Ficha técnica

Título: Contraluz | Autor: Thomas Pynchon |  Traducción: Vicente Campos | Editorial: Tusquets |   Colección: Andanzas CA 724Género: Novela | ISBN: 978-84-8383-207-3 | Páginas: 1.340 | PVP: 32,00 € | Publicación: Mayo de 2010

Contraluz

TUSQUETS EDITORES

El mineral transparente llamado espato de Islandia posee la curiosa propiedad óptica de la doble refracción: duplica en paralelo la imagen del objeto que se mira a través de él. Si, desde cierta altura, se contemplara el planeta por una lámina de ese espato, la realidad no se distorsionaría, pero cabe sospechar que la imagen duplicada no sería exactamente la esperada. En un juego semejante se embarca Thomas Pynchon en Contraluz al recrear un mundo en descomposición, el que va de la Exposición Universal de Chicago de 1893 a los años inmediatamente posteriores a la primera guerra mundial.

Cientos de tramas entrelazadas trasladan al lector de los conflictos laborales en las minas de Colorado al Nueva York finisecular, para pasearlo después por lugares tan dispares como Londres y Gotinga, Venecia y Viena, los Balcanes, Siberia durante el misterioso incidente de Tunguska, el México revolucionario, el París de posguerra o el Hollywood de la era del cine mudo. Por ese laberinto de palacios y burdeles, callejones insalubres y desiertos gélidos se mueve una abigarrada galería de personajes: anarquistas, aeronautas, jugadores, matemáticos, canes parlantes, científicos locos, chamanes, videntes y magos, espías, detectives y pistoleros a sueldo, que se codean con personajes reales como Bela Lugosi o Groucho Marx.

El hilo conductor de muchas de las historias es la peculiar familia Traverse: Webb Traverse, minero sindicalista, muere a manos de los esbirros del magnate Scarsdale Vibe, y altera las vidas de sus cuatro hijos.

Cáustico, misterioso y enciclopédico como siempre, pero más legible que nunca, Pynchon parodia todos los géneros literarios, en un festín narrativo en el que no falta nada: conspiraciones, prácticas sexuales peculiares, cancioncillas, mapas secretos, venganzas, saltos en el tiempo y el espacio… Y pese al vértigo de este frenético discurrir hacia el abismo, resulta un libro extrañamente luminoso, que se aferra a la dolorosa certidumbre de la cita que lo encabeza: «Siempre es de noche, si no, no necesitaríamos luz». 

Una novela poderosa cuyos placeres únicos deleitarán a los pynchonianos y seducirán a los nuevos lectores. David Gale, The Observer

Incluso cuando empieza a decaer, Pynchon lo hace con una gracia que deja al lector sin aliento. Richard Lacayo, Time

¿Es divertida? Sí, mucho. ¿Su lectura resulta laboriosa? Sí, mucho (pero, atención, pynchonianamente laboriosa; lo que equivale a decir que cuesta pero que el esfuerzo es más que recompensado). ¿Es la mejor obra de Pynchon hasta la fecha? Difícil de decir y a quién le importa, porque lo que importa es que sea de Pynchon. Rodrigo Fresán, Página /12

Contraluz… es una alborada contra la llegada del siglo xx. Y, como toda alborada, está escrita a sabiendas de que, al final, el Tiempo siempre gana. John Clute, Sci-fi Weekly

Tal vez no sea para todos, pero aquellos que suban a bordo de la aeronave de Pynchon harán el viaje de su vida. Steven Moore, The Washington Post

Es como presenciar el apocalipsis europeo con un guión de dibujos animados. Una obra deslumbrante, agotadoramente deslumbrante. Sam Leith, The Spectator

 

UNO

LA LUZ SOBRE LAS CUMBRES

 

