Ficha técnica

Título: Cómo ser grosero e influir en los demás | Autor: Leonard Alfred Schneider   | Traducción:  Laura Salas Rodríguez  | Editorial: Malpaso | Formato: Tapa dura  | Medidas: 14 X 21 cm | Páginas: 208 | ISBN:  9788415996927 | Precio: 19,90 euros

Cómo ser grosero e influir en los demás

MALPASO

Este libro es un monumento a la rabia y la risa. Instigado por Hugh Hefner (que iría publicando cada entrega en la revista Playboy), Lenny Bruce escribió su autobiografía entre 1963 y 1965, cuando un sonoro juicio por obscenidad y la implacable persecución de los virtuosos ya lo habían convertido en el paria más célebre de Estados Unidos. Fue su último cartucho para ajustar cuentas con los guardianes del orden que lo había acosado desde los inicios de su carrera.

Empezó en sórdidos locales de estriptis y tugurios malolientes, pasó por escenarios míticos como el Fillmore de San Francisco e incluso llegó a pisar el cielo en el Carnegie Hall neoyorquino, pero sus demonios lo arrojaban siempre a los infiernos y sus sátiras a los banquillos. La morfina se lo llevó al otro mundo mientras una apelación era sometida al escrutinio del tribunal correspondiente. Fue indultado a título póstumo en el año 2003.  

«Recorrimos en taxi una milla y media. Me pareció que la experiencia había durado un par de meses.»Bob Dylan

«Aprendí la verdad con Lenny Bruce.» Paul Simon

«San Lenny […] murió por nuestros pecados. Cuando el péndulo oscila lentamente hacia las posiciones conservadoras que en su día lo sublevaron, ha llegado la hora de leerlo.» Eric Bogosian  

Capítulo uno

     «Los filipinos se corren enseguida; los hombres de color están anormalmente dotados (tienen el nabo como el brazo de un bebé con una manzana en el puño); las señoras de pelo corto son lesbianas; si quieres conservar a tu hombre, úntate el chocho de alumbre.»

     Éstos eran algunos de los extractos de folclore erótico que la señora Janesky, una viuda de mediana edad que vivía al otro lado de la calle, le enumeraba cada día a mi madre, pese a que el cartero le entregaba cada mes cantidad de libros -Una vida sexual sana; Ovidio, el Dios del amor; Cómo hacer más compatible a su cónyuge- en sobres marrones con la etiqueta «Personal».

     Empezaba con pedantería, usando terminología médica y académica, pero a los diez minutos ya había pasado de lleno a la salsa picante. Sentado bajo el fregadero, yo las oía conversar mientras rascaba con aire soñador el resquebrajado linóleo y miraba el «asunto privado» de mi tía Mema, flanqueado por su compañera de fatigas, la fiel «solución limpiadora» que le abriría el camino al Lysol, el Zonite, el Massengill y a otros «geles íntimos».

     A esa tierna edad yo no sabía nada de duchas vaginales. La única diferencia entre hombres y mujeres era que a las mujeres ni les gustaba silbar ni las pistolas de aire comprimido y siempre tenían dolor de cabeza, y que a los hombres no les gustaban las mujeres, al menos las mujeres con las que estaban casados.

     El «asunto privado» de mi tía Mema, el bidé portátil, era una pera ancha y roja con una boquilla larga y negra. Nunca pude imaginarme para qué diablos servía. Pensaba que tal vez era un enema para gente que vivía en edificios con un portero que no dejaba clavar clavos para colgar cosas; me preguntaba si sería la bocina que apretaba Harpo Marx para puntuar sus frases silenciosas. Lo único que sabía era que ni soñando podía usarlo como pistola de agua y que no era asunto, mío para qué servía.

     Cuando tienes ocho años, nada es asunto tuyo.

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]