Ficha técnica

Título: Cosas que he callado |        Autora: Azar Nafisi |  Traducción: Eva Cruz  | Editorial: Duomo | Colección: Perímetro | Páginas: 360 |  Fecha de publicación:  17 de Febrero 2010 |  Género: Memorias |  ISBN: 9788492723362 

Cosas que he callado

DUOMO EDICIONES

La historia reciente de Irán contada por la autora de Leer Lolita en Teherán.

«Enamorarme en Teherán. Ver los hermanos Marx en Teherán. Leer Lolita en Teherán…» Así empezaba la lista de cosas secretas que Azar Nafisi escribió en su diario. Una lista que siguió con leyes represoras y ejecuciones, abominaciones públicas y políticas, traiciones privadas que implicaban a personas próximas. Con la distancia de los años, Azar Nafisi ha decidido rememorarlas y contar qué significa nacer y crecer en Teherán. Bajo la sombra de un padre idealizado, alcalde de la ciudad durante la época del shah, y expuesta a los vaivenes de una madre complicada y frustrada por no ver cumplidos sus sueños profesionales y románticos, Azar Nafisi creció en un entorno rico en hipocresías.

Con Cosas que he callado, Nafisi compone un catártico retrato de una familia excepcional y, a la vez, universal. Empezando por su infancia difícil, su primer matrimonio fallido, sus encontronazos con la injusticia y el despertar de su activismo político en la República Islámica de Irán, analiza los acontecimientos y las personalidades que la llevaron a ser una mujer valiente, comprometida y subordinada. Desde su domicilio estadounidense, reflexiona sobre el poder de los silencios y chantajes sobre los que se sustentan todas las dictaduras y algunas familias, como el más cerrado de los sistemas totalitarios. Quienes conozcan ya a Azar Nafisi, encontrarán aquí la emoción de leer algo auténtico y valiente, palabras que llegan desde las calles y jardines de Teherán.

«He sido cautivada por la manera en que Nafisi nos cuenta cómo ha enfrentado la guerra del Islamismo radical contra las mujeres. Sus memorias contienen reflexiones importantes y complejas sobre los estragos de la teocracia ». Susan Sontag

 

CAPÍTULO  1

SAIFI

CON FRECUENCIA ME PREGUNTO cuánto de lo que contaba mi madre sobre la forma en que conoció a su primer marido era producto de su imaginación. Si no fuera por las fotografías, dudaría de su existencia. Una amiga me habló una vez de la «admirable resistencia que mi madre tenía a lo no deseado», y como había tanto en su vida que no era deseado, se inventaba historias sobre sí misma que acababa creyendo con tal convicción que comenzaba a dudar de sus propias certezas.

   En su imaginación, su noviazgo comenzó con un baile. Me parecía más probable que los padres de él hubieran pedido la mano de mi madre a su padre, un matrimonio de conveniencia entre dos familias importantes, como era la costumbre en Teherán en los años cuarenta. Pero con los años nunca cambió su historia, al contrario de lo que hizo con tantos otros relatos suyos.

   Lo conoció en la boda de su tío. No se olvidaba de mencionar el detalle de que por la mañana llevaba un vestido de muselina floreado y por la tarde uno de satén, y que bailaron toda la noche («Después de que se fuera mi padre -solía decir, y luego añadía-, porque nadie se atrevía a bailar conmigo en presencia de mi padre»). Al día siguiente, Saifi pidió su mano en matrimonio.

   ¡Saifi! Ni siquiera recuerdo haber oído mencionar su apellido en nuestra casa. Deberíamos haberle llamado -con el eco de una distancia prudente- el primer marido de mamá, o quizá por su título completo, Saif ol Molk Bayat, pero para mí siempre fue Saifi, una parte afable de nuestra rutina. Se insinuaba en nuestras vidas con la misma facilidad con la que permanecía detrás de mi madre en las fotografías de su boda, apareciendo por sorpresa y arrebatándonosla astutamente de forma inesperada. /upload/fotos/obras/cosasquehecalladofoto_med.jpgConservo dos fotografías de aquel día, más que de la boda de mis padres. Saifi parece tranquilo y afable, con su cabello claro y sus ojos color avellana, mientras mi madre, que se encuentra en medio del grupo, está de pie petrificada como una solitaria pieza decorativa. Él parece despreocupado y seguro de su felicidad. Pero quizá me equivoque y lo que veo en su rostro no sea esperanza sino desesperación. Porque él también tiene sus secretos.

   Había algo en su historia que siempre me incomodó, incluso de niña. Más que falsa, parecía equivocada. La mayoría de la gente sabe irradiar su potencial, no sólo lo que es, sino lo que podría llegar a ser. No diría que mi madre no tenía la capacidad de bailar. Es peor. No bailaba aunque, a decir de todos, lo hacía bien. Bailar había supuesto algo placentero, y se enorgullecía de negarse placeres o cualquier otra complacencia.

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