     -¡Aligeren cabos!
     -Ahora con brío…, con tiento… ¡Muy bien! ¡Preparados para largar!
     -¡Ciudad del Viento, allá vamos!
     -¡Hurra! ¡Arriba!
     Entre tan animadas exclamaciones, la aeronave de hidrógeno Inconvenience, con la góndola envuelta en banderitas patrióticas y una tripulación de cinco jóvenes, miembros del famoso club aeronáutico conocido como los Chicos del Azar, ascendió con agilidad hacia la mañana y no tardó en aprovechar el viento del sur.
     Cuando la nave alcanzó altitud de crucero y todos los detalles dejados atrás, en el suelo, se habían empequeñecido a tamaño casi microscópico, Randolph St. Cosmo, el comandante, ordenó:
     -Disuelvan el Piquete de Maniobra de Despegue.
     Y los chicos, todos pulcramente vestidos con el uniforme de verano compuesto por blazer de rayas rojas y blancas y pantalones azul celeste, obedecieron alegremente.
     Ese día se dirigían a la ciudad de Chicago, a la Exposición Mundial Colombina que se había inaugurado hacía poco. Desde que habían recibido la orden, el «runrún» que corría entre la excitada y curiosa tripulación había versado casi exclusivamente sobre la fabulosa «Ciudad Blanca», su gigantesca noria, los templos de alabastro del comercio y la industria, los lagos chispeantes, y sobre las mil maravillas más, de naturaleza tanto científica como artística, que les aguardaban allí.
     -¡Ay va! -exclamó Darby Suckling, inclinado sobre los andariveles para contemplar cómo el corazón del país giraba en un remolino verde y borroso allá abajo, mientras sus mechones bicolores se agitaban al viento por fuera de la góndola como una bandera a sotavento. (Darby, como mis fieles lectores recordarán, era el «niño» de la tripulación y hacía las veces de factótum y de mascotte; además, cantaba las difíciles partes del tiple cada vez que a estos aeronautas adolescentes les resultaba imposible reprimir sus ganas de cantar.)
     -¡Me muero de ganas! -exclamó.
     -Por lo que se ha ganado usted cinco puntos negativos más -le recriminó una severa voz pegada a su oreja mientras se veía bruscamente agarrado por la espalda y alzado por encima de los andariveles-. ¿O deberían ser diez? ¿Cuántas veces -prosiguió Lindsay Noseworth, segundo de a bordo y reputado por su impaciencia con todas las manifestaciones de la desidia- se le ha advertido, Suckling, contra el habla descuidada?
     Con una destreza que se adquiere sólo tras mucha práctica, puso a Darby boca abajo y lo sostuvo por los tobillos, y el chico, un peso mosca, se balanceó en el espacio vacío -pues la terra firma quedaría ya a casi un kilómetro allá abajo-; entonces procedió a sermonearle sobre los numerosos males del descuido en la expresión personal, entre los cuales no era el menor la facilidad con que podía desembocar en la blasfemia, y en cosas peores aún. Pero, visto que Darby no paraba de chillar aterrorizado, no está claro cuántos de aquellos útiles consejos llegaron a su destino.
     -Eh, basta ya, Lindsay -le advirtió Randolph St. Cosmo-. El chico tiene trabajo que hacer, y si lo asusta tanto no va a servir de gran cosa.
     -Muy bien, menudillo, démosle la vuelta -murmuró Lindsay, y de mala gana volvió a poner de pie al aterrorizado Darby.
     En sus funciones de Oficial a cargo de la disciplina a bordo de la nave, Lindsay realizaba su trabajo con una severidad arisca que un observador imparcial podría haber tomado fácilmente por monomanía. Pero teniendo en cuenta la facilidad con que la fogosa tripulación encontraba excusas para desmandarse -lo que más de una vez daba lugar al tipo de situaciones que acaban con un «salvados por los pelos» y que son el terror de los aeronautas-, Randolph solía permitir que su segundo pecara de vehemencia.
     Desde el extremo más alejado de la góndola llegó un estrépito prolongado, seguido de un murmullo destemplado que hizo que Randolph, como siempre, frunciera el ceño y se llevara las manos al estómago. 

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