Ficha técnica

Título: Contra toda esperanza | Autora: Nadiezhda Mandelstam | Editorial: Acantilado | Colección: El Acantilado, 258 | Temática: Biografías, Memorias y Diarios | Traducción: Lydia Kúper | Prólogo: Joseph Brodsky | ISBN: 978-84-15689-10-2 | Encuadernación: Rústica cosida | Formato: 13 x 21 cm | Páginas: 656 | Precio: 29.00 euros

Contra toda esperanza

ACANTILADO

 

Este libro es una bella historia de amor, así como una interrogación sobre el significado de lo humano, escrito además con una brillantez literaria excepcional. Tras su primera detención en 1934, el poeta Ósip Mandelstam, uno de los mayores del siglo XX, permaneció en el exilio en Vorónezh durante tres años hasta su deportación; la muerte le llegó en 1938, en un campo de tránsito hacia Siberia. Su viuda logró escapar y sobrevivió como profesora de inglés en pequeñas ciudades de provincias, hasta que en 1956 se le permitió regresar a Moscú. Allí comenzó este relato, uno de los más conmovedores del siglo XX, en el que con extraordinario detalle narra las trágicas vivencias de su marido y sus compañeros de generación. La sensacional lucidez que nos muestra, su admirable serenidad en la lucha contra la barbarie y su conocimiento de primera mano del mundo intelectual de la Rusia de ese período, hacen de este libro un documento excepcional, así como una experiencia lectora imborrable. 

 

 

UNA NOCHE DE MAYO

 

… Después de haber abofeteado a Aleksei Tolstói, Mandelstam regresó inmediatamente a Moscú y desde allí telefoneaba cada día a Ajmátova suplicándole que viniese. Ella dudaba y él se enfadaba. Una vez ya dispuesta y con el billete en la mano, se quedó pensativa junto a la ventana. «¿Estás rezando para que pase de ti este cáliz?», le preguntó Punin, su marido, hombre irritable y brillante. Fue él quien, paseando un día con Ajmátova por las salas del Museo de Tretiakov, le dijo de pronto: «Veamos ahora cómo te llevarán al patíbulo». Y así nació la poesía: «Y luego, al anochecer, la carreta se hundirá en la nieve… ¿Qué loco Súrikov describirá mi último suspiro?». Pero no tuvo que recorrer ese camino. «Te reservan para el final », decía Punin, y un tic contraía su rostro. Mas al final se olvidaron de ella y no la detuvieron, pero se pasó toda la vida despidiendo a sus amigos en su último viaje, incluido el propio Punin. A recibirla fue Liova, su hijo, que en aquel entonces pasaba unos días con nosotros. Hicimos mal en confiarle una misión tan simple; distraído como era, no vio a su madre y ella se disgustó. No estaba acostumbrada a cosas así. Aquel año, Ajmátova nos había visitado con frecuencia y estaba habituada a oír, ya en la estación, las primeras bromas de Mandelstam. Recordaba su airado reproche: «Viaja usted a la velocidad de Ana Karenina», un día en que el tren llegó con retraso y «¿Por qué se ha disfrazado usted de buzo?»: llovía en Leningrado, y se presentó con impermeable de capucha, botas y paraguas, cuando en Moscú el sol quemaba a más y mejor.

 

 

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