Ficha técnica

Título: Cuentos de los sabios del Tíbet | Autor: Pascal Fauliot |  Traducción: Alicia Capel Tatjer | Editorial: Paidós| Colección:  Orientalia | Género: Cuentos | ISBN: 978-84-493-2623-3 | Páginas: 272 | Formato:  9 x 16,9 cm.| Encuadernación: Tapa dura sin s/cub. (cartoné) |  PVP: 18,00 € | Publicación: 3 de Noviembre de 2011

Cuentos de los sabios del Tíbet

PAIDÓS

Una deliciosa serie para descubrir la sabiduría de los pueblos del mundo Los cuentos, las leyendas, las fábulas…, en definitiva, la tradición oral, siempre ha sido una excelente fuente de conocimientos. Además, a diferencia de las enseñanzas religiosas y filosóficas transmitidas a través de libros, los cuentos poseen la capacidad de entretener, de ofrecer reflexiones sobre la condición humana a lo largo de las distintas civilizaciones, culturas e historia que nos sirven para aplicar sencillos consejos para mejorar nuestra vida cotidiana.  

 

Una bendición
sagrada 

Una vieja con la cabeza coronada por un moño blanco parecido a una caracola caminaba con paso tembloroso apoyada en un bastón nudoso. Exhibía orgullosamente un rollo envuelto en un brocado. Tras años de privaciones había podido comprarse una thangka, una imagen santa de grandes dimensiones pintada por un reputado artista, que representaba a Chenrézi, el bodhisattva de la compasión infinita. Pero antes de colgarlo sobre el altar familiar, tenía que llevarlo a un lama para que lo bendijera. Sólo una pintura consagrada según las reglas tenía la virtud de establecer un vínculo mágico con la divinidad.

   La anciana cruzó el laberinto de calles de la aldea que se extendía escalonadamente por la ladera de la montaña. Por encima de esta aldea se erguía la majestuosa silueta blanca de un monasterio, guardián secular del valle. A la beata le quedaba un gran trecho por recorrer, pues desde la calle más alta de la aldea hasta las puertas del recinto sagrado un camino de mulas especialmente escarpado serpenteaba a lo largo de más de trescientos pasos.

   Al salir de la aldea, la anciana tuvo que sentarse sobre un muro de piedras secas para recuperar el aliento. Apareció entonces un vagabundo con pinta patibularia, barbudo y peludo, con grandes aros en las orejas, arco y carcaj en bando lera y un perro pisándole los talones. Encima de su ropa mundana llevaba anudado descuidadamente un chal rojo y descolorido, el color distintivo de un practicante de tantras. Pero ¿qué adepto auténtico de la santa doctrina de Buda se dedicaría a cazar? La vieja pensó que seguramente se trataba de uno de esos mendigos que se hacían pasar por un naldjorpa, un yogui errante, o peor aún, un salteador de caminos. Enseguida se puso en marcha, pero el vagabundo la abordó:

   -¿Adónde vas, mujer?

   -Llevo a bendecir esta thangka arriba. Y señaló el monasterio con la punta de su bastón.

   -No vale la pena hacer todo ese camino, ya lo haré yo por ti. ¿Acaso no soy un maestro del Dharma?

   -Gracias, pero prefiero que sea el santo abad del monasterio quien la bendiga.

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