Ficha técnica

Título: Damas en bicicleta. Cómo vestir y normas de comportamiento | Autora: F. J Erskine | Traducción: José C. Vales | Editorial: Impedimenta  | Encuadernación: Cartoné | Formato: 13 x 21 cm | Páginas: 112 | ISBN: 978-84-15979-33-3 | Precio: 14,95 euros

Damas en bicicleta

IMPEDIMENTA

Si alguna vez has querido saber cómo montar en bicicleta con gracia, o proteger de escalofríos tus partes vitales, no tienes más que seguir leyendo…

Publicada en 1897, estamos ante una de las primeras guías para mujeres ciclistas de la época victoriana. Un manual que sirvió para instruir y modelar a las primeras generaciones de arriesgadas amazonas del pedal, incluyendo la selección de la bicicleta adecuada a las damas de la buena sociedad, su atuendo y complementos, la elección de la comida y la bebida más convenientes para tomar durante el viaje, y hasta la organización de divertidas ginkanas ciclistas en tu jardín. Además de afrontar la espinosa cuestión de si montar en bicicleta constituía una actividad apropiada para las mujeres. Un libro revolucionario que es el espíritu de una época en que montar en bicicleta constituía una actividad naciente para las féminas más modernas y temerarias del Imperio.

La máquina de la libertad
(una nota de los editores)

«El uso de la bicibleta ha hecho más por la emancipación de la mujer que cualquier otra cosa en el mundo.»
-Susan B. Anthonyen una conversación con Nellie Bly-

Durante la segunda mitad del siglo xix, la reina Victoria gobernó, con un palo y una zanahoria, un imperio que se extendía desde Canadá y el Caribe, abarcando buena parte de África, extensas posesiones en Oriente Medio, la India, hasta Australia y algunas de las más importantes islas del Pacífico. Medio mundo estaba bajo su dominio. Victoria era una monarca omnipotente en cuyo país, paradójicamente, las mujeres carecían del derecho de sufragio, del derecho a litigar en juicio y a poseer bienes propios. Las mujeres estaban circunscritas exclusiva y específicamente a la esfera doméstica, y se requería de ellas que mantuvieran la casa limpia, la comida en la mesa y a los hijos educados. Cuando un hombre y una mujer contraían matrimonio en la era victoriana, los derechos de la mujer se cedían a su marido. Bajo las leyes inglesas, la pareja se convertía en una entidad única, representada por el marido, que pasaba a controlar todo lo referente a la familia: el dinero, las posesiones y el propio destino del matrimonio. Las mujeres se convertían, de hecho, en otra posesión más de sus maridos, que asimismo se convertían en dueños de todo lo que ellas pudieran darles, hijos incluidos. El matrimonio otorgaba al marido incluso el derecho de propiedad del cuerpo de su esposa (la institución del matrimonio suponía que la mujer debía consentir sexualmente ante su marido en todo momento, según su deseo) y daba por hecho que el cuerpo de la mujer ya no le pertenecía a esta.

Pero la era victoriana fue también una época de crecimiento y de progreso. La Revolución Industrial supuso el nacimiento de una nueva clase, la clase media y, por primera vez en la historia, sucedió que la gente trabajadora empezó a disponer de algo hasta entonces desconocido para ellos: un periodo de tiempo libre que se podía dedicar a la práctica de todo tipo de actividades «mundanas»: el croquet, los paseos a caballo, las actividades acuáticas, los deportes… Y el ciclismo. Hordas de ciclistas comenzaron a tomar las calles, los caminos y las carreteras en las dos décadas finales del siglo XIX. La fiebre de la bicicleta hizo que aquellos que nunca habían salido de sus pueblos, de sus barrios y de sus comarcas se aventurasen ahora más allá de sus lugares archiconocidos y explorasen nuevos territorios. Incluso hubo mujeres, arriesgadas amazonas del pedal, que, intrépidas, se lanzaron a pilotar esos artilugios que para muchos eran auténticas «máquinas del diablo».

Montar en bicicleta en la década de 1890 fue poco menos que «una erupción, un exceso de exuberancia, un temblor sísmico que sacudió la economía y las bases mismas de la sociedad».* Y en nadie fue más evidente esa violación de los sagrados principios de la moral que en las mujeres. Para ellas no resultó sencillo adaptarse a una práctica que se esperaba exclusivamente masculina, pero fue la evolución de la propia tecnología de la máquina (la introducción de la cadena, que hacía más fácil el pedaleo, o el diseño de bicicletas con ruedas de parejo tamaño, que «democratizaban» la práctica del deporte ciclista) lo que permitiría que el ejercicio del ciclismo femenino se extendiera de manera masiva por todos los rincones del mundo británico.Se convirtió en una práctica «de moda».

Así, y junto con otros factores, la práctica del ciclismo entre las damas propiciaría el nacimiento en la década de 1890 de un nuevo temperamento y una nueva condición en la existencia femenina: el surgimiento de la «Nueva Mujer», término que se usó para describir a las mujeres que rompían con las convenciones sociales imperantes trabajando fuera de casa, renunciando a su tradicional rol de madres y esposas, y reivindicando un activismo político mediante el sufragismo, el protofeminismo y la defensa de sus propios derechos. La «Nueva Mujer» se situaba en igualdad de condiciones con el hombre, y la bicicleta ayudó en gran medida a que algo así, tan impredecible e inimaginable en la época, se hiciera posible.

______

* Irving A. Leonard, When Bikehood was in Flower, (Seven Palms Press, 1983).

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]