más bien aseado y rasurado ya, cómo no. Un millón de precauciones se tomaban para aquel diario viaje en su silla de ruedas, a una velocidad mínima, desde el tanque de oxígeno de su dormitorio hasta el de su baño y luego desde este segundo tanque hasta el del inmenso invernadero en que se pasaba los días, incluso en verano y con un sol radiante. Un verdadero apiñamiento de chales y bufandas mil hacían desaparecer, invierno y verano, sin distinción alguna de estación, trajes de muy alta calidad británica, en cuanto a tela y confección, chalecos, que los había incluso de gran fantasía, y las eternas y muy coloridas corbatas de enorme lazo que aún conservaba y que fueron estrenadas mil años atrás, una tras otra, a partir del día en que el bisabuelo renunció para siempre a su vida de muy exitoso minero e incluso de temerario precursor de esta actividad en el Perú, según parece, pues de las minas regresó ya viudo y riquísimo, lleno de problemas pulmonares, eso sí, y con un ansia tal de ver mundo que no escatimó gasto ni lujo alguno en aquellos interminables viajes durante los cuales, según su propia afirmación, le dio un par y medio de vueltas completitas al mundo, de gran hotel en gran hotel, de gran restaurante en gran restaurante y de carísimas cocottes a cuanto gran casino encontró en sus andanzas. Aunque, valgan verdades, de aquel grandioso apogeo final lo único que se trajo de vuelta al Perú, en su último viaje, el bisabuelo Tadeo, fueron baúles enteros de finísima ropa a la medida, que con el tiempo hubo que empezar a adelgazar y empequeñecer, aunque siempre tomando muy precisa cuenta de la nueva talla y de una inclinación muy torre de Pisa, mucho más que encorvamiento, del ya bien centenario bisabuelo.

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