Ficha técnica

Título: Cosmópolis. Del flâneur al globe-trotter | Selección y prólogo: Beatriz Colombi
| Editorial: Eterna Cadencia  | ISBN: 978-987-1673-09-4 | Páginas: 304 | Formato:  14 x 22 cm. |  PVP: 22,00 €

Cosmópolis

ETERNA CADENCIA

La categoría de corresponsal ha servido tanto a futuros presidentes de la república como a médicos higienistas en ejercicio, a poetas modernos como a diletantes con ganas de darse dique de hombres de mundo. Subidos a un rickshaw, sentados en un camarote del Transiberiano, acodados en la cubierta de un transatlántico -no siempre en primera clase-, los corresponsales del siglo XIX y XX han tomado nota de todo lo que el célebre Phileas Fogg, protagonista de La vuelta al mundo en ochenta días, pudo ver a vuelo de pájaro luego de hacer una apuesta alocada. En los periódicos, entre las noticias del día y las siempre taquilleras fotos periodísticas, a menudo bajo la forma de una carta que se encabezaba respetuosamente «Señor Director…», las crónicas de viaje podían ofrecer al lector sedentario un cosmopolitismo capaz de entrar por los ojos. ¿Qué mostraban? Todo. Por abajo, el velorio de Isadora Duncan y los gatos del Foro Trajano; por arriba, la estatua de la Libertad y la pirámide de Keops, de través, los grandes rápidos del Niágara, y cara a cara, sombreros de copa, escaparates, monumentos… 

 

PARÍS, EL ARTE DE FLANEAR
Domingo Faustino Sarmiento 

Setiembre, 4 de 1846

El español no tiene una palabra para indicar aquel far niente de los italianos, el flâner de los franceses, porque son uno y otro su estado normal. En París esta existencia, esta beatitud del alma se llama flâner. Flâner no es como flairer, ocupación del ujier que persigue a un deudor. El flâneur persigue también una cosa, que él mismo no sabe lo que es; busca, mira, examina, pasa adelante, va dulcemente, hace rodeos, marcha, y llega al fin… a veces a orillas del Sena, al boulevard otras, al Palais Royal con más frecuencia. Flanear es un arte que solo los parisienses poseen en todos sus detalles; y sin embargo el extranjero principia el rudo aprendizaje de la encantada vida de París por ensayar sus dedos torpes en este instrumento del que solo aquellos insignes artistas arrancan inagotables armonías. El pobre recién venido, habituado a la quietud de las calles de sus ciudades americanas, anda aquí los primeros días con el Jesús en la boca, corriendo a cada paso riesgo de ser aplastado por uno de los mil carruajes que pasan como exhalaciones, por delante, por detrás, por los costados. Oye un ruido en pos de sí, y echa a correr, seguro de echarse sobre un ómnibus que le sale al encuentro; escapa de este y se estrellará contra un fiacre si el cochero no lograra apenas detener sus apestados caballos por temor de pagar los dos mil francos que vale cada individuo reventado en París. El parisiense marcha impasible en medio de este hervidero de carruajes que hacen el ruido de una cascada; mide las distancias con el oído, y tan certero es su tino que se para instantáneamente a una pulgada del vuelo de la rueda que va a pasar, y continúa su marcha sin mirar nunca de costado, sin perder un segundo de tiempo.
 
Por la primera vez de mi vida he gozado de aquella dicha inefable, de que solo se ven muestras en la radiante y franca fisonomía de los niños. Je flâne, yo ando como un espíritu, como un elemento, como un cuerpo sin alma en esta soledad de París; ando lelo; paréceme que no camino, que no voy sino que me dejo ir, que floto sobre el asfalto de las aceras de los baluartes. Solo aquí puede un hombre ingenuo pararse y abrir un palmo de boca, contemplando la Casa Dorada, los Baños Chinescos, o el Café Cardinal. Solo aquí puedo a mis anchas extasiarme ante las litografías, grabados, libros y monadas expuestas a la calle en un almacén; recorrerlas una a una, conocerlas desde lejos, irme, volver al otro día para saludar la otra estampita que acaba de aparecer. Conozco ya todos los talleres de artistas del boulevard, la casa de Aubert en la plaza de la Bolsa, donde hay exhibición permanente de caricaturas; todos los pasajes donde se venden esos petits riens que hacen la gloria de las artes parisienses. Y luego las estatuetas de Susse y los bronces por doquier, y los almacenes de nouveautés, entre ellos uno que acaba de abrirse en la Calle Vivienne con doscientos dependientes para el despacho, y 2000 picos de gas para la iluminación.

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