Ficha técnica

Título:  Consumidos | Autor: David Cronenberg   | Traducción: Antonio-Prometeo Moya |  Editorial: Anagrama | Colección: Panorama de Narrativas |  Páginas: 360  | ISBN: 978-84-339-7941-4 | Precio: 19,90 euros  | 

Consumidos

ANAGRAMA

En esta primera novela del cineasta David Cronenberg, dos periodistas poco escrupulosos, Naomi y Nathan, se adentran en una turbia aventura que reúne muchos ingredientes de las películas que convirtieron al autor en uno de los directores de culto de finales del siglo XX.

Aristide Arosteguy, un intelectual francés, ha sido acusado de matar y mutilar a su esposa Célestine, filósofa también, que llevaba tiempo obsesionada por la posibilidad de tener el pecho izquierdo lleno de insectos. Pero el cadáver no se ha encontrado y Arosteguy ha huido a Tokio. ¿Se ha comido el cadáver de Célestine para no dejar pistas? ¿Se trata de una farsa macabra? ¿Hay una conspiración norcoreana para atraer o secuestrar a pensadores franceses?

En sus respectivas investigaciones, los periodistas se encuentran con una eslovena de cuerpo imponente y acribillado por tumores malignos; un oportunista con el pene doblado en ángulo por una enfermedad; una chica que cae en trances masoquistas y se arranca la carne con un cortaúñas; un cirujano megalómano cuyas operaciones parecen autopsias; un enigmático cineasta refugiado o secuestrado en Corea del Norte. Mientras Naomi busca a Arosteguy en Tokio, Nathan viaja a Toronto para averiguar qué relación hay entre la joven que se come a sí misma y una enfermedad que le ha contagiado la eslovena.

Pero los personajes siempre saben más de lo que dicen y no hay forma de sonsacarles nada, los diálogos combinan el sarcasmo, el absurdo y el humor negro, se habla de Sartre y del uxoricidio de Louis Althusser, se repasan temas como el deseo de sufrir amputaciones y se desarrollan los elementos básicos del canon de Cronenberg, que contrapone a la estética clásica, basada en la armonía, una estética basada en la asimetría, la deformidad y la patología.

Escrita con un corrosivo sentido de la búsqueda de la identidad, la novela abunda en angustiosas descripciones de objetos propios del consumo tecnológico. Naomi es un caso típico de alienación: no sólo no puede hablar de nada sin consultarlo antes en la red sino que cree que fuera de la red no hay ningún conocimiento. Y su relación con Nathan es casi puramente informática, con algún que otro encuentro carnal para mantener la ilusión. Sátira espeluznante o ejercicio lúdico, la novela de David Cronenberg no dejará indiferente a ningún lector.

«¡Típico de Cronenberg! ¿Quién, si no, podía contar una historia tan impactante y aterradora acerca del nexo entre el espíritu y la carne? Consumidos, con perdón, os va a consumir» (J. J. Abrams). «Consumidos es tan inquietante, oscura y fascinante como las películas de Cronenberg. Hay que leerla» (Stephen King).

«Absolutamente original, este libro consigue primero desestabilizar y desarmar al lector y luego hacerle cómplice total» (Viggo Mortensen).

«La primera novela de Cronenberg es un bufé libre delicioso e inesperado para fans de Burroughs, Ballard y DeLillo» (The New Statesman).

«Como ver a Jean-Paul Sartre cenando con Hannibal Lecter» (TheTimes).

«Un no parar de diversión retorcida» (The Independent).

«Consumidos es una película que se lee, una espantosa y fascinante historia de terror; un clásico de Cronenberg» (Carlo Lucarelli, Corriere della Sera).

 

1

     Naomi estaba en la pantalla. Para ser más exactos, estaba en el apartamento que se veía en la ventana QuickTime de la pantalla, el pequeño, desordenado y docto apartamento de Célestine y Aristide Arosteguy. Allí estaba, sentada enfrente de ellos mientras ellos, instalados en un viejo sofá – ¿de color burdeos?, ¿de pana?-, hablaban con un entrevistador situado fuera de campo. Y con los blancos auriculares en los oídos, también estaba acústicamente en casa de los Arosteguy. Percibía la profundidad de la estancia y la tridimensionalidad de las cabezas de la pareja, cabezas sagaces de rostro sensual, una pareja parecida, como hermano y hermana. Percibía el olor de los libros amontonados en las estanterías que había detrás de ellos, el fuerte calor intelectual que emanaban. Todo lo que había en el encuadre estaba bien enfocado – efecto del vídeo, de los pequeños sensores CCD o CMOS; la naturaleza del medio, se dijo Naomi-, con lo que se intensificaba la impresión de profundidad de la habitación, los libros y las caras.

     Célestine estaba hablando, con un Gauloises encendido en la mano. Tenía las uñas pintadas con esmalte purpúreo – ¿o eran negras? (la pantalla tenía tendencia a empur purarse)- y se había recogido el pelo en un moño artísticamente descuidado del que le colgaban greñas sueltas hasta el cuello.

     -Bueno, sí, cuando una ya no tiene deseos, está muerta. Incluso desear un producto, un artículo de consumo, es mejor que no desear nada. Desear una cámara, por ejemplo, aunque sea barata y hortera, basta para mantener a distancia a la muerte. – Una sonrisa traviesa, una chupada al cigarrillo con aquellos labios-. Siempre que el deseo sea auténtico, claro. – Un chorro de humo silencioso y una risa tonta.

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