Ficha técnica

Título:  Como si masticaras piedras. Sobreviviendo al pasado en Bosnia | Autor:   W. L. Tochman | Traducción:  Katarzyna Olszewska Sonnenberg | Editorial: Libros del K.O.Páginas: 158 | ISBN: 978-84-16001-38-5978-84-9423578978-84-16001-38-5 | Precio: 16,90 euros

Como si masticaras piedras

LIBROS DEL K.O.

Después de la guerra de Bosnia, W. L. Tochman acompañó a la doctora forense Ewa Klonowski y a las familias de los desaparecidos en su silenciosa búsqueda de la verdad y escribió este delicado puzle narrativo que trasciende la guerra de los Balcanes para convertirse en una reflexión universal sobre el duelo, la pérdida, el dolor, la vergüenza, la locura, el odio, el perdón y la imposibilidad de justicia mientras sigan existiendo desaparecidos.

«Las pruebas de ADN son, sin duda, algo nuevo en la historia de las guerras. Al igual que las body bags, los ordenadores, Internet, las cámaras frigoríficas informatizadas, las carretillas elevadoras, las bandejas sobre ruedas. Todo lo demás es conocido: los campos de prisioneros, los barracones, las selecciones, los guetos, los escondites, los refugios para los perseguidos, los brazaletes, las pilas de zapatos después de las matanzas, el hambre, el saqueo, las llamadas a la puerta en mitad de la noche, las desapariciones de personas delante de sus casas, la sangre en las paredes, la quema de granjas y de graneros con gente dentro, las aniquilaciones de pueblos, las ciudades asediadas, los escudos humanos, las violaciones a las mujeres del enemigo, las columnas de refugiados, los tribunales internacionales, los desaparecidos que no dejan rastro. Después de la guerra de Bosnia hay cerca de veinte mil musulmanes desaparecidos. Si los encuentran, les harán un entierro y rezarán por ellos, como dice el Corán».

LA HELADA

Era el último día del año en el que empezó la guerra (1992). Llevábamos ayuda para la ciudad sitiada. Habíamos entrado en Bosnia por el sur. Antes de que oscureciera pudimos ver aldeas en las que ya no vivía nadie. Casas y templos estaban arrasados. ¿Qué habían hecho con la gente?

      Atravesamos Mostar sin verla. La ciudad era como un bosque: algo centelleaba detrás de una ventana oscura pero no sabíamos qué era. Daba miedo detenerse, daba miedo adentrarse en ese bosque.

      Antes de llegar a Sarajevo, nos detuvieron unos soldados serbios. Estaban borrachos. Unas veces se reían; otras, nos gritaban. Así, durante toda la noche, hasta el amanecer. Por la mañana nos quitaron una parte del cargamento y nos dejaron entrar en la ciudad. Estaba helando.

      En la ciudad, entre casas y edificios agujerados, vimos gente asustada y espantada. También nosotros teníamos miedo, porque no paraban de disparar. Dragan L., hijo de una croata y de un serbo-bosnio que decidieron quedarse en la ciudad sitiada, se encargó de nosotros. Fue un guía excelente y nos cuidó muy bien. Nos dijo que cuando pasara todo, si lograba sobrevivir, se largaría a cualquier otro lugar del mundo, porque allí ya no se podría vivir. ¿Dónde estará ahora?

      En el hospital hablamos con gente que había perdido manos, piernas, ojos. Sylwia, cuyo apellido no apuntamos, trabajaba allí de anestesista. «Necesitamos antibióticos, vendas, camas, muletas, prótesis, sillas de ruedas y ataúdes», decía.

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