Ficha técnica

Título: Cómo ser el señor Lehmann | Autor: Sven Regener | Traducción: Valentín Ugarte  | Editorial: 451 Editores | Colección: 451. | Género: Novela | ISBN: 978-84-96822-92-4 | Páginas: 280 |  PVP: 17.50 €

Cómo ser el señor Lehmann

451 EDITORES

1989, BERLÍN OESTE. ¿A quién le importa que caiga el Muro mientras quede cerveza fría?

Frank Lehmann vive sin más responsabilidad que recorrer uno tras otro los locales del barrio de Kreuzberg, en Berlín oeste. Tras veintinueve años de remoloneo y heroica indolencia, este barman ha conseguido sortearlas exigencias de sus padres, sus caseros, sus vecinos y las mujeres. Pero una cadena de acontecimientos imprevistos viene a comprometer su pacífica existencia: un encuentro con un perro decididamente poco amistoso; la amenaza de una visita de sus padres desdelas provincias; el encuentro con una chef peligrosamente atractiva… Al fin y al cabo, está a punto de cumplir los treinta años, por eso sus amigos le vacilan llamándolo «señor Lehmann». Y ser el señor Lehmann no es tan sencillo como Frank podía creer.

Más de un millón de ejemplares vendidos en Alemania.

«Las agudas réplicas de los diálogos han tenido que producir sonrisas de satisfacción en lectores de toda Europa, y explican el súbito ascenso de esta novela a lo más alto de las listas de los libros más vendidos en Alemania». Peter Graves, The Times Literary Supplement

«La auténtica fuerza de Regener radica en sus diálogos sacados de la vida misma. Con ellos sientes, sonríes, sufres, te ríes a carcajadas. Como lector, sientes el latido de lo real». Udo Eberl, Südwest Presse

 

1. EL PERRO  

UN TENUE RESPLANDOR APARECIÓ A LO LEJOS EN EL CIELO NEGRO Y SIN nubes sobre Berlín oriental cuando Frank Lehmann, al que últimamente todos llamaban señor Lehmann porque iba diciendo por ahí que pronto cumpliría treinta años, atravesó la Lausitzer Platz camino de su casa. Estaba cansado y embotado. Venía de trabajar en el Einfall, uno de los garitos de la Wiener Strasse, y se le había hecho tarde. No ha sido una buena noche, pensaba al pisar el lado oeste de la Lausitzer Platz. Trabajar con Erwin no es ninguna maravilla, siguió rumiando. Erwin es idiota. De hecho, todos los dueños de garitos son idiotas, pensó el señor Lehmann al pasar por delante de la enorme iglesia que dominaba la plaza. No debía haberme tomado esos chupitos, se dijo. Por más que Erwin insistiera, no debía habérmelos tomado. La vista se le nubló al mirar la alta verja de metal de la cancha de fútbol. No iba rápido, las piernas le pesaban por el trabajo y el alcohol. Lo de los licores ha sido una estupidez, pensó el señor Lehmann. Tequila y fernet. Mañana será aún peor. Trabajar y tomar licores son dos actividades difíciles de compaginar. Todo lo que sea pasar de la cerveza es un error. Un tipo como Erwin no debería convencer a sus empleados para que tomen licores. Se hace el generoso invitando a la gente a chupitos, pero en realidad no es más que un pretexto para ponerse tibio, cavilaba el señor Lehmann. Aunque tampoco es justo echarle la culpa a Erwin, recapacitó. Tratándose de licores, al final el culpable siempre es uno mismo.

   Lo que hace hombre al hombre es el libre albedrío, pensó el señor Lehmann poco antes de llegar al otro lado de la Lausitzer Platz. Cada uno sabe lo que debe hacer y lo que no, y el mero hecho de que Erwin sea imbécil y se empeñe en que todo el mundo tome chupitos no lo convierte en culpable, pensó, y entonces recordó con satisfacción que se había metido de extranjis una botella de whisky en el amplio bolsillo interior de su largo abrigo, decididamente demasiado abrigado para un día de septiembre. A él el whisky ni le iba ni le venía, se había propuesto no beber alcohol de alta graduación en una temporadita, pero de todos modos Erwin merecía un escarmiento, y así tendría una botella que regalarle a su amigo del alma Karl, en caso de necesidad.

   Entonces vio al perro. El señor Lehmann, al que últimamente llamaban así a pesar de que quienes lo hacían no eran mucho más jóvenes y de que, por ejemplo, su amigo del alma Karl y el propio Erwin eran mayores que él, no era ningún entendido en razas caninas, aunque, aun con la mejor voluntad, tenía serias dudas de que alguien se hubiera podido dedicar a criar semejante animal: su descomunal cabeza estaba dotada de unas fauces robustas y babeantes, y dos largas orejas similares a dos hojas mustias de lechuga le caían a los lados. Tenía el cuerpo rechoncho, y el lomo tan ancho que podía colocársele encima una botella de whisky sin temor a que se cayera; en cambio las piernas eran delgadas y cortas, y salían de ese cilindro como lápices partidos por la mitad. El señor Lehmann, a quien no le hacía ninguna gracia que ahora le llamaran así, jamás había visto un perro tan feo. Tras el susto inicial, optó por quedarse quieto; nunca se había fiado demasiado de los perros, y este además le estaba gruñendo.

 

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