Ficha técnica

Título: Correr el tupido velo | Autor: Pilar Donoso | Editorial: Alfaguara  | Colección: Hispánica | Género: Ensayo/memorias | ISBN: 9788420406244 | Páginas: 440 | PVP: 18,50 € | Publicación: 22 de Septiembre 2010

Correr el tupido velo

ALFAGUARA

Publicar su diario de escritor fue un proyecto que José Donoso pensó más de una vez, pero nunca concretó. También habló con su hija, algunos amigos escritores y familiares para que escribieran su biografía; sin embargo, lo que realmente quedó fueron sus sesenta y cuatro cuadernos -donde registró sus procesos creativos, pasiones, odios, triunfos, inseguridades y contradicciones-, que luego vendió a las universidades de Iowa y Princeton.

Estos textos desconocidos por el público general ya han dado mucho de que hablar. Su hija Pilar optó por tomar estas miles de páginas y enfrentar lo oculto; descubrir al padre que creía conocer y que no era tal, leer los juicios crueles, pero también el amor que Donoso dejó por escrito respecto a ella y a todos quienes lo rodearon. Inevitablemente, esto le significó pasar por el doloroso proceso de reevaluar su vida y su identidad.

Correr el tupido velo expone brutalmente el sentir más profundo de este gran novelista chileno, pero sobre todas las cosas es el retrato de un artista, un hombre cuya identidad, más allá de todas las máscaras que se haya fabricado, se define desde su literatura.

Una impresionante biografía de José Donoso, escrita por Pilar, su única hija. Un libro muy polémico, sincero, que entrega secretos sorprendentes de la vida de Donoso.

«Fui muy amigo de ellos y me ha revelado toda una dimensión que yo desconocía.»

«Lo que hay detrás de una máscara nunca es un rostro. Siempre es otra máscara. Las distintas máscaras son una herramienta, las usas porque te sirven para vivir. No sé qué es eso de la autenticidad. Lo que sé es que la vida es un complejo sistema de enmascaramientos y simulaciones.» José Donoso

 

Palabras preliminares  

        Han pasado diez años de la muerte de mi padre y su sombra aún deambula por todas partes: al caminar en las calles, al abrir un clóset, al subir la escalera, al mirar hacia el horizonte. Una vez este padre tan presente me dijo:

        -Uno logra ser uno mismo cuando los padres se mueren. Qué mentira. No ha sido así en mi caso; ahora he tenido que hacerme cargo de su vida mucho más que cuando vivía.

        No puedo liberarme de su cadena opresora. ¿Seré yo también un personaje de sus novelas? La ficción y la realidad vuelven a mezclarse, como cuando era una niña y pude creerle, por mucho tiempo, que los yogures colgaban de los árboles y que había unos con sabor a frutilla y otros a durazno; o que, al hablar de una persona cualquiera, yo podía llegar a creer que era una tía muy lejana que venía a visitarnos; o bien que un personaje de una de sus novelas era un amigo de su infancia.

        En mi casa era imposible diferenciar esa línea tenue entre la ficción y la realidad, y aún ahora me cuesta distinguirla. Al leer sus diarios no puedo sino confirmar que él, más allá de su arte como novelista, tenía una seria disfunción respecto de la realidad.

        Leo y releo y reconozco tantas cosas… me río, lloro, me enrabio, perdono, vuelvo a llorar; me decepciono, lo enaltezco y nuevamente lo perdono porque lo quise inmensamente.

        Ser padre es algo normalmente impuesto; él, en cambio, tomó esa opción, me adoptó y me dio generosamente aquello que, como padres, a veces nos negamos por no habernos liberado de nuestras propias historias.

        Ante todo, mi padre era escritor. Cuando los días en que la muerte ya no pertenecía al mundo de la fantasía -su presencia lo rondaba por la casa de Galvarino Gallardo- en frentamos juntos el hecho de que llegaba el fin. Le pregunté qué quería que dijera su epitafio y me contestó:

        –Escritor. No quiero nada más. Eso he sido.

        Sostenía que muchos de los novelistas latinoamericanos contemporáneos, en su búsqueda de estatus, se transforman en figuras públicas, como tribunos, como políticos; él, en cambio, se consideraba simplemente un escritor.

        Voy a tratar de contar esa historia -que es la mía en relación a él, finalmente- sin pretender un análisis literario de su obra, ni menos uno psicológico de su compleja personalidad. Será, más bien, la visión de una hija-niña, hija-adolescente, hijamujer que lo acompañó, lo admiró, lo amó y lo odió. De modo que no esperen objetividad alguna; son los recuerdos de ese fantasma que me persiguen y me perseguirán por siempre.

        Debo aclarar que mi padre me designó como su biógrafa, pero yo no era la única a quien confirió este título honorífico. También se lo pidió a Esther Edwards, a su sobrina Claudia Donoso, a su amigo el escritor Fernando Sáez, y quizás a muchos otros. En pos de esta tarea que emprendí seriamente, nos juntábamos tres días a la semana para grabar nuestras conversaciones. En realidad, más que diálogos fueron sesiones sobre lo que él quería contar y no necesariamente acerca de lo que yo preguntaba o quería saber. Estas reuniones metódicas nos dieron la oportunidad de intercambiar recuerdos, ideas estéticas, incluso ideológicas; nos escuchamos como nunca y como nunca nos encontramos. En esas conversaciones, además de sus diarios, cartas y ensayos, está sustentada esta biografía.

        Este relato es, de un modo muy personal, una manera de liberarme, de ahuyentar a su fantasma. Mi padre me contó una vez algo que probablemente la mayoría de los lectores debe conocer: Virginia Woolf se preguntaba por qué el recuerdo de su madre no había dejado de obsesionarla a sus cuarenta y cuatro años de vida. Entonces escribió Al faro y el fantasma de su madre dejó de perseguirla. Por supuesto, no es mi intención hacer una comparación de ese tono y proporciones, pero sí de mi propio proceso de liberación.

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